Corría el 73 y Ricardo Bofill estaba en pleno boom creativo. Ya tenía a sus espaldas proyectos tan significativos como La muralla roja en Calpe o el Walden-7 en Sant Just Desvern. Con estos precedentes, era lógico que al encontrarse con las ruinas de este complejo industrial de principios del siglo XX, el flechazo fuese fulminante.
El objetivo era convertir un espacio abandonado y contaminado en un lugar para vivir. En palabras del propio Bofill: "Pensé que una cosa horrible podría transformarse en algo muy hermoso, de la misma manera que la idiotez puede, a veces, transformarse en genialidad". Cuando Bofill llegó por primera vez, la parcela albergaba 30 enormes silos, más de 4.000 metros de túneles subterráneos, salas de máquinas.
En solo dos años, y tras la demolición selectiva de casi el 60% de la fábrica, consiguió resolver de forma brillante un complicado rompecabezas: adaptar unas formas que respondían a unas funciones que nada tenían que ver con los nuevos usos a las que debían dar cobijo.
Los silos y los espacios que quedaron en pie albergaron funciones tan diversas como la de estudio de arquitectura, archivo, sala de conferencias o residencia privada. Con maestría Bofill demostró que cualquier espacio puede adaptarse al uso que el arquitecto elija si es lo suficientemente hábil.