Juan Tonelli escribe para acercarse a donde duele, a donde hay contradicciones. Cuenta relatos breves, filosos y profundamente humanos. En su nuevo libro, Un paraguas contra un tsunami, explora el mundo emocional en 42 historias reales sobre infidelidades, amores prohibidos, miedos, mandatos, sueños y pérdidas con las que es difícil no sentirse muy identificado.
— ¿Quién es Juan Tonelli hoy: empresario, escritor, entrevistador, speaker, columnista, influencer en redes?
—Soy alguien que intenta entender a las personas, y en especial, a mí mismo. A lo largo de mi vida hice muchas cosas, pero nada de eso explica por sí solo lo que hago. En el fondo, lo que me impulsa es una curiosidad e interés profundos por el conflicto del corazón humano: por aquello que nos duele, nos desordena y nos deja perplejos, contradictorios, ambivalentes. Escucho, converso y escribo porque es mi manera de intentar entenderme un poco a mí mismo y también a los demás.
—En la introducción de tu nuevo libro Un paraguas contra un tsunami citas a Mark Twain y dices que te resultan más interesantes “las personas del infierno”. ¿Por qué?
—Porque ahí estarían los que no disimulan tanto. Los que se equivocan, se desbordan, se arrepienten y vuelven a intentar. Ahí estarían quienes no son perfectos amando, quienes tienen miedo, quienes lloran en soledad y también quienes se ríen de sí mismos. Ahí estoy yo. Y ahí creo que estamos todos, aunque nos cueste admitirlo.
—Dices que este libro nace del “barro emocional”. ¿Qué es ese barro?
—Es ese territorio donde colapsan los mandatos de felicidad, la exigencia por controlar y la fantasía de que si hacemos todo bien, nada malo nos va a pasar. La vida no pide permiso: nos atraviesa con su caos. A veces nos acaricia, otras nos golpea. Pero siempre nos transforma. El barro emocional es aceptar que vivir implica ensuciarse, que no podemos mantener la vida “ordenada” dentro de una caja. Desborda.
—Justamente, las historias del libro no encajan con la idea de una vida ordenada o ejemplar. ¿Cuándo te diste cuenta de que el problema no era la vida, sino el mapa con el que intentábamos transitarla?
—Cuando vi que muchísimas personas sufrían no por lo que les pasaba, sino porque estaban convencidas de que estaba “mal” sentir tal o cual cosa. Si el camino que recorremos no coincide con el mapa, solemos creer que estamos fallados. Yo creo que muchas veces el mapa es el problema, y debiéramos tirarlo a la mierd...
—En el libro afirmas algo fuerte: “Las emociones no son errores del sistema, son el sistema”. ¿De dónde sale esa certeza?
—De la vida misma. De mi propia crisis de los 40, cuando entendí que no podía controlar la vida ni lo que sentía. Eso que tanto molesta —la angustia, el miedo, la tristeza— no es una falla: es parte central de estar vivos. El problema no es sentir, sino pelearse con lo que sentimos.
Trabajas con historias reales, ajenas, anónimas. ¿Por qué te atraen tanto las historias de vida de otros?
—Porque es una forma mucho más digerible de poder conocernos. Si yo te digo, por ejemplo, que sos una narcisista, seguramente te cierres, te enojes, quieras demostrarme que estoy equivocado. Si en cambio te cuento una historia de alguien narcisista y sus luchas, sus dolores, y su impacto en las personas que lo rodean, sin darme la razón, es muy probable que veas similitudes con tu vida. Y esa consciencia es el primer paso para poder empezar a ocuparte del problema, y quizás solucionarlo y vivir mejor.
—Dices que cada historia es una “célula emocional”. ¿Qué significa eso?
—Un investigador que ganó el Nobel le recomendaba a los estudiantes de medicina que entendieran bien la célula, porque si no se comprendían las funciones de algo más simple, sería imposible entender la complejidad del cuerpo humano. Y que, al entender lo simple, era relativamente sencillo comprender lo complejo. Las historias que cuento simplifican problemas complejos, tratando de mostrar rápidamente lo esencial, y mirar de cerca un momento, una herida, una revelación. Y que esa “foto” sirva para reflejarnos, y quizás interpelarnos.
—Muchas personas tardan años en poder poner en palabras lo que les duele. ¿Qué lugar ocupa el tiempo en estos procesos?
—Un lugar central. Comprender lo que nos pasa lleva tiempo, a veces décadas. Y también se requiere algo tan o más importante que el tiempo: el otro. Sin un otro que escuche y nos muestre una perspectiva distinta a la nuestra, es muy difícil tomar conciencia de uno mismo. La conciencia no nace en soledad.
—¿Por qué crees que tanta gente te confía historias que no se anima a contarles ni a sus más cercanos?
—Por muchas razones. En primer lugar, porque soy un desconocido y no hay nada en juego, ningún vínculo que cuidar, nada que perder. También me dicen que en mis videos, conferencias y entrevistas perciben que soy alguien que no juzga y que tiene una mirada compasiva, lo cual hace que las personas sientan que pueden contarme cualquier cosa sin temor a ser juzgadas, sino comprendidas. Escuchar de verdad es difícil. Cuando alguien percibe una mirada misericordiosa, sin moralina, se anima. Sin compasión es imposible acercarse a la verdad.
—En este libro dices correr tus propios velos y contar historias personales. ¿Por qué ahora?
—Después de muchos años narrando historias de otros, sentí que tenía sentido mostrar algunas propias. No porque mi vida sea especial, sino confiando en que compartir algunas cosas intensas que me pasaron, sin pasteurizarlas, puede mover algo en los demás y hacer que se sientan identificados y, por ende, menos solos.
—¿Qué esperas que le pase al lector cuando termine el libro?
—Que se sienta menos solo, menos raro, menos roto. Que entienda que eso que le duele, que siente, que le angustia, que teme, no lo define. Y que lo que muchas veces juzgamos como debilidad puede ser, en realidad, nuestra forma más profunda de humanidad.
—El título es claro: un paraguas no detiene un tsunami. Entonces, ¿para qué sirve?
—Para entender que no podemos ponernos a salvo de la vida. La vida no es algo de lo que tengamos que defendernos, más allá de que a veces golpee duro. La vida es algo que debemos aprender a transitar, con su incertidumbre como rasgo central.
—Después de escuchar tantas historias, ¿qué idea quedó definitivamente descartada para ti?
—Las fórmulas, las certezas rígidas, esas convicciones inamovibles. Y esto no es caer en un relativismo, sino comprender que vivir exige flexibilidad, aceptar límites y dejar de pelearnos con la realidad.
—Si tu escritura pudiera dejar una sola pregunta flotando en quien te lee, ¿cuál sería?
—¿Estás seguro de que no hay otras maneras de mirar lo que te está pasando?