Primero fueron bolsos voladores, ahora infames cuadernos. Se hace imperioso rescatar la idea de que la política puede ser una actividad honrada. Y nada mejor para ello que recordar a Moisés Lebensohn. Aunque, claro, Lebensohn fue mucho más que un político decente. Jamás se dejó tentar por los cantos de sirena, fue un adelantado a su tiempo en todas las materias.

Cuestionó por izquierda a su partido cuando este se volvía conservador, pero jamás se fue. Luchó desde adentro, desde su "yrigoyenismo crítico" y aportó su pluma en la "Declaración de Avellaneda" y el nacimiento del MIR, la intransigencia radical. Tendió puentes con el peronismo, al que le reconocía promover nuevos derechos, pero denunció el autoritarismo del movimiento y conoció la cárcel de Perón. Frecuentó a Evita, a quien le reconocía su origen en las entrañas mismas del pueblo, pero jamás se convirtió a la idolatría de su amiga hacia el fundador del peronismo.

Organizó a los jóvenes radicales, a los que interpelaba para que asumieran un rol activo y crítico. Impulsó el empoderamiento femenino en la política. Convocó el primer encuentro de mujeres radicales de la provincia de Buenos Aires y no precisamente para servir empanadas.

Fue un internacionalista. Levantó su voz en favor de una solidaridad activa con la República Española. Advirtió, como pocos, la noche que se cernía sobre el mundo de la mano del nazismo y el fascismo.

Admiró el "New Deal" de Roosevelt, lo que le valió el mote de imperialista por parte de los ignorantes vernáculos. Lebensohn fue el primer socialdemócrata de estas tierras y veía en aquel programa una manera virtuosa de intervención estatal al capitalismo salvaje. Al mismo tiempo fue tachado de comunista por sus ideas socializantes de la economía. Sufrió discriminación por su condición de judío, aun dentro de su partido.

Fue hombre de prensa, fundador del diario Democracia; siempre creyó en el poder de las ideas y en la necesidad de que estas llegaran al pueblo. Jamás aspiró a cargos. El único para el que fue electo, además del de convencional nacional, en 1949, fue el de concejal de su ciudad, Junín, dejando una prolífica tarea en favor de sus vecinos. Rindió cuentas de su gestión en "Acción Municipal".

A él, que no podía dejar de simpatizar con el ascenso de la clase obrera de la mano del primer peronismo, le tocó retirar la bancada radical en la convención del 49 por el sesgo autoritario y fascistizante de la naciente Constitución.

Vale la pena recordar las palabras con que lo caracterizó Félix Luna en la biografía de José Bielicki sobre Lebensohn: "Era inmensamente pobre. Su desapego por el dinero era bien conocido en los medios en los que actuaba. Allí se tenía como valor entendido que había que invitarlo a comer, pues nunca tenía plata para hacerse cargo de la alícuota de las modestas comilonas partidarias".

Similares anécdotas podemos encontrar en otros dos próceres radicales: Arturo Illia y Raúl Alfonsín. Ambos llegaron a presidentes, fueron criticados en su época, pero hoy gozan de amplio reconocimiento. Lebensohn no. Permanece desconocido por la amplia mayoría del pueblo y demasiado olvidado por sus propios correligionarios. Quizás porque murió demasiado joven.

Pero está allí, solo hay que rescatarlo para las nuevas generaciones, como ejemplo de que la verdadera vocación política es aquella que determina que cuando salís se es más pobre que cuando se entra.

El autor es ex secretario general de la Mesa Nacional de la Franja Morada, presidente del Instituto Moisés Lebensohn.