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Sentir mucho, pensar poco: la trampa de la era de la posverdad

En la era de la posverdad, las emociones, los sesgos y las apariencias se imponen con frecuencia sobre los hechos

El Dr. Juan Francisco Díez Spelz es profesor investigador de la Facultad de Derecho de la Universidad Panamericana. Doctor en Derecho por la Universidad Panamericana y Maestro en Teoría y Práctica de los Derechos Humanos por la Universidad de Essex. También es consultor en materia de Empresas y Derechos Humanos, criterios ESG, Derecho Internacional de los Derechos Humanos y Derecho Constitucional Foto:(Cortesía)

En 2016, el término posverdad fue designado palabra del año por el Diccionario de Oxford, principalmente a raíz de dos acontecimientos casi simultáneos: el Brexit y la elección presidencial en Estados Unidos. Ambos sucesos ejemplificaron el uso de la posverdad como un mecanismo para potenciar las emociones por encima de los hechos y del conocimiento de la verdad.

En efecto, la posverdad puede entenderse como un mecanismo para transmitir información falsa mediante el miedo o la confusión. También representa una superación de la mentira tradicional: parte de la idea de que no existe una verdad objetiva, sino únicamente aquello que satisface nuestras creencias individuales.

La Real Academia Española la define como una “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”.

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Aunque han pasado 10 años desde aquella designación, hasta hace poco, cuando hablaba del término, muy pocas personas parecían conocerlo. Al impartir pláticas sobre la importancia de la verdad en nuestra vida política y jurídica, son pocos quienes levantan la mano cuando les pregunto si han escuchado la palabra posverdad. Incluso podríamos preguntarte a ti, lector o lectora, si ya la conocías.

Por ello, más allá del término, me parece importante plantear su existencia y examinar sus alcances. Sobre todo, para que seamos más conscientes del valor de la verdad y de lo verdadero en nuestra convivencia social.

La posverdad implica un proceso de control social de la información que influye en nuestros sesgos y en la manera en que construimos la realidad. Sin duda, tiene implicaciones para la preservación del poder y de las relaciones de dominación.

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Pero, sobre todo, como ha diagnosticado José Carlos Ruiz, genera un ambiente dominado por lo emocional: las imágenes movilizan nuestros estados de ánimo y las palabras que las acompañan estimulan nuestras emociones mucho más que nuestras reflexiones.

La era de la posverdad es un tiempo en el que sentimos mucho, pero pensamos poco. Es el reflejo de un mundo “posterior a la verdad”, en el que lo objetivo y lo real pierden relevancia y la mentira recibe escasa sanción social y política frente al poder de las emociones.

La emoción como límite de nuestro mundo

Las emociones son profundamente humanas. Debemos aprender a encauzarlas, sentirlas y compartirlas con los demás. Sin embargo, cuando la emoción es lo único que importa y no está acompañada por el pensamiento, corre el riesgo de deshumanizarnos.

Como también señala Ruiz, las emociones parecen convertirse en el límite de nuestro mundo. Y un mundo limitado por la emoción queda atrapado en el presente: se desarrolla casi exclusivamente en el instante, con poca memoria del pasado y escasa capacidad para proyectar el futuro.

Lo importante parece ser aquello que siento aquí y ahora, así como consumir información que confirme mis expectativas y sesgos. De este modo, la realidad deja de ser lo fundamental.

Lo que importa es recibir la información que deseo, aquella que me haga sentir que tengo razón o que me lleve a adoptar un determinado curso de acción para evitar riesgos mediante el cultivo del miedo.

Escuchar y ver solamente aquello que confirma nuestros sesgos interrumpe los procesos de pensamiento. Así, lo más paradójico de la posverdad no es que detrás de lo comunicado no existan datos reales, sino que nos invita a no pensar, a conformarnos con aquello que satisface nuestras creencias.

Si bien los procesos asociados con la posverdad han existido siempre, como señalan autores como Yuval Noah Harari y Matthew d’Ancona, sus riesgos se potencian en el contexto actual de las nuevas tecnologías y las redes sociales. Estas funcionan como cámaras de eco que reproducen y refuerzan nuestras creencias preconcebidas.

La verdad y el pensamiento, por el contrario, no son realidades estáticas. Forman parte de un proceso constante de descubrimiento que exige apertura al diálogo y disposición para escuchar a los demás.

Cuando lo verosímil sustituye a lo verdadero

No debemos olvidar que, para que una sociedad tenga éxito, necesita estar basada en altos niveles de verdad, confianza y honestidad. No se trata de imponer una verdad “oficial” e incuestionable, como la del Ministerio de la Verdad de Orwell en 1984, semejante a la que, paradójicamente, promueven muchos regímenes actuales. Se trata de defender una verdad que invite al pensamiento y a la reflexión.

La era de la posverdad pone en riesgo nuestra valoración colectiva de la realidad. Nos lleva a concebir como real aquello que únicamente parece o simula ser verdadero; es decir, aquello que es solo verosímil. En este contexto, lo verosímil —la mera apariencia de verdad— termina por imponerse sobre lo real.

Conocer los riesgos que presenta la era de la posverdad nos invita a reconocer la necesidad de valorar lo verdadero por encima de la mera emoción o de la verosimilitud. La próxima vez que navegues por internet, utilices las redes sociales o te preguntes por los efectos de una noticia y por las emociones que provocan determinados acontecimientos o mensajes políticos, recuerda que probablemente estés frente a una manifestación de la posverdad.

Detenernos a pensar

Por eso debemos trascender los efectos de la posverdad. No porque puedan desaparecer los mensajes que apelan a nuestras emociones, sino porque tenemos que luchar por un mundo habitado por ciudadanos conscientes: personas dispuestas a buscar la verdad en una época dominada por la posverdad y la mera verosimilitud; a construir confianza en sus relaciones interpersonales, y a exigir que la mentira vuelva a tener un costo social y político.

Trascender la posverdad no significa renunciar a lo que sentimos, sino atrevernos a dudar de aquello que nos emociona antes de darlo por cierto.

Al final, en un mundo saturado de imágenes y discursos verosímiles, el acto más revolucionario y democrático que nos queda como ciudadanos sigue siendo tan sencillo como urgente: detenernos a pensar.