Johnny Weissmuller, el actor que interpretó a Tarzán en doce películas, murió el 20 de enero de 1984 en el hotel Los Flamingos de Acapulco, el mismo lugar que había comprado tres décadas antes junto a John Wayne, Fred McMurray y Red Skelton. Tenía 79 años y un edema pulmonar le arrebató la vida en la habitación circular que él mismo mandó construir frente al Pacífico.
El hotel existe desde los años 30. Está plantado sobre un risco de 137 metros de altura en la zona de Las Playas —el doble de la altura del peñasco de La Quebrada— y desde sus jardines se divisan el océano Pacífico, la isla de Roqueta, Pie de la Cuesta y la Barra de Coyuca. Antes de que los actores lo compraran, ya recibía a Bette Davis, Orson Welles, Rita Hayworth y Errol Flynn.
Cómo Hollywood tomó un hotel en Acapulco
La historia de Los Flamingos y la de Weissmuller se cruzaron en 1948, cuando la producción de Tarzán y las sirenas —su última aparición como el hombre de la jungla— eligió Acapulco como locación. En una de las escenas, el salto desde el risco más alto lo ejecutó en realidad un clavadista de La Quebrada.
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El actor quedó prendado del puerto. Seis años después, en 1954, formalizó su amor por el lugar: junto a John Wayne, Fred McMurray y el humorista Red Skelton, compró el hotel y lo rebautizaron “el escondite de la pandilla de Hollywood”.
Los nuevos dueños mandaron construir 36 habitaciones y el lugar se convirtió en sede de fiestas que se extendían hasta el amanecer. La lista de invitados incluía actores, políticos y miembros de la realeza. Richard Widmark, Cary Grant, Dolores del Río y Tyrone Power figuraban entre los habituales.
La Casa Redonda: el refugio de Tarzán
El ruido de las fiestas terminó siendo demasiado para Weissmuller. El actor ordenó construir, dentro de la propiedad pero apartada del resto, una vivienda de planta circular. La razón, según se contaba, era que los espíritus malignos solo pueden viajar en línea recta y no podrían entrar en ella.
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La llamaron la Casa Redonda, o simplemente “la Casa de Tarzán”. Allí pasó los últimos años de su vida. Tras sufrir dos derrames cerebrales entre 1976 y 1978, se mudó definitivamente a Acapulco. Se dice que en sus últimos tiempos salía al balcón sobre el risco y lanzaba el grito de Tarzán hacia el mar.
Murió en ese mismo rincón el 20 de enero de 1984. A la ceremonia fúnebre asistieron el gobernador de Guerrero y el presidente municipal de Acapulco. Sus restos descansan en el panteón Valle de la Luz del puerto.
Acapulco, el Hollywood del Pacífico
Los Flamingos no era una excepción: era el símbolo de una época. Entre los años 40 y 60, Acapulco fue escenario de más de 150 producciones cinematográficas, entre ellas La dama de Shanghái, de Orson Welles, y La joven, de Luis Buñuel.
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John y Jacqueline Kennedy pasaron allí su luna de miel. Elizabeth Taylor se casó en el puerto por tercera vez. Frank Sinatra fue asiduo de sus playas hasta bien entrados los años 80. “Los artistas y celebridades hicieron de Acapulco su hogar lejos de casa”, escribió Guadalupe Loaeza en Recuerda Acapulco.
El hotel también se atribuye la invención, en 1935, del Coco Loco, el cóctel de ron y ginebra que se convirtió en emblema del puerto.
El huracán que destruyó la Casa de Tarzán
Tras la muerte de Weissmuller, el hotel pasó a manos de Adolfo “Fito” Santiago, un exempleado que había crecido trabajando para los actores desde niño y que decidió mantener intacto el espíritu del lugar. Las fotografías de Weissmuller permanecen colgadas en el corredor principal.
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El 25 de octubre de 2023, el huracán Otis —categoría 5— arrasó Acapulco y con él, los últimos vestigios materiales de esa gloria. Las 36 habitaciones del hotel quedaron devastadas. La Casa Redonda, destruida. Solo tres cuartos pudieron habilitarse para recibir huéspedes en las fiestas de fin de año.
Los propios trabajadores del hotel iniciaron la rehabilitación sin apoyo gubernamental. A dos meses del impacto, los estragos seguían siendo visibles, aunque el restaurante había reabierto un mes antes. El hotel Los Flamingos, que lleva décadas operando sin interrupción, seguía en pie.
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