El escritor alemán Jean Paul decía: “Los tímidos tienen miedo antes del peligro; los cobardes, durante el mismo; los valientes, después”.
Hay cosas que marcan un quiebre. Situaciones, momentos, que nos transforman y se hacen un antes y un después. Quedan selladas en el mapa de nuestro tiempo como una línea divisoria que separa aquellas cosas que quedaron en el antes, y todo lo que ni imaginamos que puede llegar a devolvernos el después.
A veces tímidos, otras valientes y tantas cobardes, enfrentamos esa línea llena de interrogantes, una batalla contra la incertidumbre, una conquista frente al miedo.
Preguntas acerca de esas cosas que uno quisiera llevarse del antes y temores ante aquellas, que comenzamos a reconocer como importante dejar en ese antes. Buscamos entonces, qué fue lo que transformó al mundo. O si tal vez, lo que se transformó en ese episodio tan lleno de vorágine y quiebre no fue el mundo, sino nuestra manera de mirarlo.
¿Es el afuera lo que cambia aquel mundo del antes, o es sólo nuestra forma de ver el mundo lo que hace que todo sea distinto en el después?
Ese antes y el otro después quedan partidos por aquello que nos dejó partidos en un tiempo o en un lugar, con un libro o una frase, por esa persona o por aquella otra, desde el milagro de un nacimiento o desde el misterio de la pérdida, por esa respuesta que debía ser de una manera por todo lo que trabajamos para que así fuera, pero sin siquiera sospecharlo terminó siendo otra, y entonces todo aquello que vivíamos quedó en el antes, y nos vemos empujados a empezar algo tan diferente en este después.
En las batallas del tiempo, a veces tímidos, otras valientes y tantas tan cobardes, somos quienes podemos transformar nuestras aparentes derrotas, en renovadas victorias. Como dijo Churchill en 1942 cuando vio que la guerra se inclinaba hacia el otro lado: “Antes de El Alamein nunca tuvimos una victoria. Después de El Alamein nunca tuvimos una derrota”. Siempre hay un antes y un después. Hay veces que aferrados al ayer no permitimos dejar partir el antes, y otras nos vemos suplicando que ese después llegue de una vez. Esa línea divisoria, ese instante en la espera, ¿llega sólo? ¿Es el azar, la casualidad, el destino, el cielo? ¿Es el mundo el que cambia, o es nuestra manera de entender al mundo la que nos cambia y nos convierte en este después?
En el texto de esta semana los israelitas se ven frente a dos batallas, completamente diferentes una de la otra. La primera es contra Egipto. Apenas liberados, el Faraón sale a su cacería con cientos de carrozas blindadas tiradas por caballos, el mayor arsenal bélico conocido hasta el momento. En esta guerra es Dios quien combate con plagas y portentos, mientras que Moisés pide a la gente que permanezca pasiva. La segunda batalla figura en el final del texto y es contra el pueblo de Amalek, el cual sale a la guerra contra ese grupo de esclavos indefensos, quienes en esta ocasión deben armarse y pelear para defenderse del nuevo combate. Dos batallas diferentes, cortadas al medio por un antes y un después en el relato: el milagroso cruce del Mar Rojo.
En el primer relato, los egipcios están a punto de apresar a los israelitas, que se ven entre la espada del Faraón y la inmensidad del Mar Rojo frente a ellos. La imagen de la partición del Mar con una columna de agua a cada lado permitiéndoles el paso, puede leerse a primera vista desde la dimensión del milagro y la suspensión de las leyes de la naturaleza. Esa es una forma de leerlo, la manera de ver al mundo desde los ojos de la fascinación ante lo mágico. Sin embargo, lo sobrenatural no es la única manera de asistir a un milagro. Existen diversas comprobaciones científicas y académicas que admiten la posibilidad de que una serie de vientos cambien la marea de ese mar como de tantos otros, generando en medio un cauce seco que permitiría cruzarlo. El milagro no depende de los cambios de la naturaleza, sino del cambio en nuestra naturaleza para observar el mundo, y a nosotros mismos.
Los israelitas ven el cauce en medio del mar y comienzan a atravesarlo. Detrás de ellos los egipcios los persiguen sobre sus deslumbrantes carruajes. Los primeros van caminando, pero llegan a la otra orilla. Su motivación era alcanzar su sueño, dejar el antes en Egipto y marchar hacia el después a la Tierra Prometida.
El texto bíblico también nos habla de vientos que arreciaron toda la noche, pero los carruajes egipcios quedan encajados en el barro, las ruedas se atoran en el fango del húmedo cauce, los caballos tropiezan y no logran avanzar. Lo que hacía invencible al Faraón era su formidable ejército de carrozas, pero fue justamente su supuesta fortaleza, la que lo hunde en el mar.
El rabino Sacks describe lo que sucedió en el mar como una “poesía acerca de la justicia”. Es la única ocasión donde un grupo de personas que escapan a pie logran vencer a una altamente entrenada tropa de jinetes a caballo. El falto de poder logra desde su debilidad llegar a la otra orilla, mientras que el poderoso envuelto en su arrogancia, termina siendo devorado por su propia fortaleza.
¿Por qué no se bajaron los egipcios de los carruajes y siguieron a pie? Podían ver cómo los demás cruzaban de esa manera el cauce, sin embargo no dejaron atrás sus armas. No hay forma de alcanzar el después sin despojarse de lo que se cree tener. Para alcanzar la otra orilla, debemos poder bajarnos del caballo. Despojarnos de lo que debe quedar en el antes, los prejuicios, los preconceptos, la idea de que así son las cosas porque siempre fueron de esta manera. Dejar la obstinación en dar las mismas respuestas a problemas diferentes, renunciar a viejas excusas y perimidas justificaciones, dejar en el antes la arrogancia por lo que tenemos o creemos que merecemos e ir detrás de ese después, en búsqueda de lo que somos. Aquellos que pusieron los pies en el barro, algunos tímidos, otros más valientes, llegaron a la otra orilla. Dejaron a Egipto en el antes, y fueron por la Tierra Prometida del después. Ese fue su milagro.
El milagro reside en la capacidad interior de descubrir que hay un tiempo de la niñez antes de cruzar el mar, en donde creemos que es el universo quien debe librar las batallas por nosotros. Pero hay un momento en el después, donde al crecer espiritualmente comprendemos que las luchas se enfrentan como la segunda batalla, la de Amalek. Es la diferencia conceptual y emocional entre creer que Dios está con nosotros, o que ese poder está en nosotros. La diferencia entre pedir para que suceda ese después, o que uno sea el motor para que llegue. Ser observadores privilegiados de los dones de la naturaleza sin esperar que cambie, sino cambiando nosotros el modo en cómo vemos y comprendemos al mundo.
Amigos queridos. Amigos todos.
Jorge Luis Borges en El Aleph escribió: “Pensé en un mundo sin memoria, sin tiempo; consideré la posibilidad de un lenguaje que ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos impersonales y de indeclinables epítetos. Así fueron muriendo los días y con los días los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió, con lentitud poderosa”.
No podemos vivir sin tiempo, sin la memoria del antes, ni abandonando lo sustantivo de lo que logremos ser en este después. Los días y los años apenas pasarían muriendo. Es enfrentando nuestros mares, los que parecen imposibles de cruzar, con los pies en el barro y aprendiendo a dejar en el antes lo que ya no podemos ser en este después, que seremos testigos del más maravilloso de los milagros: el momento en donde la lluvia fresca nos bañe el rostro y nos haga sentir nuevamente, que estamos vivos.
El autor es rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.