La tradición mexicana marca una regla clara para el Día de Muertos: no se debe tocar la ofrenda antes de que las ánimas terminen de consumir la esencia de los alimentos, un proceso que distintas comunidades sitúan entre el mediodía y las 3 de la tarde del 2 de noviembre.
Pasado ese momento, los vivos pueden repartir y comer lo que quedó en el altar, aunque no todo es seguro para el consumo.
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La diferencia entre lo que se puede comer y lo que hay que desechar depende del tiempo de exposición al ambiente.
La Secretaría de Salud establece que los alimentos cocidos perecederos no deben permanecer fuera del refrigerador más de dos horas, un límite que se reduce a una hora cuando la temperatura ambiente supera los 32 grados.
Frutas con cáscara y pan de muerto sin moho sí se pueden comer
La UNAM, a través de su plataforma Alimentación y Salud, señala que las frutas con cáscara y las calaveritas de azúcar, chocolate o amaranto pueden aprovecharse siempre que se hayan conservado en condiciones higiénicas y protegidas del polvo.
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El pan de muerto tradicional también puede recuperarse si no presenta moho, humedad anormal o cambios de olor y textura.
Aunque pierda suavidad con los días, sirve para preparar tostadas francesas o budines, de acuerdo con la misma fuente universitaria.
Los dulces, chocolates y productos empaquetados que permanezcan cerrados también son seguros, siempre que no hayan caducado ni muestren daños visibles.
En el caso de las frutas enteras conviene lavarlas antes de consumirlas y descartar las que presenten golpes o manchas.
Mole, tamales y lácteos deben desecharse tras varios días sin refrigeración
El problema no es que los alimentos hayan formado parte de una ofrenda, sino el tiempo que permanecieron sin refrigeración.
Platillos como mole con pollo, arroz, guisados con carne, caldos, atole con leche y tamales requieren conservación en frío y no deben mantenerse a temperatura ambiente por más de dos horas.
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El Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) advierte que un alimento contaminado no necesariamente presenta mal olor o cambios visibles, y que recalentarlo no garantiza que vuelva a ser seguro. Por ello especialistas recomiendan no probar la comida para comprobar si todavía sirve.
También deben desecharse los productos que contienen carne, pollo, pescado, leche, crema, queso, huevo o mayonesa, por ser más propensos a desarrollar microorganismos.
El agua de los vasos de la ofrenda tampoco debe beberse, ya que puede contaminarse con polvo, insectos o microorganismos del ambiente durante los días de exhibición.
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El mediodía marca el momento en que las ánimas se retiran
Una investigación del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) documentada en una comunidad de Acaxochitlán, Hidalgo, explica el origen de la creencia.
Mientras las almas permanecen en la casa, la comida de la ofrenda no debe ser manipulada por los vivos bajo ningún pretexto, pues se cree que si alguien ingiere algo del altar antes de tiempo, los difuntos se enojarán o la persona se enfermará del estómago.
Al mediodía del 2 de noviembre se considera que los muertos ya se marcharon y se llevaron consigo la esencia del alimento, es decir, su fuerza vital.
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Tras ese momento, que en algunas familias se celebra con una bendición, es posible tomar comida del altar para consumirla en privado o compartirla con invitados.
La ofrenda no se retira de golpe. Según la misma investigación del INAH, lo habitual es un desmontaje paulatino con el paso de los días, salvo que la comida se consuma por completo y se reparta el mismo día entre familiares, amigos o conocidos.
El IMSS recomienda porciones simbólicas para evitar el desperdicio
El IMSS sugiere colocar los platillos preparados únicamente el día central de la ofrenda y evitar que permanezcan expuestos por periodos prolongados, también para prevenir la presencia de insectos.
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Una alternativa es usar porciones simbólicas de los guisados y reservar en refrigeración la comida destinada al consumo familiar.
Especialistas del IMSS recuerdan además moderar el consumo de pan de muerto, ya que una porción de 100 gramos aporta cerca de 400 kilocalorías.
Las señales para identificar comida echada a perder incluyen moho, cambios de color, mal olor, textura viscosa, humedad excesiva o aparición de insectos.
Las flores de cempasúchil que conservan sus pétalos en buen estado pueden reutilizarse en manualidades o incorporarse al compostaje doméstico, mientras que el papel picado, las veladoras y el copal en buen estado suelen guardarse para la festividad del año siguiente.
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