Hay un momento, cuando las luces de un teatro bajan y el primer instrumento rompe el silencio, en el que el público deja de mirar el escenario para empezar a sentirlo. Eso ocurrió la tarde del domingo 9 de agosto en la Sala Principal del Palacio de Bellas Artes, cuando casi mil 200 personas presenciaron algo que no suele verse todos los días: una orquesta sinfónica completa, integrada por 142 niños y adolescentes de hasta 17 años, cerrando con autoridad artística su 34.ª gira nacional de conciertos.
No era la primera vez que la Orquesta Sinfónica Infantil de México (OSIM) pisaba el recinto más emblemático del país —lo hace desde hace 24 años, uno por cada edición de su historia—. Pero sí fue el cierre de un recorrido distinto: semanas antes, esos mismos instrumentistas habían tocado a la intemperie, en plazas públicas de Apatzingán, Michoacán, y Cuernavaca, Morelos, donde el público no pagó boleto ni se sentó en una butaca, sino que se detuvo a media calle a escuchar.
De la plaza al templo de la cultura
El contraste es, quizás, lo más conmovedor de esta historia. Antes de llegar a un escenario con acústica perfecta y siglos de historia detrás, la OSIM tocó bajo el sol, entre el ruido de la calle y la mirada curiosa de quienes jamás habían escuchado una sinfonía en vivo. Ese recorrido —por Ciudad de México, Guanajuato, Jalisco, Michoacán, Morelos y San Luis Potosí— sumó más de 11 mil espectadores a lo largo de la gira, según cifras de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México.
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El director artístico de la agrupación, Roberto Rentería Yrene, lo resumió así al término del concierto de cierre: “Fue una gira enriquecedora porque ofreció experiencias que reconectaron socialmente a las y los OSIM, logrando que dejaran poco a poco las pantallas de su celular y dispositivos digitales para dialogar y crear juntos”. Y añadió algo que explica por qué tocar en plazas, con todo y sus desafíos técnicos, valió la pena: la orquesta “logró acercarse directamente a las familias, paseantes y trabajadores locales, democratizando el acceso a la cultura”.
Un programa que también contó una historia
El repertorio de la noche final no fue elegido al azar. Abrió con la Obertura de La fuerza del destino, de Giuseppe Verdi, y continuó con la imponente Sinfonía núm. 5 de Piotr Ilich Tchaikovsky. Pero fue en la segunda mitad del programa donde el público mexicano encontró su propio reflejo: Tundra, de la compositora Nubia Jaime-Donjuan, y Mariachitlán, de Juan Pablo Contreras, una pieza que funde el lenguaje sinfónico con la tradición del mariachi y que cerró la velada entre ovaciones.
Antes de que la música comenzara, la secretaria de Cultura, Claudia Curiel de Icaza, había puesto en palabras el sentido más profundo del proyecto: la OSIM, dijo, es un ejemplo de las experiencias que la dependencia busca replicar en cada rincón del país, “plazas llenas de familias y jóvenes, que ejercen su derecho a la cultura de manera activa”.
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Lo que deja esta generación
Más allá del aplauso final, hay una cifra que dimensiona el alcance real del proyecto:
- 142 instrumentistas, todos menores de 17 años.
- Provenientes de 26 estados de la República, más músicos invitados de Costa Rica, Panamá y Uruguay.
- 24 años de trayectoria de la orquesta desde su fundación en 2001.
- Formación con beca del 100%, que cubre estudio, hospedaje, alimentación y transporte.
Para muchos de estos niños y adolescentes, el concierto en Bellas Artes no fue solo el final de una gira: fue la confirmación de que la disciplina de meses de ensayo —y semanas de tocar bajo el sol en una plaza cualquiera— puede terminar, literalmente, en uno de los escenarios más importantes de América Latina.