Aramburu y la infancia de una generación

Mario Firmenich, jefe de Montoneros

A 50 años del secuestro del general Pedro Eugenio Aramburu no está claro cómo fueron los hechos. Llama la atención que la corriente predominante sea la que los montoneros relataron en su periódico La Causa peronista en 1974. ¿Por qué la sociedad argentina se amoldó a esa historia? En 2010 en el film Secuestro y Muerte, dirigido por Rafael Filipelli con guión de Beatriz Sarlo, se sigue al pie de letra esa hipótesis. Y recientemente la periodista María O´Donnell, en una nota que le hizo el diario La Nación, afirmó: “Yo no encontré, y busqué mucho, ningún dato que permita creer certeramente que el gobierno de Onganía estuviera detrás del asesinato de Aramburu”.

El 29 de mayo de 1970 a las 8,40 de la mañana sonó el teléfono en la casa de Aramburu. Preguntaron si estaba el General, respondieron que sí, del otro lado cortaron. Diez minutos después tocaron el timbre: en la versión oficial eran Fernando Abal Medina y Emilio Maza (Ignacio Vélez Carreras se habría quedado un piso más abajo) disfrazados de oficiales del Ejército. Sara Herrera, la mujer de Aramburu, les sirvió café, los dejó esperando en el living y salió a hacer unas compras. Cuando ella volvió, a las 9,45, no estaban ni los uniformados ni Aramburu, y las tazas de café estaban intactas. Asustada, corrió al teléfono: estaba cortado. ¿Puede pensarse que un grupo de veinteañeros tenía semejante logística para intervenir la línea teléfonica? ¿Puede pensarse que Aramburu y la mujer cayeran en la celada, confundiendo a unos jovencitos de clase media con oficiales del Ejército?

La Policía Federal, dirigida por el general Mario Fonseca, emite un radiograma a las 12,45 (¡tres horas después!) pidiendo la intercepción de un Peugeot oscuro (cuando era blanco) a bordo del cual llevaban secuestrado a “un N.N. civil que podría ser alta personalidad” (inexplicablemente ocultan el nombre de Aramburu). Los caminos siguieron sin vigilar ni cortar durante todo el día. A las 15,40, la policía habría encontrado el Peugeot blanco en las cercanías de la Facultad de Derecho, pese a lo cual dos horas después emiten otro radiograma pidiendo a la Policía de la Provincia la búsqueda de ese mismo automóvil. En la 5ª Edición de La Razón sólo se informa que Aramburu “protagonizó un extraño suceso”. Durante ese día ningún medio informa claramente. En Radio Rivadavia, ante un llamado del capitán Aldo Luis Molinari, amigo del secuestrado, le dicen que tienen orden de no difundir el hecho. Ya a la noche, el ministro del Interior, general Francisco Imaz, da a entender que se trataría de un autosecuestro, versión abonada por otros funcionarios que llegaron a decir que Aramburu había viajado al Uruguay. Eduardo Pérez Alati, otro amigo de Aramburu, fue a la villa 22 y abordó en la misa al padre Carlos Mujica, quien le dijo que el secuestro había sido en venganza por la muerte del general Valle, pero que si decía algo más “lo pasaría un camión por arriba”.

Read more!

En cuanto a los comunicados emitidos por Montoneros resulta particularmente interesante advertir que contienen varios giros típicos de la Fuerzas Armadas y completamente ajenos a un grupo de veinteañeros antisistema, más allá de que alguno hubiera sido liceísta. Tal el caso de la sigla PEN para referirse al gobierno, o la mención al Consejo de Guerra Militar, para no hablar del uso de un membrete ubicado en el mismo lugar que el de los organismos estatales. Y en el documento de La causa peronista de 1974 Firmenich y Arrostito señalan que Fernando Abal Medina efectuó un disparo con una 9 mm al pecho, lo que en efecto así fue, pero ¿cómo hicieron para que la camisa, tal como apareció cuando se encontró el cadáver, no tuviera manchas de sangre? Además en esa versión Aramburu habría estado parado contra la pared del sótano, pero ¿cómo puede ser entonces que según la autopsia las balas habrían ingresado mientras estaba acostado? Las fotos que le tomaron a Aramburu dicen que no salieron (¡qué casualidad!), pero nada dicen de la grabación famosa, que jamás apareció, ¿también se estropeó? Y por fin, ¿si el 30 tuvieron la precaución de que Ramus se llevara de paseo al Vasco Acébal, el cuidador de la estancia, todo el día a Pehaujó, tal como declaró este hombre, ¿por qué no lo hicieron ya el 29, cuando dicen haber entrado a Aramburu a la casa?

