/ AFP PHOTO / EVARISTO SA
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La decisión del Tribunal Superior de Justicia del jueves es otra palada de tierra sobre la tumba política de Lula da Silva, aunque no aún la lápida. El sistema de apelaciones y recursos de la Justicia brasileña es laberíntico y eterno, de modo que, como se está viendo, nada puede ser considerado final, hasta el final.

La obvia comparación con la Justicia argentina es evidente, vergonzante y abrumadora, pero no hay que dejar de lado en el análisis el formato que eligió el juez Sérgio Moro desde el comienzo del proceso. Al empezar la investigación por el sector privado hasta conseguir suficiente evidencia del cohecho y recién ahí avanzar hacia los funcionarios públicos, evitó el cambio de jurisdicción y carátula de la causa en su génesis, lo que la habría neutralizado sin remedio. También debe aceptarse que al utilizar en el borde de la ley la prisión preventiva como herramienta de ablandamiento aprovechó al extremo las ventajas procesales que otorgan las leyes de arrepentimiento brasileñas. Resuena hoy la admonición que profiriera en aquel momento el fundador de Odebrecht: "Si yo voy preso, preparen las cárceles, porque Lula y todos los demás también van presos".

La habilidad de Moro parece redoblarse. Al invitar al ex Presidente a entregarse, se anticipa al recurso de hábeas corpus que este presentó ayer, ya que entregarse sería una decisión personal, no una orden judicial apelable. El recurso fue denegado, de modo que habrá que esperar nuevos malabares.

Más allá del impacto de una prisión en una executive suite, el punto más importante para evaluar es la contundente disposición legal que le impide al candidato del PT participar de las próximas elecciones al tener una condena en segunda instancia, que difícilmente pueda el tribunal electoral revertir con un fallo.

Y eso lleva a un punto crucial: sin Lula, el escenario político brasileño queda en blanco, vacío, como una ópera en la que el tenor mundialmente famoso pierde la voz y tiene que ser remplazado de urgencia por un suplente del elenco estable. Ese tema es el que trata de enfocar esta nota.

Hace tiempo que la grieta en el gran país del norte se puede resumir en una frase: un gran sector que apoya a Lula, otro gran sector que quiere que Lula vaya preso. Esa discusión parece estar llegando a su instancia final. Parece.

No es un fenómeno para sorprenderse. Pese a que en su gestión Luiz da Silva contó con al apoyo de la industria brasileña, siempre proclive a sostener a quienes defienden su proteccionismo, finalmente su política económica se basó en subsidios masivos, aumentos de salarios generalizados, la tolerancia a la alta inflación y la suerte de gozar varios años del festival de commodities.

Incorporó varios rasgos que guardan similitud con la política de Carlos Menem, como ocurrió con la apertura a Bolsa de Petrobras, y otros que recuerdan a la política de su amiga, Cristina Kirchner, como su denodada lucha en favor de la Unasur, que es donde se terminaron refugiando todas las ilusiones de eternización del progresismo regional.

Esa heterodoxia, que también refiere a Perón, aplicada en un momento singular del mundo, le dio grandes resultados durante las dos terceras partes de su mandato. Lo aplaudían las empresas, los trabajadores, los sindicatos, los analistas internacionales y sobre todo los inversores de corto plazo, que ganaron fortunas con el carry trade al que invitaban sus políticas monetarias y cambiarias. Que, como es sabido, tienen un fin previsible, como toda burbuja. De ahí que en el último tramo de su mandato tuvo que empezar las correcciones que luego heredara Dilma Rousseff, que además agregó su incompetencia e ideología para llevar a Brasil a la complicada situación de hoy.

Pero esa situación no es atribuida a Lula, que ha dejado la imagen de éxito y bienestar del populismo en la etapa ascendente, no solo ante sus adeptos, sino ante el mundo, que lo consideró una suerte de Adenauer, lo que llevó a su país a formar parte de la construcción virtual de los BRICS, un invento de los bancos para conseguir más inversores, siempre de corto plazo.

