
En 1930 generaba 1,9% del total de exportaciones planetarias. Pero en 1960 ya lo hacía en 0,8%. Y en los últimos años ronda 0,3% (el año pasado el número fue aún inferior a ese y constituyó el mas bajo de la historia).
Una mejora en la capacidad comercial exterior es un requisito para mas inversión, acople tecnológico internacional, menores vicisitudes cambiarias, mayor solidez empresarial local y hasta mas calidad en el empleo.
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El nuevo gobierno argentino anunció el inicio de una etapa apoyada en tres pilares: economía de mercado, gobierno limitado y mayor participación internacional. Y para que se cumpla la tercera consigna (que difícilmente -a la vez- se logre sin las otras dos) será significativo el desarrollo de condiciones institucionales, sociales, políticas, económicas, regulativas y físicas.
La Argentina podrá recuperar capacidad exterior una vez que efectúe mejoras sistémicas, integrales, varias. Y lo hará siguiendo el ejemplo de las economías exitosas que en su participación internacional han logrado soportes funcionales en cinco niveles: microeconómico (empresas calificadas), macroeconómico (variables públicas en funcionamiento adecuado para un ambiente productivo), mesoeconómico (un entorno operativo inmediato y cercano de las empresas que favorece la formación de encadenamientos eficientes), metaeconómico (un sistema institucional, jurídico y regulativo que asegura el dinamismo económico) y supraeconómico (una arquitectura internacional de relacionamiento institucional que favorece la participación de empresas en redes transfronterizas).
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Pero todo no se logra solo con nuevas ideas. La mejor participación de los agentes económicos argentinos en la economía global ocurrirá en la medida en que se logre una adecuación de ellos a las renovadas cadenas globales de valor, que han cambiado por cuatro razones: la revolución tecnológica, el liderazgo de megaempresas internacionales que lideran los cambios y crean redes para la acción sistémica con contrapartes innovativas, la emergencia de la geopolítica como condicionante y la mayor exigencia de estándares y requisitos de calidad para la competencia.

Para ello, la implementación de la agenda local debe comenzar por una previsión de la satisfacción de ciertas urgencias entre las que se destacan las siguientes 7:
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- Recuperar definitivamente equilibrios macroeconómicos (que mejoren el funcionamiento de los distintos eslabones de la inversión, el trabajo, la producción y la comercialización).
- Garantizar por largos periodos la vigencia de instituciones que aseguren derechos subjetivos (de propiedad; de seguridades jurídica y física -en bienes y en intangibles- y en personas; de cumplimiento de contratos varios; y de vigencia de principios de legalidad, justicia y celeridad en la resolución de controversias entre particulares o entre particulares y autoridades).
- Obtener un significativo salto en calidad de las prestaciones en los servicios públicos (educación, salud, prestaciones estatales operativas formales exigidas, seguridad pública).
- Actualizar gradualmente el nuevo un entorno regulativo para que sea más abierto, ágil y flexible, para acompañar la innovación productiva, alentar las mejoras constantes y facilitar la consecuente agilidad económica.
- Mejorar la capacidad logística y de infraestructura (física y virtual) integral de nuestro país.
- Crear un ambiente general económico/político/productivo de convivencia amigable, basado en la concordia y el optimismo, que facilite la iniciativa basada en la planificación a mediano y largo plazo de los actores de la producción.
- Generar una arquitectura internacional que mejore la capacidad de acceso de personas, productos (bienes y servicios de este ecosistema productivo integral) y de empresas, en mercados externos a partir de negociadas y acordadas condiciones favorables para ellos en materias regulativa, arancelaria, jurídica, política y económica.

En sí, hay que lograr condiciones de éxito propias de la nueva economía global. Que permitan a las empresas competir de modo eficaz y actualizado.
Expresa Rita Gunther McGrath (en la Universidad de Columbia) que “una característica de la actualidad es que (para las empresas) han perdido valor las ventajas competitivas tradicionales y ahora prevalecen las llamadas estrategias emergentes, que ponen el énfasis ante la actual variabilidad de los mercados en el factor humano organizado en una empresa flexible”, y que -por ello- son cualidades criticas el oportunismo, la flexibilidad, el aprendizaje y el descubrimiento: ante un escenario cambiante la estrategia se construye durante la ejecución. Y todo depende de la calidad de la empresa.
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En su obra “El final de la ventaja competitiva”, la autora sostiene que las empresas exitosas ocupan espacios internacionales en movimiento (ya no sectores estáticos) y se reconfiguran continuamente, y no les importa abandonar un mercado cuando aparecen signos de alarma o abordar uno nuevo cuando surgen los primeros signos de oportunidad. Porque ahora las ventajas son pasajeras (“transient”) y no ya sostenibles.
La adaptación constante es un requisito. La generación de valor es efecto de la virtud, pero también del dinamismo adaptativo. Por ello, hasta las pequeñas y medianas empresas son hoy globales. McKinsey habla de las “micromultinacionales”.
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Las reformas, así, no deben ocurrir solo en el nivel macroeconómico sino que también deben plasmarse en lo regulativo y en el plano mesoeconómico, lo que debe asistir a las mejoras en el nivel microeconómico para avanzar hacia una transformación competitiva.
Las reformas que han comenzado a discutirse en Argentina van en el sentido requerido. Los pasos esperables para lograrlas serian muchos. El esfuerzo debe ser de todos.
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Y el resultado debería permitirnos llegar a niveles de exportaciones que si se repitiera nuestra participación en el comercio intención la total de hace 40 años deberían permitirnos ventas externas por más de 35.000 millones de dólares por sobre los resultados del año pasado.
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