En un libro escrito por Rosendo Fraga y Rodolfo Pandolfi (heredero de una investigación que la propia familia le había encargado al periodista Ramiro de Casasbellas) se señala al mayor Hugo Miori Pereira, asesor de Imaz, como el enlace entre Montoneros y el Ministerio del Interior. Esta persona en 1976 terminó al mando del general Guillermo Suárez Mason y fue enviado a una misión en América Central, donde dicen que se jactaba de haber organizado el magnicidio. El periódico La Vanguardia informaba en tapa que Firmenich, durante los meses de abril y mayo de 1970, había ingresado 22 veces a la Casa de Gobierno para entrevistarse con funcionarios del Ministerio del Interior. ¿Con qué fin fueron esas visitas? El dispositivo ensamblaba nacionalistas católicos de un lado con nacionalistas católicos del otro, que querían evitar que Aramburu consolidara su plan: volver a ser Presidente y democratizar el peronismo.

Es también notable la cantidad de muertes casi inmediatas de los propios guerrilleros involucrados, de testigos, de funcionarios como Arturo Mor Roig o José Cáceres Monié, que aparentemente sabían demasiado, y hasta del propio cuidador de la casa de Timote, Blas Acébal. Es verdad que la gente suele morirse, pero en este caso se murieron demasiado rápido.

Añadiré una prueba inédita. El ex juez federal Oscar Garzón Funes, que además fue compañero en el Colegio San Miguel de Eugenio Aramburu, hijo del ex presidente, me hizo una revelación: en 1974, siendo él secretario de Juzgado, lo visitó Jimmy Pérez Loredo, médico del Hospital Militar, quien le contó que aquel 29 de mayo por la tarde, mientras recorría junto con otro médico el segundo piso del hospital, advirtió que al costado de la puerta de una sala había un guardia. Era un militar de alto grado que se había quedado dormido. Dos rarezas: que siendo de alto grado hiciera guardia y que se quedara dormido. Pérez Loredo entró a la habitación y allí estaba Aramburu, agonizando. El médico nunca quiso que esto se difundiera, por miedo. Este testimonio es consistente con la especulación que recoge el historiador Robert Potash en El Ejército y la política en la Argentina, según la cual Aramburu habría sido secuestrado por personal del ejército y habría sufrido un infarto mientras lo estaban interrogando, motivo por el cual lo trasladaron al Hospital Militar y fue atendido por el doctor Gómez Villafañe, muriendo en esas circunstancias.

Hay zonas muy opacas en la historia. La única certeza es que aceptar sin chistar la versión de La causa peronista es un procedimiento que linda con lo esotérico. Pero el problema es que en la muerte de Aramburu, el hombre que derrocó a Perón y robó el cadáver de Eva, se cifra la identidad de las luchas peronistas, de la “juventud maravillosa”, es el hecho inaugural y mítico de esa generación de los 70. Hay que ser muy aguafiestas para arrebatarles esa muerte. Ese fusilamiento paródico e inverosímil en un sótano ínfimo en donde jamás pudo celebrarse semejante operativo es su imaginario alimento generacional. Basta leer a Miguel Bonasso en Diario de un clandestino: el país real que late en las villas no derrama lágrimas por el general vacuno, a lo sumo derrama vino garnacha para festejar la revancha. En el capítulo pertinente de La pasión y la excepción Beatriz Sarlo aborda la hipótesis de la posible complicidad del onganiato, pero en lugar de ir a las pruebas la recusa míticamente: “El pueblo jamás tuvo dudas”. El problema es que recortan caprichosamente el concepto pueblo, porque las capas medias sí tuvieron dudas, a punto tal que el film Z, de Costa-Gavras, que se estrenó en ese entonces y que hablaba de crímenes estatales, pasó a ser una contraseña simbólica de los asistentes que aplaudían. Hay una exigencia de romantización del acto fundacional, una estetización de ese número cero de la generación de los 70. La propia Sarlo lo dice explícitamente: “Festejé el asesinato de Aramburu”. No importa que después haga un acto de contrición. Si ese hecho queda manchado se desmorona la venganza ordenadora, se viene abajo la gramática bajo la cual organizó su vida toda esa generación. En el comienzo habría una estafa bautismal.

Read more!