Cristina Fernández de Kirchner sale de su departamento en Recoleta hacia Comodoro Py para declarar por la causa de los cuadernos de las coimas (Guille Llamos)
Cristina Fernández de Kirchner sale de su departamento en Recoleta hacia Comodoro Py para declarar por la causa de los cuadernos de las coimas (Guille Llamos)

Hay dos clases de seguidores de Cristina Fernández: los que saben que ella robó y nos les importa, y los que no pueden creer ni aceptar que ella pudo haber estado al tanto de las valijas con bolsos y el sistema de recaudación ilegal.

A los primeros ya los conocés: son los más cínicos. Los que no les preocupa que su jefa haya mentido o haya robado. Los que trabajan para equiparar la corrupción K con la corrupción de Cambiemos. Los intelectuales que relativizan el choreo porque, dicen, es más importante el endeudamiento, la política económica hambreadora de Macri, y las consecuencias desastrosas del modelo que, como vaticina Máximo Kirchner, terminará de cerrar con represión.

En este primer grupo se encuentran además, desde personajes menores como Diego Brancatelli, hasta los desaforados de 6,7, rrocho, pasando por muchos conspicuos artistas K, nucleados, muchos de ellos, en la Asociación Argentina de Actores, y beneficiarios de conchabos varios, y que van detrás de consignas estrambóticas como "la Patria está en peligro".

Entre los unos y los otros –entre los que saben pero no les importa, y los que todavía no pueden creer– hay gente como Pablo Echarri, quien por un lado se muestra acongojado, y por el otro se pregunta si lo de los cuadernos K no es una maniobra de gigantescas proporciones, tendiente a evitar que Cristina Fernández no se pueda presentar como candidata a Presidenta.

Para los ingenuos que todavía no lo pueden creer, les recomiendo que presten atención a dos o tres escenas. La primera: una convocatoria urgente de Cristina Fernández a Lázaro Báez, advirtiéndole que desde la embajada de los Estados Unidos le habían dicho que el empresario estaba queriendo sacar dinero negro al exterior.

Lo declaró Leonardo Fariña ante el fiscal Guillermo Marijuán y el juez Sebastián Casanello. Ahora el magistrado pidió el cruzamiento de llamadas entre los teléfonos de los secretarios de asesores de la exjefa de Estado y Báez, para confirmar el vínculo. La época es clave. Fue inmediatamente después de la muerte de Néstor Kirchner. Ya hay suficientes indicios de que el encuentro existió. También de que Lázaro estaba fugando dinero malhabido al exterior.

¿Por qué ella no lo denunció? "Porque lo que quería saber es cuánto de la que consideraba de ella se estaba llevando Lázaro", dijo Fariña.

Otra escena: Cristina, en la Casa Rosada, después de la muerte de Néstor, con el cuaderno donde el expresidente anotaba todo en la mano, preguntándole a su vicepresidente, Amado Boudou, sobre varios negocios, incluido el de la imprenta ex Ciccone.

A todo lo demás, que incluye su participación activa en la recepción de bolsos con dinero, lo pueden leer en los cuadernos de Oscar Centeno, cuyo contenido fue confirmado una y mil veces por media docena de empresarios y dos exfuncionarios, quienes admitieron haber recibido coimas, aportes, o el nombre que se le quiera poner al delito que cometieron.

Los cínicos son incurables, y van a terminar envueltos en su propio resentimiento.

Pero los ingenuos, de a poco, aunque las encuestas todavía no los registren, se terminarán convenciendo de que Cristina no era tan pura, ni tan buena, ni ten generosa, ni estaba tan pendiente de los pobres necesitados, como les hicieron creer.