En medio de un contexto de tensiones sociales, México le da la bienvenida a la Copa del Mundo 2026. Mientras miles de aficionados esperan con expectativa los primeros partidos, en las calles se mantienen protestas de distintos sectores sociales que exigen respuestas a temas como las pensiones, la desaparición de personas y las condiciones laborales.
El contraste entre la celebración del futbol y la persistencia del reclamo ciudadano es evidente, y la pregunta sobre si un gol de la Selección Mexicana podría transformar el ánimo colectivo cobra relevancia.
La afición también ha expresado su malestar por los elevados precios de los boletos, las obras que afectan la movilidad en las ciudades sede y las dificultades de acceso a los estadios. Estos factores han generado desencanto entre quienes anhelaban vivir la fiesta mundialista sin contratiempos. En este contexto, especialistas de la Universidad Iberoamericana advierten que aunque el futbol tiene el poder de unir a la sociedad, no sustituye la necesidad de atender los problemas de fondo del país.
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El entusiasmo generado por una victoria puede ser intenso, pero pasajero. Este deporte fomenta la identidad colectiva, pero no resuelve las causas estructurales de las inconformidades sociales.
La dimensión emocional del futbol y su impacto en la sociedad
Alejandro Cruz Darío Flores, jefe del área de Psicología del Deporte en la IBERO, señala que el futbol tiene una influencia notable en el estado de ánimo social, sobre todo en un país donde es parte de su identidad cultural. Un resultado positivo de la Selección Mexicana podría provocar optimismo y cierta sensación de alivio, aunque solo sea temporal.
La euforia mundialista no elimina las problemáticas existentes, pero puede funcionar como un amortiguador momentáneo de la tensión social. Pese a las críticas por los altos costos y los obstáculos para acceder a los partidos, existe un deseo colectivo de participar y compartir la experiencia, ya sea en familia, con amigos o en eventos comunitarios.
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Según el especialista, una buena actuación del equipo nacional podría mantener el entusiasmo durante semanas, mientras que una eliminación temprana reforzaría el desencanto y las críticas.
“Cuando termine la fiesta del Mundial volveremos a la realidad de los conflictos y demandas sociales que siguen presentes. El bienestar generado por el futbol suele ser temporal y no sustituye la necesidad de atender las problemáticas de fondo”, afirma.
Desde la neuropsicología del deporte, Alejandro Tapia de Jesús, académico del Departamento de Salud de la IBERO, añade que el cerebro humano está predispuesto a conectar con el éxito.
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Un triunfo activa mecanismos psicológicos que liberan dopamina, generando sensaciones de euforia, orgullo y pertenencia. Bajo esos efectos, la población suele enfocar su atención en la experiencia positiva y restar importancia, por unas horas o días, a lo que le causa molestia.
Sin embargo, el efecto puede ser inverso si la Selección no gana, lo que podría reforzar la frustración y el rechazo colectivo.
Mundial y protestas: esferas que pueden convivir
Para el Dr. Óscar Castro, investigador del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la IBERO, es equivocado creer que las protestas sociales y el Mundial representan realidades incompatibles. Las manifestaciones responden a problemas complejos que requieren soluciones institucionales de largo plazo, y no desaparecerán por el ambiente festivo.
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Diversas organizaciones aprovechan la atención mediática del evento para visibilizar sus demandas y colocar temas urgentes en la agenda pública.
“Uno puede ser muy crítico con la utilización del Mundial para ciertos intereses económicos o con algunos de los efectos que produce, pero también disfrutar el futbol”, sostiene.
El especialista insiste en que es posible celebrar los éxitos de la Selección Mexicana y, al mismo tiempo, mantener una postura reflexiva y crítica ante las necesidades y desafíos del país. El futbol y la protesta no se excluyen, sino que coexisten como expresiones de una sociedad dinámica, capaz de celebrar y exigir justicia simultáneamente.
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