Ayer a la tarde preguntaba a mi TL: ¿qué es mejor, Donald Trump con un Congreso republicano frenándolo, o Hillary Clinton con un Congreso republicano paralizándola? La pregunta no era retórica. El magnate ha planteado hasta ahora una serie de titulares, mas que un programa o un proyecto,  que muchas veces se contraponen, sobre todo en lo económico. Cabía rogar que tuviese un Congreso que lo controlase y domeñase, pero que no fuera una oposición rabiosa. 

Clinton, por su lado, tenía un discurso también de compromiso. Debía congraciarse con Barack Obama y arrimarse a él y al mismo tiempo demostrar que puede gestionar exitosamente, lo que no quedó probado en ninguna de las posiciones oficiales y extraoficiales que ocupó hasta ahora, para ser generoso en el juicio.

Pareció que el video con la "charla de vestuario" de Trump sería mortal para el carotenado developer, pero algún "spin doctor" sacó de la manga el misterioso hallazgo del FBI de una nueva tanda de infinitos emails en una investigación paralela y desbarrancó a la Secretaria.  Esto demuestra que los norteamericanos no estaban eligiendo entre dos proyectos o dos programas, ni tampoco ideológicamente. Es un punto para analizar cuidadosamente después de que se apacigüen los gritos de esta loca carrera de galgos. La mayor democracia de la historia no se puede permitir el lujo de debatir la nada y no representar a nadie. 

El Tea Party, con su negatividad absurda y vengativa, de un fanatismo de KuKluxKlan, vació al GOP de ideas y propuestas y también de líderes políticos, y se alejó de la problemática de la gente. Pagó el precio doble de perder toda influencia en la elección de su candidato y además de que ese candidato indeseable e indeseado se consagrase presidente.

Los demócratas, al no contar Obama con posibilidades de formar leyes en el Parlamento, tuvieron que conformarse durante ocho años con el estrecho margen que les permitía el equivalente americano de los DNU y pagaron además el tremendo desgaste de tener que remontar la mayor crisis económica de la historia, más potente que la de 1929. Lo hicieron con mucha pericia y con medidas audaces y polémicas, y seguramente con muchas injusticias (debió haber muchos presos). Consiguieron remontar un momento dramático, pero la clase de recuperación lograda no conformó a la masa trabajadora, que sabe que el empleo está creciendo pero no con remuneración de calidad. Habíamos analizado estos antecedentes en esta misma columna hace unos meses. Ver nota

La globalización se estrelló contra la subprime crisis  y el trabajador medio acusó al gobierno de ser el culpable de la quietud salarial y de la creación de nuevos puestos pero de bajos salarios, que obviamente fueron ocupados por inmigrantes latinos, como siempre, que en la escasez de demanda fueron percibidos como ladrones del empleo, al igual que la competencia extranjera, no muy diferente de lo que ocurrió en Europa.  Curiosamente, la crisis, junto con el descalabro presupuestario sin precedentes, fueron de manufactura exclusiva de George W. Bush, pero como es sabido, siempre el que se lleva los cachetazos es el gobierno que sigue al caos.

Obama piloteó razonablemente bien la economía y el déficit, pero no tuvo otra alternativa que duplicar el endeudamiento americano. Donde sí tuvo alternativas fue en su viejo sueño: el Obamacare, el sistema de salud que encaró con bastante razón, pero que terminó al borde del abismo tanto por el déficit que está provocando como por los costos que deben afrontar los supuestos beneficiarios del plan. Estos elementos crearon un fuerte malhumor en las clases que más concurren a votar.

El pueblo americano está desorientado y huérfano de ideas de fondo o proyectos integrales, y es evidente que falto de líderes, como queda claro no sólo en esta contienda de última instancia sino en todo el proceso de las primarias, donde la discusión fue -con mínimas excepciones  del mismo nivel penoso que las nacionales. El voto siempre es emocional, en todas las sociedades, aunque el votante ame creer que lo emite de un modo ultrarracional. Esa característica se exacerba cuando no se debaten ideas.

La sensación que queda es que Trump comenzará a elegir a su gente y preparar un plan recién a partir de hoy. Primero deberá recomponer, o más bien crear, un entramado de relaciones dentro del Partido Republicano, cuyos principales referentes le han dado conspicuamente la espalda. No será fácil encontrar colaboradores, ni tampoco aliados. Para poner un sólo ejemplo, su idea de aliarse con Rusia y atacar a ISIS para aniquilarlo choca frontalmente con la estrategia americana, en especial la que defienden la CIA y otras agencias que justamente han elegido el camino opuesto, privilegiando la idea de contribuir primero al derrocamiento del presidente sirio Bashar al-Asad y al desmembramiento sirio y recién destruir a ISIS, con lo que se enfrenta fatalmente con Rusia que ha cobrado protagonismo haciendo lo contrario sobre el terreno.

