
La noche del 6 de octubre de 2023, a las 23:06 horas, la tierra volvió a temblar en la Ciudad de México. Con una magnitud de 6 grados y con epicentro en Oaxaca, este sismo se une a la larga lista de movimientos telúricos que han dejado huella en la memoria colectiva del país.
Mientras los capitalinos se recuperan y se asienta el polvo, es inevitable recordar otros momentos en que la tierra ha temblado, entrelazándose con episodios clave de la historia nacional.
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Uno de ellos ocurrió durante un periodo de transición y transformación. Aunque es recordado como uno de los más intensos que ha vivido nuestro país, sin lugar a dudas se vio eclipsado por la llegada de uno de los personajes más importantes en la historia política de México.
Dos temblores en un día

1911 fue un año definitorio para México. En la transición del Porfiriato a la era Maderista, la capital fue testigo de dos eventos simultáneos que quedarían marcados en la historia: el temblor que sacudió sus cimientos y la llegada triunfal de Francisco I. Madero a la capital.
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La noche previa a estos acontecimientos, el 6 de junio, la Ciudad de México estaba envuelta en una atmósfera de anticipación. No era la típica víspera de una festividad nacional; era una mezcla de esperanza y expectativa ante el fin de la era de Porfirio Díaz y la promesa de un nuevo comienzo.
Las calles y avenidas se preparaban para recibir al líder de la revolución al amanecer, ya que se había anunciado que durante las primeras horas del día siguiente el nuevo líder arribaría a la capital y recorrería los caminos en su propósito de llegar hasta Palacio Nacional.
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Sin embargo, antes de que Madero pisara la capital, la tierra tenía sus propios planes. A las 4:26 de la mañana del 7 de junio, un potente sismo estremeció la ciudad, derribando construcciones, interrumpiendo servicios esenciales y sembrando el pánico entre los habitantes.
Las oraciones se mezclaban con gritos mientras las calles se llenaban de confusión. Trágicamente, en San Cosme, el cuartel general de artillería colapsó, enterrando a muchos de los soldados que recientemente habían enfrentado las vicisitudes de la revuelta maderista.
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La llegada de Madero

Con el amanecer y los primeros rayos de sol, la ciudad comenzó a recuperarse de su sorpresa sísmica. La gran mayoría de las familias que no habían sufrido pérdidas significativas se apresuraron a adornar sus viviendas con banderas y pancartas en honor a Madero. A pesar de la conmoción y el dolor, la capital demostró una vez más su increíble capacidad de resiliencia.
Madero, cuya llegada se había esperado desde primeras horas de la mañana, hizo su entrada en la estación Colonia alrededor del mediodía. La gente, aún sacudida por los eventos de la madrugada, se aglomeró en las calles, llenándolas de júbilo y esperanza.
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Los periódicos, aunque mencionaron el temblor, se centraron principalmente en la bienvenida dada a Madero. Su travesía desde la estación hasta el Palacio Nacional fue un viaje épico, ya que las calles atestadas dificultaban el paso.

En compañía de su esposa Sara Pérez de Madero, el político recorrió durante 3 horas un trayecto desde Paseo de la Reforma, pasando por la construcción de lo que sería después el Monumento a la Revolución, para adentrarse en el Centro Histórico hasta finalmente llegar al Zócalo.
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No es sorprendente que la confluencia de estos dos eventos, uno natural y otro político, haya dado lugar a versos y refranes populares. Uno de los más destacados, que encapsula la esencia de ese día, afirma: “El día que Madero llegó hasta la tierra tembló”.
‘El temblor Maderista’

Originado desde la costa de Michoacán, el movimiento alcanzó una intensidad de 7.8 grados. Según los reportes de la época, 40 personas encontraron la muerte, especialmente por el trágico derrumbe del Regimiento de Artillería ubicado en Rivera de San Cosme.
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Pero el daño no se detuvo ahí. El altar de la iglesia de San Pablo quedó considerablemente afectado, las arterias de la ciudad mostraban grietas y los rieles de los tranvías evidenciaban el estrés del temblor. De manera adicional, Santa María la Ribera fue la más damnificada, con cerca de 250 viviendas destruidas.
Esta confluencia de eventos, donde naturaleza y política se entrelazaron, fue vista por muchos como un presagio. Las calles de la capital, aún sacudidas por el temblor, se llenaron de murmullos y rumores. ¿Era acaso una señal del destino? ¿Un mensaje cósmico sobre los retos que enfrentaría la nación en esa nueva etapa?
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A pesar de aquello, el pueblo mexicano rápidamente decidió superarlo para concentrarse en los sucesos políticos que marcarían al país de una forma significativa. Debido a la coincidencia de eventos el vulgo popular decidió llamar al terremoto como “El temblor Maderista”.
En retrospectiva, el 7 de junio de 1911 no fue simplemente un día de cambio político o un recordatorio de la fuerza de la naturaleza. Fue un día en que la resistencia, la esperanza y el espíritu de México brillaron con fuerza, mostrando al mundo la verdadera esencia de una nación en transformación.
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