En las crisis importan más los hechos que las palabras, que casi siempre son tranquilizadoras y esperanzadas, cualquiera fuera el país y cualquiera fuera la crisis. De modo que los estilos y los formatos no son objeto de esta nota. Pero sí los contenidos. O los no contenidos. El Presidente comenzó recordando su discurso pos triunfo electoral en octubre de 2017, cuando convocaba a un gran acuerdo nacional para hacer los cambios de fondo que el país necesitaba (y necesita). Esta columna expresó entonces su escepticismo, en esta nota.

En su entrega de ayer el Presidente omitió decir —quizás porque no quiere herir a aquellos que lo tienen de rehén en las inminentes e imprescindibles negociaciones— que ninguno de los factores protagónicos de la sociedad mostró el más mínimo interés, o desinterés, en acordar nada serio y efectivo. Ni los políticos, incluidos los de su coalición, ni los sindicatos, obvios opositores a toda productividad, ni los grandes empresarios de su círculo áulico, que supuestamente declaman estar a favor de un modelo de sociedad que no tiene nada que ver con sus conductas. Tampoco el agro, que ya olvidó quién lo sacó del cepo, el tipo de cambio ruinoso, la destrucción de la exportación y la pérdida de una cuarta parte del rodeo.

No mencionó que el peronismo en todos sus formatos: bueno, malo, kirchnerista, gobernadores, sensato, sedicioso, destituyente, transversal, racional, no solo no se mostró propenso al acuerdo, sino que torpedeó cualquier intento de seriedad legislativa para discutirlo. Se dedicó a proponer leyes que únicamente agravaban el agujero fiscal legado a Cambiemos por su propio partido y se acomodaban a sus egoísmos. En cambio, promovió leyes disruptivas en momentos inoportunos, con la consabida invasión de hordas callejeras que no fueron exactamente un buen mensaje para el mundo financiero internacional, que siempre duda del salvajismo.

Podría decirse que todos esos grupos solo acordaron con su propio interés económico o político, como lo hicieron las seudo-organizaciones piqueteras que supuestamente son el sindicato de los planeros, debidamente subsidiados por la cartera a cargo de Carolina Stanley, ahora premiada con una ampliación de funciones.

Tampoco la sociedad en general estuvo propensa a acuerdo alguno, algo que resultaría obvio cuando un 65% de ella vive exclusivamente de la limosna compulsiva que le quita al 35% restante con diversos métodos de exacción.

Mencionar esta circunstancia habría sido de gran ayuda para que la ciudadanía comprendiera mejor algunas de las causas por la que se ha llegado a esta instancia, en especial aquellos ilustrados que piden casi estólidamente un acuerdo político que saben que es imposible.

Lo que tampoco mencionó Mauricio Macri es que el gradualismo, que en muchos casos ni llegó a serlo, que se intentó aplicar desde el comienzo de la gestión le hizo perder a Cambiemos el timing y la única oportunidad de usar el liderazgo y el mandato electoral para empujar un cambio que hoy ya no puede hacer. De modo que lo que él denomina "demasiado optimismo" y otros eufemismos terminó resultando un colosal error de fondo.

Sobre los cuadernos, debió explicar más en detalle el efecto del escandaloso juicio. Lo que puede haber molestado a los mercados financieros fue la sensación de una añeja complicidad subyacente en el negocio de las coimas, los sobreprecios, los contratos, las licitaciones y el Estado, con lo que resulta muy difícil saber en quién creer. Esta sensación es compartida por un sector de la población, lo que hace más difícil mantener la confianza en los que se podrían denominar "buenos", que ahora lucen tan parecidos a los "malos".

Y en el plano de la pérdida de confianza, no habría estado de más puntualizar que los bancos y las instituciones internacionales tienen mucho temor de que Cambiemos sea sucedido por un gobierno peronista, cuyos antecedentes inmediatos son el vergonzoso proyecto de los Kirchner y su predecesor y legatario, y el licuador gobierno de Duhalde-Lavagna tras el repudio de la deuda entre aplausos.

El fracaso del actual mandato en encontrar un rumbo sostenible, aunque no fuera una solución integral, hace ahora temer que cualquier crédito que se otorgue deba ser honrado por quienes deshonraron el crédito, justamente. No es una consideración menor para quienes tienen que apostar a dar crédito para que los dólares se usen para pagar gastos sin saber si recuperarán esos fondos. Habría sido bueno encontrar la manera de explicarlo en el discurso.

En cuanto a la reducción de ministerios, pero con exministros y estructuras que no se reducen, la sociedad merecía saber que no implicarán por ahora demasiados ahorros en el gasto político, y tal vez en ningún otro campo, y se le debía alguna explicación de lo que se intenta lograr con esos cambios, si existiese, ya que no se han atribuido a ninguna falla en la gestión, lo que habría resultado más entendible en algunos casos. De todos modos, servirá seguramente para probar la capacidad multitasking y multidisciplinaria de los ministros, una virtud que parece ser común a los funcionarios de todos los partidos. Al menos se utilizará el tiempo libre.

En cuanto al equilibrio fiscal, también debió explicarse a la sociedad que el gradualismo que se acelerará será el impositivo, no el fiscal. Porque no hay bajas relevantes de gastos en las decisiones que se conocen, sino que continúa el concepto de que quienes "más tienen" o "mejor están", como dice el Presidente, deben colaborar con los más necesitados, una concepción kibutziana que no parece ser intención cambiar, como si el gobierno adhiriese una y otra vez a ese criterio. Y era importante explicitarlo, porque habría que compulsar cuántos sectores están dispuestos a seguirse endeudando y sacrificando para ese tipo de solidaridades socialistas, que justamente son las que han traído a la nación a esta disyuntiva.

"¿Qué es lo que estamos financiando, a qué causa estamos contribuyendo, en nombre de qué estamos endeudándonos y pagando más impuestos sobre nuestros ahorros y nuestras ganancias, fruto en todo caso del trabajo de una vida? ¿Quién pagará esta deuda, sino nosotros, que ahora pagamos el ajuste que es privado?" se cuestionan esos sectores.

Esas preguntas no se respondieron en el discurso del Presidente, que la sociedad aún no termina de formularse y formular, pero que las hará, tarde o temprano. El gasto que impide el crecimiento sigue ahí, incólume. El impuesto salvador lo pagan los mismos de siempre. Macri no les pide que crean en él a todos los argentinos, sino a la minoría que está subsidiando al resto del país, incluyendo a pobres, ricos, marginales o ladrones.

Tomando distancia del miedo que genera estar al borde del abismo, miedo que solo sienten las minorías responsables que pagan todas las cuentas y los impuestos, y cumplen todos sus compromisos casi heroicamente, la pregunta ineludible que surge es si tiene sentido seguir pidiendo préstamos para sostener un sistema inviable y un mecanismo social pernicioso que premia al que no hace mérito alguno y castiga sistemáticamente al que produce, trabaja, cree, estudia y sueña con la grandeza. Una minoría exangüe, condenada ahora a redoblar una apuesta de sacrificio adicional a la espera de que salga un número ganador que sabe que no está en la ruleta, atrapada entre el "no vuelven más" y el "ahora, cambiemos".

Esa es la principal pregunta que el presidente Macri no pudo contestar en su discurso. Acaso porque no tiene la respuesta.