Fue el 16 de abril de 2014 que Miguel Cortés Miranda realizó el último de sus múltiples asesinatos tras privar de la vida a la joven de 17 años María José e intentar degollar a su madre Casandra; sin embargo, y contra todo pronóstico, ella sobrevivió y, al borde de la muerte, logró alertar a sus vecinos, que ya habían llamado a la policía para poder capturarlo y acabar con su carrera criminal como asesino serial.
La abogada Erendari Trujillo declaró a Infobae México que la muerte en prisión de Miguel Cortés Miranda, conocido como el feminicida serial de Iztacalco, deja sin sentencia condenatoria el caso de María José y demás víctimas, por lo que obliga a la familia a solicitar la reparación del daño ante la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (una nueva figura jurídica), mientras la FGJ mantiene abiertas líneas de investigación sobre más posibles víctimas vinculadas al agresor. Así lo expone la representante legal de la madre de la joven.
Casandra, superviviente directa, busca reconocimiento legal y psicológico como víctima
Trujillo informa que Casandra, madre de María José y sobreviviente directa de Cortés Miranda, sigue bajo tratamiento psicológico proporcionado por la fiscalía. “No es un duelo común, no es un duelo bajo un escenario”, advierte, ya que la víctima tuvo que enfrentar directamente al feminicida para sobrevivir y posteriormente perder a su hija. Ella tendrá que cargar con este duelo siempre, perdió a su hija, su casa, su forma de vida, no volverá a tener una vida normal. Y es obligación del estado cubriri estos daños reparatorios".
La abogada solicita que se reconozca el carácter de sobreviviente de Casandra en la reparación integral del daño, así como la posibilidad de erigir un memorial en honor a María José. Explica que, gracias a la lucha de Casandra, la policía de la Secretaría de Seguridad Ciudadana y los vecinos lograron la detención del agresor, evitando que continuara delinquiendo y que no fue previamente investigado por las autoridades pese a estar en diversas carpetas de otras víctimas, incluso ser la última persona que las vio con vida.
El vecino que asechaba pero de quien nadie sospechaba
Casandra tenía siete años viviendo en el edificio donde tenía como vecino a Miguel Cortés; ella y sus hijas María José y Fernanda vivían en el primer piso. Él llevaba 12 años habitando en otro de los departamentos superiores del edificio; sin embargo, poco tiempo después habitó el cuarto de arriba del de enfrente de Casandra, por lo que ella considera que pudo espiarlas de todas formas, en el baño, en la sala, saber sus horarios y por lo mismo entrar varias ocasiones previas cuando no había nadie, como se descubrió y él mismo confesó. A él lo ubicaba y solo lo saludaba como a cualquier vecino para darle los buenos días.
La madre de María José considera que el caso va más allá de un crimen individual. Afirma que, durante más de 12 años, autoridades permitieron que este hombre cometiera asesinatos y desapariciones sin que las investigaciones lograran relacionarlo con las mujeres que desaparecieron tras cruzarse en su camino. Para ella, el verdadero dolor no radica en haber sobrevivido a un ataque, sino en la vida de su hija, quien, sostiene, fue arrebatada como parte de un patrón que dejó varias familias debilitadas y esperando justicia.
El día del ataque: “Sentí que iba a morir, pero sólo pensé en mi hija”
Ese día desde temprano salió y dejó durmiendo a María José, ya que ella iba a la escuela por la tarde. Cuando regresó, encontró a Miguel encima de su hija desvanecida. Se volteó y la atacó; comenzó a enterrarle el cuchillo y atacarla, pero los 90 kilos de peso de Miguel lograron someter a Casandra.
Ella lo encaró y le exigió que dejara a su hija; luchó y trató de quitarle el cuchillo varias veces, por lo que le dejó varios cortes en las manos, pero siguió luchando por su vida y la de su hija. Ella refiere que no sentía dolor cada vez que él apuñalaba; sólo podía pensar en salvarse para ayudar a su hija. Aunque la vio como muerta, tenía la esperanza de que solo estuviera desmayada y podría hacer algo para ayudarla.
En algún momento sintió que iba a morir cuando perdió el conocimiento, debido a que Miguel la ahorcó, cuando la creyó muerta y se fue. Ella recobró la conciencia para pedir ayuda y gritar; sintió un charco de sangre, se incorporó del piso, se tocó el cuello porque no se dio cuenta cuándo le hizo los cortes profundos de varios centímetros de forma horizontal, pese a quedar a milímetros de su vena aorta; sintió que la cabeza se le iba de lado, logró acomodársela con una mano, se paró y logró abrirle a los vecinos para alertarles que era Miguel quien las había atacado. Por fortuna, los vecinos ya habían llamado a la policía y fueron a capturarlo.
