El maestro del violín Fritz Kreisler ha sido considerado uno de los más grandes intérpretes de la historia. La belleza de su timbre inigualable y la elegancia en su ejecución hicieron de su música algo irrepetible, por lo que puede reconocerse su sello desde la primer nota. Nacido en el seno de una familia judía en Viena, debió emigrar a los Estados Unidos por el avance nazi sobre París. Al finalizar uno de sus conciertos, una mujer se le acercó fascinada y le dijo: “Maestro, ¡daría mi vida por poder tocar de una manera tan maravillosa como usted!”. A lo que Kreisler respondió: “Eso es lo que justamente yo he hecho. Dar mi vida, y todos mis días por el violín”.
Constancia. Perseverancia. El hacer de las rutinas algo sagrado. En nuestros tiempos la palabra “rutina” tiene mala prensa, sin embargo cultivar hábitos constructivos y rutinas creativas constituyen la llave del secreto que forja nuestro carácter.
Franz Kafka escribía metódicamente desde las 23 hasta las 6 del día siguiente. Dormía hasta las 8 para ir a su trabajo durante el día, y a su regreso volvía a descansar sólo un rato para retomar la escritura de madrugada. Picasso dedicaba cuatro horas del día para hablar o pasar con sus amigos, dormía desde las 2 hasta las 11 y se dedicaba a pintar todos los días de 15 hasta las 2 con un breve intervalo para cenar. El filósofo Immanuel Kant, famoso por sus hábitos, era tan meticuloso que a la hora de salir a dar su paseo diario meditativo luego del almuerzo, sus vecinos solían ajustar sus relojes ya que sabían que exactamente a las 15.30 horas, aparecería en la puerta de su casa con su saco gris y su bastón español. Así también Beethoven era conocido por sus largos paseos a horario luego de ocho horas de composición musical diarias, si bien su hábito más exótico era el café que se preparaba cada mañana separando de manera exacta 60 frijoles por taza, así como la obligada pipa que fumaba antes de ir a dormir temprano.
El escritor Mason Currey compiló en su libro Daily Rituals las conductas rutinarias de más de 150 artistas, escritores, filósofos, dramaturgos, poetas, pintores, matemáticos y científicos famosos de la historia. En la introducción de su libro explica: “Una rutina diaria es una decisión, o una serie de decisiones. En las manos correctas puede ser un mecanismo para sacar ventaja de los muy limitados recursos que tenemos: el tiempo (el más limitado de los recursos) así como la voluntad, la disciplina o el optimismo”.
Creativos del espíritu de la humanidad, creadores de universos, las mentes que colaboraron en el diseño de nuestra forma de ver el mundo dedicaron horas de su vida a mecánicas rutinas del día a día. Casi como una contradicción existencial, los hábitos de lo cotidiano los llevaron a ser agentes de cambio, innovación y quiebre de lo conocido. El resultado de una vida creativa es el producto del esfuerzo, de largas horas de dedicación y del trabajo constante.
Ya lo decía Aristóteles: “Somos lo que hacemos día a día. De modo que la excelencia no es un acto sino un hábito. La excelencia moral es resultado del hábito. Nos volvemos justos realizando actos de justicia; templados, realizando actos de templanza; valientes, realizando actos de valentía”.
Somos lo que hacemos. Nuestros hábitos cotidianos nos conforman. Nos enseñan los sabios que los israelitas estaban tan esclavizados en Egipto que ya ni siquiera lo notaban. Por esto es que sacarlos de Egipto resultó más fácil que sacar a Egipto de sus vidas. Los malos hábitos nos seducen, nos atrapan, pensamos que podremos dominarlos y terminan no sólo gobernándonos, sino que hasta descubrimos su justificación. La primera vez que hacemos algo incorrecto sentimos que está mal y hasta nos duele el alma. La segunda vez que lo hacemos no nos sucede lo mismo, ya no nos repele tanto la idea. La tercera vez descubrimos que no estaba tan mal y hasta le encontramos su explicación. La siguiente vez nos transformamos en ese tipo de persona, y hasta logramos demostrar lo bien que nos sale.
Pero debemos saber que, de la misma manera, sembrar buenos hábitos transforma nuestro ser interior. Hay rutinas que mejoran nuestra capacidad de pensar, ahorran energías innecesarias, potencian nuestras prioridades y efectivizan la utilización de nuestros tiempos y agendas. La primera vez que hacemos algo bueno nos sentimos maravillosos, la segunda vez nuestro cuerpo habla de lo bien que se siente seguir así. Pero las veces siguientes ya no notamos ese escalofrío, lo que nos asegura que nos hemos transformado en ese tipo de persona.