"Tristeza não tem fim, felicidade sim", decía Vinicius. Luego de su hora más gloriosa, Lula da Silva y Brasil enfrentan ahora instancias durísimas. No es seguro, ni serio, dar por sentado que el conato de crecimiento reciente de la economía se mantendrá. Al contrario, es posible que el motor del Mercosur tienda a paralizarse. El presidente Michel Temer suma a su desprestigio de arrastre el odio adicional de la sociedad, tanto de los pobres como de los ricos industriales, ante sus políticas de ajuste, que son inexorables. Ello cuando aún no se empezó a discutir la bomba neutrónica del sistema previsional.

Como todos los demás progresistas que delinquieron en la región, el ex Presidente apela al latiguillo de rigor: "Se trata de una persecución política", dice. Lo apoyan Evo Morales, Cristina Kirchner y Maradona, obvio. Al mismo tiempo, insultan gratuitamente a la Justicia brasileña, que parece ser la que mejor funciona.

La política —la sociedad— se queda entonces sin referentes. Sin la mayoría de quienes soñaban con la vuelta del populismo social y empresario, que parecen adherir al lema "robó pero repartió", los demás candidatos no tienen entidad electoral. Ya sea porque todos son percibidos como igualmente corruptos o porque son vistos como ineficaces para capear el tsunami socioeconómico que flota sobre el cielo verdeamarelho, nadie parece, según las inseguras encuestas, ser capaz de aunar las voluntades. A esto debe agregarse la probabilidad de que el desencanto ahuyente a la sociedad de las urnas. Hoy las está ahuyentando de las calles. Pese a la arenga del líder condenado.

La primera disyuntiva la tiene el PT. Su candidato parece querer iniciar una cruzada de inmolación en pos de evitar la cárcel. Pero como observan algunos analistas del país vecino, el partido deberá optar entre jugar al martirio e inmolarse junto con él, o dejarlo de lado y dedicarse a hacer campaña por un nuevo candidato. ¿Pero quién? ¿Y quién tiene chances si Lula está descalificado e imposibilitado de darle apoyo? La inasible Marina Silva tiene apenas 17% en las encuestas, que ya se sabe que son frágiles.

El PMDB, que podría aprovechar la situación, tampoco tiene un candidato. Michel Temer, salvado por sus amigos del Congreso de un destino igual que el de Dilma y Lula, suma al desprestigio por haber hecho lo que no debía, el repudio por hacer lo que debe hacer: un ajuste serio y profundo.

Luego están los candidatos de los extremos, que tampoco por ahora suman cifras relevantes. Pero lo que no está claro es que sin Lula ni Temer en el tapete haya alguien capaz de llevar a Brasil por un camino de recuperación dolorosa y seriedad económica, social y política. No es la sociedad la que ha dicho "que se vayan todos". Simplemente parecen haberse ido solos.

La región también se conmueve. Por la importancia que tiene la locomotora sudamericana, que va a perder vapor a todas luces. También porque el progresismo, que se creía patrón de la patria grande, ahora consolida su imagen de corrupción generalizada incompatible con su prédica de justicia social. Porque tanto los políticos como las empresas son sospechosos de cualquier trampa. Porque no hay un líder que cohesione al Congreso y capitanee el ajuste que salve a la gran nación del choque frontal contra la realidad y rescate la imagen de los emergentes de América Latina frente al mundo.

Como siempre, la urgencia y el drama instantáneo hacen perder de vista una verdad de a puño. Lo que viene pasando en varios países muestra que las democracias regionales están corruptas y por lo tanto no cumplen su verdadera misión. Requieren cambios estructurales en las leyes y los sistemas electorales, en el accionar de los partidos, en muchos casos, que se han transformado en monopolios del voto, además de albergar las cuevas de fraudes contra el Estado en sociedad con los grandes empresarios.

Cuando se habla de las bondades de la democracia frente a cualquier otro sistema, casi como quien recitara un catecismo, se omite o no se quiere ver el cáncer de la corrupción, que destruye todas las células, las transforma en nocivas, perniciosas. De ahí se sale con liderazgo, con grandeza, con propuestas y con honestidad. La sociedad brasileña, en el modo casi brutal y nunca demasiado intelectual con que se rigen las sociedades, parece haberlo comprendido. Lo que no sabe aún es cómo lograrlo.

Dios es brasileño, felizmente.