El auto eléctrico Olinia, proyecto tecnológico impulsado por el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, enfrenta limitantes técnicas y estructurales que podrían dificultar su competitividad frente a modelos producidos en países como China, advierte Enrique Healy Wehlen, académico del Departamento de Estudios en Ingeniería para la Innovación de la Universidad Iberoamericana (IBERO).
El especialista sostiene que los desafíos no se concentran solo en el diseño del vehículo, sino en condiciones energéticas e industriales del país: la autonomía estimada del automóvil, la infraestructura de recarga, la dependencia tecnológica del extranjero para fabricar baterías y la capacidad de generación eléctrica de México.
En ese contexto, cuestiona la ruta regulatoria del proyecto frente a los estándares vigentes para vehículos ligeros.
“Si la NOM-194 exige sistemas como ABS, bolsas de aire, control de estabilidad y otros dispositivos de seguridad en vehículos ligeros, ¿por qué Olinia requiere una nueva categoría normativa en lugar de demostrar su cumplimiento con los estándares vigentes?”, puntualizó.
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Uno de los puntos que más preocupa al académico es la autonomía proyectada. Mientras fabricantes chinos han desarrollado autos eléctricos capaces de recorrer entre 300 y 400 kilómetros por carga usando baterías compactas y eficientes, Olinia se plantea como alternativa con un alcance considerablemente menor.
“Un vehículo con una autonomía cercana a los 100 kilómetros obliga a las y los usuarios a realizar recargas frecuentes. Eso incrementa la demanda energética y acelera el desgaste de la batería debido a los ciclos constantes de carga y descarga”, explica.
La batería y la cadena industrial, entre los principales cuellos de botella
Healy Wehlen señala que, aunque México cuenta con reservas de litio, el país no dispone actualmente de una cadena industrial consolidada para extraer, procesar y fabricar baterías de forma competitiva.
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Detalla que eso implica depender de importaciones provenientes principalmente de Asia y Estados Unidos para componentes estratégicos.
“Podemos ensamblar el automóvil en México, pero gran parte de los materiales, la tecnología de las baterías y los componentes clave tendrían que importarse, lo que limita la integración nacional del proyecto”, indica.
Recarga e infraestructura eléctrica: presión para el sistema y baja practicidad doméstica
El académico advierte que el sistema eléctrico mexicano ya enfrenta presiones importantes para satisfacer la demanda actual, por lo que una adopción masiva de vehículos eléctricos requeriría inversiones significativas en generación, distribución y almacenamiento de energía.
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También apunta a una limitante cotidiana: muchos hogares no cuentan con instalaciones adecuadas para realizar recargas rápidas. Dependiendo del tipo de conexión eléctrica disponible, una carga completa podría tomar varias horas, lo que reduce la practicidad del vehículo para las y los usuarios.
El vehículo eléctrico no es “automáticamente limpio”, según el especialista
Healy Wehlen subraya que la movilidad eléctrica solo genera beneficios significativos cuando la electricidad usada proviene de fuentes limpias, pero en México la mayor parte de la generación eléctrica sigue dependiendo de combustibles fósiles como gas natural, combustóleo y carbón.
“El vehículo eléctrico no es automáticamente limpio. Si la electricidad con la que se carga proviene de combustibles fósiles, las emisiones simplemente se trasladan de la calle a las centrales de generación”, explica.
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La comparación con China: cadena de suministro y matriz energética
En contraste, el académico sostiene que China consolida una posición dominante en el mercado global de vehículos eléctricos tras una estrategia desarrollada durante décadas.
“El país asiático controla buena parte de la cadena de suministro de baterías, participa activamente en la extracción y refinación de litio en distintas regiones del mundo y cuenta con una capacidad de generación eléctrica muy superior a la mexicana”, afirma.
Agrega que China incrementa significativamente la participación de energías renovables, hidroeléctricas y nucleares en su matriz energética, lo que permite que una mayor proporción de sus vehículos eléctricos opere con electricidad de menor impacto ambiental.
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Para el especialista, la transición hacia la movilidad eléctrica es necesaria, pero debe acompañarse de una estrategia integral que contemple producción tecnológica, fortalecimiento de la infraestructura eléctrica, desarrollo de proveedores nacionales y expansión de fuentes limpias de energía.
“México necesita avanzar hacia nuevas tecnologías de movilidad, pero también debe construir las condiciones industriales y energéticas que permitan que esos proyectos sean sostenibles, competitivos y realmente beneficiosos para el medio ambiente”, concluye.