Hay pistas sobre el futuro cercano. El reclamo que ha partido por la mitad a la sociedad americana es por mejor calidad de trabajo, defensa de la producción local, revisión del tratado del NAFTA  y retroceso en el TPP, pese a que si se lo analiza tiene poco de libre comercio. No es este el momento de estudiar lo adecuado o no de esos planteos, pero lo que sí es seguro es que, aún con la morigeración que aplicará el Congreso y el propio partido, la globalización tenderá a retroceder en el corazón del capitalismo.

Será difícil la relación del nuevo Presidente con la Reserva Federal, cuya chairman Janet Yellen tiene mandato hasta 2018, que seguramente continuará con su delicado tejido monetario en busca del equilibrio perdido. También será complejo para Trump defender su idea de presionar para una restructuración de la deuda. Sin embargo, el establishment podría estar feliz si algunas de las ideas proteccionistas ya esbozadas por el tycoon produce el aumento de la inflación que paradójicamente tanto ansía su irreconciliable enemigo Paul Krugman.

El Obamacare , el costo del sistema jubilatorio y los defaults en los préstamos para estudio son tres tsunamis que deberán ponerse en manos expertas para ser resueltos, porque la proyección de la presente situación lleva simplemente al abismo. Curiosamente, para bien o para mal, esa discusión deberá librarse con el propio Congreso en manos de los republicanos. Se recordará que otro tema de fondo es el de la obsolescencia de la infraestructura, ordeñada casi al estilo peronista en los últimos 40 años. Obama quería llevar adelante un plan ambicioso de recuperación de la misma que financiaría con impuestos a ser cobrados a las empresas americanas que eludían su pago radicándose en el exterior.  Ese punto no parece eludible. Lo que no está claro es el modo en que se financiará.

El ex showman de El Aprendiz ha prometido bajar los impuestos a las empresas, con lo que no es descabellado pensar que trasladará esa carga a los particulares, ya que es impensable un mayor endeudamiento. Tampoco es descartable un ataque fiscal contra la riqueza acumulada, un tax que pagarían con gusto Warren Buffet, Bill Gates y otros beneficiados por la criticada acumulación que ha generado el mundo sin dividendos pero con "creación de valor" de Internet.

¿Es esta la entronización del populismo americano y la aceleración de una fatal decadencia? No es fácil en este momento imaginar a Estados Unidos como un líder liberal, de capitalismo protestante, de ideales de grandeza y oportunidades para todos como alguna vez predicara. (Ya no era fácil antes de hoy). Todo indica que no sólo su país sino el mundo deberá pagar el costo de un  proceso de "learn as you go".   Pero la historia está felizmente llena de casos en que un hombre que no era el indicado se transforma en un líder providencial. Y también deberán jugar su papel de equilibrio, moderación y rectificación tanto el sistema político como el sistema económico y financiero norteamericano, y la diplomacia mundial. (Aquí Argentina tiene una buena oportunidad para el lucimiento de la canciller Susana Malcorra, toda vez que el nombre Macri no está entre los favoritos del nuevo Presidente) Los países emergentes deben ser más cautos y prudentes que nunca en sus políticas económicas. Ellos no se pueden dar el lujo de equivocarse.

El Partido Republicano, el viejo GOP, tiene acaso su mayor desafío. Tras haber gritado a los cuatro vientos que Donald Trump no representaba los valores de su agrupación, ahora está condenado a ayudarlo y guiarlo entre algodones. Como a un delfín que es proclamado rey de golpe sin estar preparado ni educado para serlo. También deberá tender lazos con los demócratas, a los que tanto el GOP como Donald trataron tan mal. Lo que es seguro, es que uno de los  mejores valores americanos, la apertura a todos los pueblos, será la primera víctima del nuevo mandatario. Lejos quedarán los versos que Ema Lazarus estampara al pie de la estatua de la libertad:

"Dadme tus cansados, tus pobres,

Tus masas apiñadas gimiendo por ser libres,

La escoria de tus saturadas costas.

Enviadme a esos, los desposeidos, resaca de la tempestad.

¡Yo alzo mi lámpara frente a la puerta dorada!"

The Ugly American, Donald John Trump, cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, se sienta ya en el piso más alto de su torre más alta, que ha alzado en menos de un año. Tal vez ni siquiera haya tomado conciencia de la tarea que le espera, ni esa tarea termine siendo la que él cree que debe ser.  Por el bien de todos, God bless him, God bless America, God bless us all.