“Cuando perdí la conciencia, yo sé que morí por lo que vi, pero me dio miedo y eso me hizo regresar a la vida, porque solo podía pensar en mi hija. Me siento culpable de dejarla ir sola, pero también tengo otra hija. Mis ataques no me dolieron; lo que más me dolió fue ver a mi hija muerta”, dijo Casandra al canal de YouTube Relatos Forenses podcast.
Llegó a la ambulancia con choque hipovolémico, una emergencia médica mortal provocada por la pérdida grave de sangre o líquidos (más del 20% del volumen corporal), lo que impide que el corazón bombee suficiente sangre al cuerpo, causando fallo orgánico. Le dieron un 30% de probabilidades de lograr sobrevivir, pero lo hizo.
En su relato, Casandra recuerda cómo otras madres, como la de Amairany Roblero, le expresaron gratitud al señalar: “Gracias señora, porque por a María José supe de mi hija. Aunque sólo sea un huesito que me dieron, sé que ya la encontré”. Estas palabras reflejan la magnitud de la tragedia: los restos de varias jóvenes fueron localizados entre las pertenencias de Miguel, quien pretendía deshacerse de las osamentas en basureros, impidiendo que las víctimas regresaran alguna vez a su casa y condenándolas al olvido.
Miguel habría actuado durante más de 12 años sin ser detenido
Para Casandra, la verdadera pregunta sigue sin respuesta: ¿por qué Miguel logró atacar a tantas mujeres durante años sin que las autoridades lo conectaran con las desapariciones y muertes? El hecho de que él hubiera sido la última persona que vio con vida a varias de ellas, y que las pesquisas oficiales consideraran normal o accidental el fallecimiento de las víctimas, agrava la frustración. Además, Casandra sostiene que Miguel tuvo acceso a carpetas de investigación, pudo contactar a familiares y recibió apoyo al interior del penal, lo que, a su juicio, facilitó su impunidad.
Afirma que la hija sacrificó su vida y que ese hecho, aunque devastador, pudo poner fin a la serie de asesinatos: “Sé que mi hija liberó todas esas almas que estaban atrapadas por él, no solo las osamentas que tenía en su departamento. Mi hija, que las vino a liberar de ese monstruo. Si no hubiera pasado esto, quién sabe cuántas mujeres más habría matado”. Casandra considera que no hubo manera de detenerlo antes y considera que Miguel nunca habría dejado de matar si no se hubiese dado el desenlace que implicó a su hija.
La impunidad prolongada, la incapacidad institucional para vincular casos y la revictimización de familias marcan el saldo de este expediente. Casandra subraya que al menos una docena de mujeres cruzaron el camino de Miguel sin que su rastro condujera a tiempo a la justicia. Para muchas madres, el hallazgo de lo que resta de sus hijas representa una respuesta dolorosa pero fundamental.
La historia de María José y de otras víctimas no sólo revela el proceder de un agresor, sino la omisión, negligencia y complicidad de quienes debieron parar esa cadena de crímenes y no lo hicieron.
Persisten líneas de investigación abiertas y se revisan posibles complicidades
La FGR mantiene abiertas varias carpetas relacionadas con posibles víctimas no identificadas, algunas en calidad de desaparecidas. Trujillo asegura que existe coordinación para intercambiar información entre la Fiscalía General de la República y la de la Ciudad de México, extendiendo la búsqueda a casos donde las víctimas podrían haber sido dadas por muertas de manera incorrecta o sus muertes fueron catalogadas como accidentes.
Consultada sobre la posible existencia de cómplices o redes de operación, Trujillo confirma que las pesquisas exploran el uso de aplicaciones de citas y páginas web, pero por secrecía no detalla avances específicos. “No puedo revelar información, y por respeto a las otras víctimas que no represento, tampoco puedo abundar, pero sí hay material que están compartiendo entre fiscalías”, precisa. Recuerda que en México hay antecedentes de feminicidas seriales como el de Atizapán, cuyas víctimas permanecieron décadas fuera de las pesquisas porque no fueron buscadas.
La lic. Trujillo enfatiza la necesidad de fortalecer la labor de autoridades, abogados y sociedad para evitar que más casos terminen en impunidad y garantizar justicia y memoria para las víctimas y sobrevivientes de feminicidio.