Jean-Paul Sartre escribió: “Trata de amar al prójimo. Ya me dirás el resultado”.
El amor al prójimo es una máxima hermosa, pero dramáticamente compleja. Suena bella y potente, pero su puesta en práctica parece apenas un ideal. El texto de esta semana contiene la célebre frase “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18), que no por casualidad figura en el centro preciso de todo el texto bíblico. Su importancia es indiscutible. Sin embargo, la posibilidad de alcanzarla al menos resulta cuestionable. Deberíamos comenzar por definir hasta dónde llega el concepto de prójimo, si sabemos cuánto nos amamos a nosotros mismos, o acaso si es posible legislar sobre las emociones. Ese difícil desafío de traducir la poesía en obra.
Hilel y Shamai fueron los dos grandes sabios judíos del último siglo antes de la era cristiana. Fundadores de las casas de estudio que portaron sus nombres eran conocidos por su distancia no sólo en la interpretación y apreciación de la Ley, sino también en sus personalidades. Shamai, conocido por su falta de paciencia y temperamento irascible, era extremadamente estricto y escrupuloso en relación a la observancia de la Ley, mientras Hilel, de carácter apacible y tranquilo, era claramente más abierto y suave en su pensamiento e interpretación de los textos.
Una historia dentro del Talmud relata acerca de un hombre que llega hasta Shamai y le pide que lo convierta al judaísmo, con la condición de que le explique toda la Torá mientras está parado sobre un solo pie. Shamai, fiel a su estilo, con una regla en la mano, echa al personaje de su escuela. Al día siguiente el hombre se presenta frente a Hilel con el mismo pedido, a lo que el sabio responde: “La Torá dice: eso que odias, no se lo hagas a tu amigo. El resto son todos comentarios. Ahora andá y estudialos”.
El texto juega con las palabra de manera sutil. La palabra “pie” en hebreo es “regel”, que tiene la misma raíz de la palabra del latín “regula”, regla, elemento del que se vale Shamai para echar al hombre. A la vez, la palabra “regel” en hebreo también significa “regla”, pero en el sentido de hábito o fundamento, tal como el pie es la base y el fundamento del cuerpo. Esta última es la lectura que hace Hilel ante la pregunta del hombre: le pide que exponga la regla, el fundamento donde se basa toda la Torá. El sabio no lee en la pregunta una condición, la de explicar toda la Torá mientras se sostiene sobre un pie, sino una oportunidad, la de resumir cuál es su fundamento. Pone entonces en su respuesta, en práctica dicho fundamento.
Hilel transforma el mandamiento positivo de amor al prójimo, en un concepto más practicable y real. El primer cambio es el paso de “amar” a “no odiar”. El segundo es el paso del amor entendido como emoción, al sentimiento hecho acción. El amor al prójimo deja de ser un mandamiento para ser una promesa: lograr dominar y conquistar los peores instintos, los del odio, la ira, el rencor, la venganza, la cólera y la revancha, nos llevará a ser ese tipo de personas que aprenden y saben amar.
Amar a otros como a uno mismo, desear que otros logren o tengan lo que no logramos nosotros es una meta espiritual demasiado difícil y poco realista. Hilel propone utilizar los instintos negativos tan cotidianos dentro, como guía para un comportamiento positivo, redireccionando los sentimientos nocivos en vez de sofocarlos. Se trata de inspirar unos segundos antes de decir eso que sale desde lo instintivo, y preguntarnos si acaso quisiéramos que alguien nos lastime de esa manera, por más verdad o razón que haya en nuestros labios. La promesa es que el resultado, en el final, será que quizá comencemos a percibir qué era el amor a partir de nuestros actos.
El Maguid de Duvno, gran Maestro Jasídico creador de historias, abre una ventana llena de creatividad a la estrategia de Hilel para alcanzar más paz y acariciar el sentimiento de amor. Cuando Hilel dice: “Eso que odias, no se lo hagas a tu amigo”, el Maguid nos llama a leerlo como: “Eso que odias, no lo hagas tu amigo”. Eso que odias en vos, ese instinto que te transforma en la persona que no deseas ser, no la traigas a la mesa. No lo transformes en amigo al justificar lo que te hace decir, o hacer. Ya lo decía Aristóteles: “Considero más valiente al que conquista sus deseos que al que conquista a sus enemigos, ya que la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo”. El filósofo griego seguramente leyó antes de decir su frase el Talmud hebreo, ya que enseña Ben Zoma en el Tratado de los Principios (4:1): “¿Quién es el verdadero héroe? Aquel que conquista sus propios instintos”.
La derrota y la victoria tienen algo en común, sólo que ese algo en cada una funciona de manera contraria: la derrota tiene como positivo que nunca es definitiva; en cambio, la victoria tiene como negativo que tampoco es definitiva. El trabajo del control del instinto no es una batalla de una vez. Es una victoria de cada día. Al igual que el buen amor. No es una conquista de alguna vez, sino una celebración en los actos de amor en lo cotidiano de los días.
Amigos queridos. Amigos todos.
Esta semana en el calendario de la mística hebrea vivimos la semana de Netzaj, la semana de la Victoria. En el diseño de las emanaciones divinas (Sefirot) de la Cabalá Judía, Netzaj está representada con el pie derecho de Dios. Esta semana estamos llamados a vencer, a lograrlo, a conquistar nuestro instinto. Para eso necesitamos dar el primer paso con los pies en la tierra, fundamento de nuestro cuerpo, y el alma mirando al cielo para lograr alcanzar el fundamento de todo, el del amor.
Porque tal como dijo el poeta: “El amor no es sólo un sentimiento. Es también un arte”. El arte de conquistar cada día nuestro instinto, el de embellecer nuestras emociones, el arte de equilibrar el espíritu y el de descubrir en nuestro prójimo nuestro mejor aliado para aprender al fin, a amar mejor.
El autor es rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.