La elección de Rita Sagato para abrir la Feria del Libro no ayuda a cerrar la grieta

Silvia Plager

Compartir
Compartir articulo
infobae

"¿Hemos de renunciar a las diversiones, a las ternuras, a las frivolidades de la amistad porque amamos lo verdadero?", preguntó Virginia Woolf en uno de sus textos. Presumo que lo verdadero es diverso y que cada persona lee esa interrogativa desde su íntima ambigüedad. En "Un cuarto propio", la autora inglesa ofrece una bella pieza literaria que también se puede interpretar como una demanda por la falta de espacio concedido a las mujeres.

Entre tantas otras escritoras, Woolf supo transmitir a través de sus obras y sin mensaje panfletario que en una sociedad justa hombres y mujeres deben gozar de iguales derechos.

No cito más poetas y narradoras porque me alejaría un poco, no demasiado, de las sufragistas, científicas, amas de casa, obreras, artistas, que fueron y son "actores sociales" del cambio. Esos "actores sociales" —lenguaje instrumental que no solemos usar cotidianamente— me dan la oportunidad de presentarles a Rita Segato, antropóloga argentina cuyas investigaciones están orientadas a las cuestiones de género en los pueblos indígenas y comunidades latinoamericanas, y cuyo nombre circula entre expertos en la materia y replicadores de éxitos en los medios de comunicación.

Para Rita Segato, la violencia de género es un "femigenocidio", ya que alcanza un grado de lesa humanidad que no prescribe. Sin rebatir el término acuñado por la intelectual, destaco que la misma persona opina que los crímenes sexuales deben considerarse crímenes del poder y de la dominación. Posición, según declaraciones de Segato, que le ha traído problemas con las feministas.

En la atmósfera patriarcal moderna, según palabras de la antropóloga, la violación se vive como un asesinato moral y no debería ser así, ya que el individuo que viola es un agente dentro de esa atmósfera patriarcal que todos respiramos. Si aceptamos la disolución del victimario, ni la víctima, ni la sociedad, ni la Justicia podrían acusar al perpetrador de una determinada acción violatoria. Ese emparejamiento de roles falta a la equidad y deja sin argumentos a los que transitan el duelo y buscan una reparación proporcional al daño cometido. También el ciudadano que sale a estudiar y trabajar con la ilusión de que el Estado le brinde protección se indigna y auspicia marchas de protesta para restablecer un orden social que es roto por quien le arrebata la vida a otro ser humano y cuyo crimen queda impune.

Según Segato, "el mandato de violación de la cofradía masculina en el horizonte mental del violador común acaba siendo análogo al mandato de la mara o pandilla que ordena reducir, subordinar, masacrar moralmente mediante la violación sexual de la mujer asociada a la facción antagonista o al niño que no se deja reclutar o que desobedece". En Las estructuras elementales de la violencia, Segato señala que Lacan tiene dos categorías para dar cuenta de estas irrupciones: el acting out, en la cual en lugar de hablar la persona se expresa a través de una acción expresiva de ese contenido; y el passage à l'acte en la que el sujeto se destruye en la acción.

Para pasarlo en limpio: el violador, al ser apenas un agente de la sociedad patriarcal que se destruye a sí mismo en la violación, no debería ser penalizado. ¿Qué nos queda, entonces? Le damos una palmadita en el hombro a los deudos y les explicamos que el que mató y/o violó a su ser querido "es el derivado de una pedagogía de la crueldad en torno a la cual gravita todo el edificio del capitalismo". Segato registra el testimonio de un violador que tiempo después del hecho dice "me morí", "me maté", y muestra arrepentimiento. Arrepentimiento que, según mi entender, una vez ejecutada la violación, no puede ser tomado como atenuante del acto cometido.

Alegorías, metáforas, sinestesias, son herramientas empleadas por los escritores para contar historias, pero cuando son utilizadas en un campo en el que se ven afectadas las sensibilidades de las víctimas, crean confusión y, por lo tanto, pueden engendrar violencia. Sin impugnar la decisión de elegir a la antropóloga Rita Laura Segato para abrir la Feria del Libro 2019, los hago partícipes de mi preocupación. En momentos en que la cantidad de grietas que nos enfrentan dan para surtir un kiosko que abre las veinticuatro horas, ¿será propicio alentar a quienes agitan pañuelos verdes o celestes a apropiarse de la fiesta mayor que se le concede a la literatura? Los asistentes a la ceremonia de apertura saben que entre los primeros oradores están los que suelen referirse a los éxitos o a las dificultades editoriales y económicas que, sospechamos, este año, darán números preocupantes. Por lo general, las expectativas están puestas en el novelista o poeta que abrirá "La feria del autor al lector" y muchos de sus fans van para verlos de cerca y aplaudirlos.

Recuerdo el revuelo que se armó años atrás porque Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura, invitado a dar el discurso inaugural, no aprobaba la política del gobierno de aquella época. Y pienso, entonces, ¿qué podría suceder si en la sala llegase a haber víctimas de violación y consideraran la postura "antipunitivista" de Segato como un reflejo del abolicionismo propiciado por Zaffaroni y sus adláteres que colocaron y colocan al asesino en un plano preponderante respecto del muerto? Total, el muerto, muerto está. El reino de la impunidad ya ha causado y causa mucho daño. Cómo reaccionaría la gente que circula a carne viva ante quien sostiene: "La violación no es una anomalía de un sujeto solitario, es un mensaje pronunciado en sociedad. Hay una participación de toda la sociedad en lo dicho ahí".

A pesar de las enormes dificultades que representaba gobernar después de una larga dictadura militar, el doctor Raúl Alfonsín comprendió la urgencia de revertir el machismo que llegaba al extremo de que una madre no pudiera ejercer la patria potestad de su propio hijo. Con los gobiernos democráticos de distintas posturas políticas se lograron conquistas en el plano de la reivindicación femenina antes impensables.

Por supuesto que falta. Y mucho. Pero me quedo con los avances que no propician una guerra entre hombres y mujeres ni una justicia injusta que libere a asesinos, violadores y ladrones.

La autora es escritora e integrante de Usina de Justicia.