Se impone comenzar con lo que los sitios llaman "disclaimer". Quienquiera que haya visto un carrito precario con dos niños adentro y su papá hurgando en un contenedor, o peor, comiendo algo directamente de ese recipiente, no pudo haber dejado de sentir una opresión, un gran dolor y hasta vergüenza frente a esa escena. En ese respeto por la miseria y el drama de los otros se inscribe este comentario.

La presencia de los cartoneros en las calles de las grandes ciudades del país plantea el clásico dilema entre las urgencias del individuo y la necesidad de orden y organización que tienen las sociedades, en las que subyacen los basamentos de la democracia y el bienestar colectivo.

La actividad no es nueva, como se sabe. Los lectores veteranos habrán recordado aquel tango de 1926, El ciruja, que recitaba: "Era un mosaico diquero que yugaba de quemera".

El ciruja era un vagabundo que buscaba algo vendible en los tachos de basura y el quemero era el que hurgaba en la vieja quema de Patricios y Pompeya, en un reciclado primario y pionero. Ese accionar se tornó más domiciliario con el tiempo, y los cartoneros mezclaban su tarea de recolección a veces con la compra de botellas o ciertos metales, a veces con el pedido casa por casa de rezagos.

La tarea era vista con desprecio por la elemental cercanía con lo escatológico, pero también porque alteraba la ecuación económica de las empresas que se dedicaban formal y tecnificadamente a la recolección de residuos, parte de cuyo ingreso consistía justamente en la venta de los elementos de fácil reciclado, como el vidrio, el cartón, el papel y el bronce. El malhadado 2001 multiplicó la desesperada actividad hasta que la noche se llenó de cartoneros, que inspiraban miedo y desconfianza al principio, pero que luego se integraron al paisaje, casi como zombies de otra dimensión, invisibles para el runner o el simple peatón o automovilista.

Los gobiernos prefirieron tolerarlos, en vez de reprimirlos, como pasaba hasta entonces, porque no tenían otra respuesta laboral digna para ofrecer y siempre era mejor alguien que trabajase, por nociva e irregular que fuera su labor, a alguien que robase. En esa línea, los municipios prefirieron renegociar con las recolectoras sus tarifas para compensarlas por ese auténtico robo de residuos, pero sacrificaron en ese proceso la higiene de las ciudades, en especial las más populosas. Las calles pasaron a ser sucias. Esto no requiere pruebas, ni siquiera acercarse a los centros de carga barriales que laceran la vida de los vecinos si tienen la desgracia de ser elegidos como sede de esos puntos de traslado a camiones siempre vetustos.

El Gobierno del PRO, en el caso de Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), fiel a su estilo, los uniformó y cooperativizó, a la par que se creaban sindicatos, movimientos populares, obras sociales, y toda la maquinaria de movimientos callejeros y organizaciones que tienden a eternizar la trasgresión, la marginalidad y el subsidio. La inteligencia emocional colectiva sospechó de un negociado dirigido por los propios funcionarios, algo difícil de probar en el mundo marginal en que transcurre. Más fuerte aún para inmortalizar el sistema resultó la sensibilidad popular, que así como no ve a los cartoneros ni a los carritos, prefiere no ver la mugre de la ciudad, como si también fuera de otra dimensión.

Cabe una acotación a esta altura: el mundo civilizado, rico o pobre (lo hacía Argentina pre 2001), procesa su basura de otras maneras. Más antiguas o más modernas, pero cualquiera de ellas más efectivas y más baratas finalmente que este sistema precario, desordenado, anthigiénico, ineficiente y peligroso en varios aspectos. Se usa desde el codificado de barras de las bolsas según la clase de residuos para que el camión recolector pueda leerlas hasta máquinas selectoras en plantas especiales capaces de dividir hasta el 95% de los residuos con precisión sorprendente. Todavía no se ha demostrado que un inframundo de centenares de miles de seres con pecheras refractantes hurgando en los containers y tirando lo que sobra a la calle resulte más eficiente que una recolección tecnointeligente con camión-grúa vaciador automatizado.

