
Suele decirse que Buenos Aires vive a espaldas del majestuoso Rio de la Plata. Tanto, como respecto de su Delta del Paraná, una de las maravillas naturales a escala planetaria y un pulmón eclógico invalorable para la ciudad y su conurbano norte.
La historia de nuestro Delta bonaerense constituye una aventura rica en viscitudes escasamente historiada. Reducto de descanso y distracción deportiva de las clases altas, se abrió a las clases medias populares a partir de los años 40 merced a la diseminación de recreos, hosterías y líneas de lanchas colectivas. Simultáneamente, las grandes quintas primigenias fueron loteadas en terrenos en donde esforzados inmigrantes europeos nostálgicos de algunos paisajes de su tierra edificaron viviendas de calidad variable reconocidas como "islas".
Hasta fines de los 60, el Delta fue también un vergel productivo de frutas, maderas y mimbres. Una conjunción de accidentes climáticos y promociones regionales discrecionales fue desde entones desvaneciéndolo y acentuando su perfil primordialmente turístico. Hoy por hoy, solo provee madera no siempre explotada de acuerdo a las mejores prácticas de preservación y reproducción pues abundan las bandas de piratas depredadores organizados al calor cómplice de regiones de las burocracias comunales.
El Delta contiene una humanidad local tan densa y heterogénea como sacrificada en su lucha cotidiana contra vientos, lluvias y mareas. Un estilo de vida cuyos rigores fueron bien ilustrados por la memorable película "Los Isleros" protagonizada por Tita Merello y Arturo Garcia Buhr en los 50. Los ciclos económicos diabólicos de nuestra historia reciente han motivado un proceso de irrefrenable emigración, sobre todo de jóvenes. No obstante, hasta hace poco turistas e isleños convivieron armoniosamente solidarizados por el descanso al aire libre de unos y las necesidades de subsistencia de los otros.
Pero la decadencia cultural que afecta a amplios sectores de nuestra sociedad durante las últimas décadas ha impactado con particular intensidad esa convivencia. Desde aproximadamente los 90, y merced a la retardada extensión de servicios públicos como la red eléctrica y de telefonía en sus zonas más alejadas, irrumpió un segmento "snob" de nuevos ricos investidos de hábitos bien distintos a los de las generaciones anteriores.
Introdujeron en la isla la cultura del "reviente" consistente en las grandes fiestas los fines de semana con música a altos volúmenes debidamente regadas por un consumo generoso de alcohol y de drogas de diversa índole. Impúdica e impunemente, suelen exhibir sus proezas acuáticas, a veces rayanas en la obscenidad, por las redes sociales. Los conflictos con estos nuevos parvenus han motivado también la emigración de miles de vecinos antiguos hartos de conflictos y litigios que han desnaturalizado al Tigre como zona de descanso, disfrute familiar y desalienación.
Como no podía ser de otra manera, esta torsión se reproduce ampliadamente en el transito fluvial. El descontrol se expresa bajo la forma de la ignorancia más supina de los códigos de navegación como las velocidades moderadas en ríos de alta circulación comercial y arroyos de dimensiones estrechas.
Las señas corporales solicitando la disminución de la marcha ante el desembarco o el estacionamiento de lanchas de aprovisionamiento suele suscitar entre la indiferencia y la burla; sobre todo de los timoneles de yates y cruceros, aunque también de lanchas de menor porte. A ello se suman otras "pestes" colaterales de última generación como el uso irresponsable de motos de agua –a veces, por menores- o las prácticas de sky en ríos no habilitados.
Las colisiones entre embarcaciones o aun de estas contra los muelles han devenido en moneda corriente; convirtiendo al sano deporte de navegar en un ejercicio peligroso. Desgraciadamente, su difusión es solo esporádicamente recolectada por los grandes medios a raíz de tragedias como la que le costó la vida a una joven vecina durante el último fin de semana.
Mientras tanto, isleños, comerciantes y vecinos civilizados deben soportar estoicamente los desbordes de gente tan "alegre y divertida" como beligerante en la defensa de sus "derechos" ante la más mínima demanda de respeto por parte de aquellos que ven avasallados los suyos. Los accidentes acuáticos, entonces, son solo la consecuencia de un problema cultural más profundo solo corregibles mediante un compromiso más incisivo por parte de las autoridades públicas como la Prefectura, la Policía y los municipios.
Solo así será posible devolverle a nuestro Delta esa paz que fue le fue emblemática para sucesivas generaciones de argentinos de bien y de todas las extracciones sociales.
El autor es historiador.
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