
A diez años de su partida, el nombre de Soraya Jiménez Mendivil sigue siendo sinónimo de éxito y perseverancia en el deporte mexicano. La originaria de Naucalpan de Juárez, encubro su nombre en letras de oro, al convertirse en la primera mujer mexicana en ganar una presea dorada en unos Juegos Olímpicos.
La icónica deportista mexicana no solo fue un estandarte del deporte nacional, sino que también se convirtió en un símbolo y una inspiración de muchas jóvenes que practican la disciplina de la halterofilia (levantamiento de pesas). Sin emabrgo, al alcanzar la cúspide de su carrera en Sídney 2000, su vida dio un revés total.
Después de colgarse la presea dorada, sufrió 14 operaciones en la pierna izquierda, la pérdida de un pulmón, tres cuadros de influenza, cinco paros cardiorrespiratorios y una vida con excesos, terminaron por mermar su carrera, su economía y su salud, falleció con apenas 35 años de edad.

Sus primeros pasos y el descubrimiento de su habilidad por la halterofilia
La nacida en Naucalpan, Estado de México, se crio en un hogar conformado por María Dolores Mendívil y José Luis Jiménez. La deportista tenía una hermana gemela, Magalí, y un hermano menor, José Luis.
Las dos infantes desde muy temprana edad mostraron un talento innato para los deportes, Soraya comenzó su vida deportiva jugando basquetbol, además de incursionar en natación y bádminton. Pero no fue hasta los 11 años que descubriría el deporte con el que tocaría la gloria olímpica.
Jiménez Mendivil consiguió su primer logro en la halterofilia a los 16 años, al levantar 120 kilogramos. Este suceso le valió el tercer lugar en la copa NORCECA de Colorado Springs, en Estado Unidos. Meses más tarde tuvo su primer triunfo en 1996 al ganar el oro en el Torneo Internacional Simón Bolívar.

En aquella ocasión también implantó por primera vez un récord mexicano al cargar 170 kilogramos. Un año después, el Comité Olímpico Internacional (COI) avaló la participación de mujeres en levantamiento de pesas, por lo que Soraya pudo convertirse en aspirante a los juegos del año 2000.
Previo a su participación en Sídney 2000, Soraya era una de las cartas fuertes del cuadro nacional, a pesar del pesimismo que se podía palpar en el ambiente, esto debido a que la delegación mexicana solo alcanzó una medalla de bronce en los JJOO de Atlanta 1996, en Estados Unidos, y se venía de una mala participación en los Panamericanos de Winnipeg 1999, en Canadá.
Preparación para los JJ.OO
Ya con la mira puesta en la justa olímpica del nuevo milenio, Soraya tuvo que lidiar con los problemas extra deportivos que vivían gran parte de las atletas deportistas en el país ‘Azteca’. Desde un principio, la Federación Mexicana de Levantamiento de Pesas (FMLP) mostró poco apoyo hacia la oriunda del Estado de México, pues el entonces presidente de la Federación, René de la Serna, declaró que “las pesas no eran un deporte apto para mujeres.”

Pese a ello, ella siempre mantuvo su sueño intacto y tocó diferentes puertas para recibir apoyo dentro de su preparación. Fue en 1999 cuando selló su boleto para la justa olímpica y con ello, su arduo entrenamiento para el magno evento. Tras varias complicaciones, logró el permiso para entrenar dentro del Comité Olímpico Mexicano (COM).
No obstante, la atleta mexicana aún tenía un problema por resolver, pues no contaba con un entrenador profesional durante sus primeros días en el COM. Afortunadamente para ella, su padre consiguió que la empresa gasera donde trabajaba (Grupo Uribe), se interesara en patrocinarla; de esta manera, se contrató al entrenador búlgaro, Georgi Koev.
Después de algunos meses de preparación en Bulgaria y con una estricta y rigurosa rutina, Jiménez acudió a territorio Olímpico sin saber que sellaría su nombre con letras de oro en los libros del deporte mexicano. Fue el 18 de septiembre del 2000 a las 5 de la mañana (hora del centro de México) cuando la atleta ‘Azteca’ se paró en el Centro de Convenciones del Puerto de Darling en Sidney.

Desde la primera prueba, comenzó a dejar buenas sensaciones y augurios. En la arrancada levantó 95 kilos, y en la prueba de dos tiempos consiguió cargar 127.5 kilos. En un principio, había sido superada por la norcoreana, Ri Song Hiu; sin embargo, un mal cierre de ronda por parte de la asiática hizo que la mexicana pudiera tocar la gloria tras acumular 222.5 kg.
Después de unos momentos emotivos y envuelta en la algarabía de los mexicanos, Jiménez cayó en lo que había conseguido, darle la primera presea dorada femenil a México en 68 años de participación olímpica, desde Los Ángeles 1932. Aunado a ello, se encargó de que el Himno Nacional se entonara nuevamente en una competencia olímpica después de 16 años.

Su imagen alzando los brazos al cielo y saltando de felicidad fue la noticia principal en prensa, radio y televisión a nivel nacional. Contra todo pronóstico y con nulo apoyo por parte de los directivos mexicanos, Soraya Jiménez puso el nombre del deporte mexicano en lo más alto. Tanto fue su logro, que el mismo presidente de México, Ernesto Zedillo se comunicó con ella por vía telefónica para felicitarla.
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