Tampoco existe un mecanismo mejor que concentrar en algunas pocas plantas todo el reciclado, el tratamiento y la selección con uso de tecnología apropiada. Aceptar el retroceso del cartonero es como considerar razonable que de pronto se cortara el servicio de agua potable y se reemplazase por cientos de miles de aguateros recorriendo con sus carros cisternas tirados por mulas las calles de las ciudades para aumentar las fuentes de trabajo de los menos instruidos. Si le parece exagerado, analice las similitudes.

Antes de 2001 se recolectaba eficientemente la basura con los sistemas mecánicos disponibles entonces. Es cierto que los residuos se enterraban, pero no es cierto que ahora esa situación haya mejorado seriamente. Al contrario, el Gobierno de CABA ha prohibido recientemente la entrega de bolsas en los supermercados para que no sean arrojadas a la vía pública y tapen los desagües. ¿Alguien se ha preguntado quién hace eso? Los "recicladores urbanos", por amplia mayoría.

Hay un aspecto económico que no queda claro y que debería ser investigado en profundidad. No es posible que las consideraciones de este artículo y otras más técnicas y profundas no sean conocidas por las autoridades. ¿Cuál es entonces el interés en no cambiar? Algo huele mal en la basura.

El problema de los residuos y su reciclado es universal. Pero la solución rioplatense es casi caricaturesca. Se trata de otra forma de permisividad populista y de incapacidad de resolver los problemas. Ante la imposibilidad de dar soluciones, se da permiso.

Además del riesgo ecológico, de higiene, de seguridad en la vía pública y de costos económicos ocultos, el mecanismo amenaza con continuar con las prohibiciones, además de la de las bolsas. Pueden ser las botellas en cualquier momento, u otros aspectos coercitivos como la vigente posibilidad de que los encargados de edificios denuncien a los consorcistas si infringen las reglas de selección, fruto de un acuerdo espurio con un sindicato amigo del Gobierno de la Ciudad. Será difícil convencer a alguien sensato de que el método moderno de reciclar consiste en revolvedores que desparraman basura por las veredas.

Y aquí entra de nuevo el aspecto de la sensibilidad y la corrección política a la que nos hemos subordinado. El comentario masivo será: "¿Pero si hacemos recolección con camiones con tecnología, chips y plantas receptoras de tratamiento y reciclado, de qué vivirán los cartoneros?". Y volvemos al centro de la discusión socioeconómica y política en la que pierde inútilmente tiempo el país. En nombre de "la pobre gente", se crea cada vez más "pobre gente" y se termina dañando seriamente a la "pobre gente". Se aplica en el inamovible (para abajo) gasto del Estado, en la educación inclusiva y buenuda que termina en la ignorancia esclavizante, en el garantismo a los delincuentes que carcome a la sociedad y enriquece a los jueces, en los dos millones de jubilados sin aportes bendecidos por Cristina Kirchner, en los chupagasto del presupuesto.

Amparada en la lástima, la sensibilidad, la corrupción y el miedo de los corruptos, la presión en las calles, la conveniencia política, la necesidad de repartir algo, desde dinero hasta permisividad, hay una suerte de sociedad paralela que vive en otra dimensión, una sociedad de "cartoneros de la vida" que nadie ve, que ya es al menos la mitad del país, y que todos, cada uno con una excusa distinta, parecemos empeñados en permitir que siga creciendo. Y forjando ciudadanos sólo aptos para cartonear.

Del otro lado, está la triste realidad diaria de cada ser humano. Hace unos meses, en Montevideo, vi salir de golpe a un hombre de dentro de un contenedor. Nos sorprendimos los dos. Me miró y me dijo: "Estoy buscando algo para que almuercen los gurises". Dos realidades de igual valor. Las dos deben resolverse, no ocultarse mutuamente, ni tapar un agujero con otro.

La tarea de gobernar es ardua, difícil y dolorosa. Así debe ser. Por respeto a todos.