Puede transformarse en hábito el fumar, pero también el comer de manera prolija y sana. Podemos hablar del hábito de la bebida, pero también el del coraje, la paciencia y la solidaridad. Podemos habituarnos a ser personas malhabladas o malpensadas, o generar en nosotros el hábito de bendecir, agradecer, felicitar y celebrar.
El gran místico Rabbi Yehuda Loew del siglo XVI, conocido como el Maharal de Praga, nos cuenta acerca de una discusión entre sabios para definir cuál era el versículo que resumía el principio más importante de toda la Biblia. De acuerdo a Ben Azai: “Éste es el libro de las crónicas del hombre, el día en que Dios lo creó a su imagen”. Ben Zoma, por su lado, proponía: “Escucha Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno”. Según Ben Nannas: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Ben Pazzi, sin embargo, nos trae un versículo impensado, que leemos justamente esta semana: “Traerás una ofrenda por la mañana y una segunda ofrenda por la tarde”. La ley sigue finalmente a Ben Pazzi.
El rabino Sacks explica de manera exquisita al Maharal: todos los grandes ideales que traen los primeros tres rabíes acerca del ser humano creado a imagen de lo divino, de la unicidad de Dios y sobre el amor al prójimo, no son más que conceptos vagos y lejanos hasta que se transforman en hábitos del corazón. Todos solemos tener momentos de insight, instantes de maravilla y pensamientos transformadores, ideas revolucionarias, tiempos de inspiración y hasta de ser testigos de lo increíble. Pero todas esas experiencias se hacen apenas recuerdo si acaso quedan en algún lugar de la memoria, a menos que lo llevemos a lo cotidiano de nuestros días.
Las almas que cambian el mundo son aquellas que transforman experiencias de altísima dimensión en rutinas diarias. Las que saborean el detalle de lo cotidiano. Las que descubren el asombro al conocerse cada vez más, en la disciplina de cada día.
James Clear explica en su libro Hábitos Atómicos que, para forjar el carácter, de modo de mejorar nuestra personalidad y alcanzar el equilibrio de las virtudes del espíritu, debemos instalar lentamente la sistematización de algunos hábitos de la conducta. Pero que nada se consigue de manera inmediata. El secreto radica en el cultivo sistemático de tales hábitos, de manera pausada y con dosis viables de realización. Quizá no podamos meditar diez minutos diarios pero podemos comenzar con dos. Puede resultar duro hacer dos horas de ejercicio, pero podemos ir instalando paulatinamente veinte minutos al día, de modo de facilitar que sea más accesible, más real. Perseverar en la asiduidad hasta el momento en que no hacerlo una vez, sea percibido como una verdadera excepción.
En el clásico libro de Musar, la ética judía, Orjot Tzadikim, del siglo XVI, nos enseña el valor de la constancia en la generosidad, para lograr la virtud del alma de un ser generoso: “Quien da 1000 monedas de oro a una persona en particular no es tan generoso como aquél que da 1000 monedas de oro en 1000 ocasiones diferentes, cada una en otro lugar. Cuando uno da 1000 monedas de una vez, es porque de pronto se vio atrapado por un gran impulso de dar, que luego se apartó de él.”
Del mismo modo, para dejar atrás esas conductas, hábitos y actos de nuestra conciencia que nos hacen ver como lo que no deseamos ser, debemos aprender a ejercer la constancia y la seriedad en la metodicidad de la paciencia. Como dijo Mark Twain: “Nadie se desembaraza de un hábito o de un vicio tirándolo de una vez por la ventana; hay que sacarlo por la escalera, peldaño a peldaño”.
Amigos queridos. Amigos todos.
Subir una montaña, asombrarse ante la belleza del mar o estallar en pasión en una noche mágica, son todas experiencias que nos completan emocionalmente. Pero sabemos bien que con algún nivel de suerte quedarán apenas en algún rincón de la memoria. Son simplemente eso: experiencias. No son parte de nuestra vida, no habitan en lo periódico de nuestro carácter. Entregar los días a la belleza de lo cotidiano en el abrazo de los nuestros, hará que cada momento sea una nota preciosa en la sinfonía de nuestros días. Una ejecución única del violín del alma.
Tal como dijo el escritor inglés Charles Reade: “Siembra un acto y cosecharás un hábito. Siembra un hábito y cosecharás un carácter. Siembra un carácter y cosecharás un destino”.
El autor es rabino de la Comunidad Amijai, y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti