El descenso de la serpiente emplumada

En tres meses serán los procesos internos de Morena, para entonces el gran elector deberá haber tomado ya su decisión, el dedo habrá señalado al o, por primera vez y con altas posibilidades, la elegida. En ese momento, aún con el enorme capital político, carisma y caudillismo del presidente, su poder real, su figura pública comenzarán a menguar en favor del ungido

La megaconcentración del 18 de marzo es culmen y descenso de la figura del presidente López Obrador. Se encuentra en su cenit de popularidad, la narrativa nacionalista de las últimas semanas ha sido probadamente eficaz, el anuncio de la planta de TESLA, el superpeso que comienza ya a tomar su valor real, han conseguido opacar sino que ocultar el desfalco de SEGALMEX, calculado en aproximadamente 15,000 millones de pesos, tres veces la “estafa maestra”, el secuestro y muerte de cuatro ciudadanos estadounidenses, los reclamos en ese país por el fentanilo, las desapariciones y feminicidios imparables y otros tantos temas que harían ya no digamos tambalearse, sino caer en otras latitudes, a cualquier gobierno.

La muestra de poder, de convocatoria y músculo político, van dirigidos por supuesto a la base electoral y sobre todo política del presidente, a la oposición hoy debilitada, casi inexistente salvo excepciones que obedecen más a coyunturas y liderazgos regionales que a un trabajo político eficiente pero también llevan aviso para o sobre todo a los aspirantes a sucederlo, las corcholatas.

En tres meses serán los procesos internos de Morena, para entonces el gran elector deberá haber tomado ya su decisión, el dedo habrá señalado al o por primera vez y con altas posibilidades, la elegida. En ese momento, aún con el enorme capital político, carisma y caudillismo del presidente, su poder real, su figura pública comenzarán a menguar en favor del ungido. En el curso de la historia de México y el mundo, muchos han tenido la tentación de perpetuarse en el poder, algunos por el afán del poder y lo que trae consigo y otros por ver finalizada su obra, convencidos de que nadie más, ni aún sus más avanzados discípulos, sus más leales aprendices, la continuarán tal y como ellos la imaginaron, temen ver su creación reformada. Por eso rechazan cualquier contrapeso, no necesariamente como una actitud antidemocrática, que en el resultado lo es, sino porque esas instituciones, sobre todo los poderes de contrapeso o instituciones autónomas, resultan simple y llanamente, un obstáculo, un estorbo para su gran misión.

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Cualquier país y cualquier momento de la historia. Mussolini, Perón, Allende, Castro, De Gaulle, Erdogan, Ortega, individuos, familias, partidos, a quienes el Dios pueblo ha entronizado y divinizado y así como en el pasado el Faraón era Dios, el César su Pontífice y como el PRI hablaba en nombre de la revolución. Siempre les será difícil comprender que existan Constituciones, Cortes, Órganos electorales, Congresos o medios que no valoren su sacrificio y esfuerzo ni comprendan que su misión sagrada requiere de poderes absolutos e ilimitados. De otra manera los emisarios del pasado aprovecharán esas entidades para sabotear el proyecto reformador y regresar a ocupar sus lugares de privilegio, naturalmente excluyente de la mayoría.

El mitin del presidente con motivo del aniversario de la expropiación petrolera (Captura de pantalla/webcamsdemexico)

Ni ese, ni la bandera nacionalista son discursos nuevos ni originales. Son, sin embrago, tremendamente eficientes cuando los emite un líder carismático y tremendamente empático con esas mayorías como cualquiera de las figuras mencionadas.

Sin embargo, para fortuna de las libertades individuales, esas instituciones que tanto aborrecen existen y funcionan, cumplen la función casi sagrada impuesta desde la República romana, las democracias helénicas, la Carta Magna de 1215, la declaración de los derechos del hombre y el ciudadano y el constitucionalismo contemporáneo, de poner límites racionales al poder, ser su contrapeso.

Operaron para evitar el infausto golpe de Estado en España en 23 de febrero de 1981 como operaron para salvar al Estado norteamericano el 6 de enero de 2021 del golpe de estado orquestado por otro amo de la comunicación y enemigo de las formas y las instituciones, Donald Trump.

Las reformas de AMLO

Muy probablemente el presidente López Obrador no vea consolidadas sus grandes reformas; el sistema de salud hasta el momento es peor que antes, la seguridad pública es muy probablemente el gran fracaso de esta administración, PEMEX sigue siendo un barril sin fondo de recursos, corrupción e ineficiencia y las grandes megaobras en el mejor de los casos apenas verán sus ceremonias inaugurales antes del cambio de sexenio entre muchos otros pendientes.

Sin duda alguna, saldrá siendo uno de los presidentes más populares y queridos en un país que no suele tener afecto por sus figuras públicas, y seguirá siendo sin duda un líder moral de un movimiento que hoy no tiene otro nombre que lopezobradorismo, no morena, no 4T.

Los aspirantes de Morena a suceder a AMLO (Cuartoscuro)

El 18 de marzo hubo varios mensajes, uno fue un llamado a la unidad, interna de morena, por supuesto, no nacional; otro fue más un deseo que una promesa, que habrá continuidad en el proyecto, ese proyecto que pondrá su nombre en los anales de la historia junto a los grandes transformadores de este país y si hubiera dado tiempo, de Latinoamérica.

De los tres posibles sucesores, quienes más se acercan al proyecto original son claramente Adán Augusto López y Claudia Sheinbaum, sin embargo, el canciller Marcelo Ebrard se encuentra entre esas corcholatas con un propósito para el proyecto lopezobradorista. Ninguno garantiza para fortuna de unos y mala fortuna de otros, la continuidad pura de esa utopía llamado 4T que debió entender que la transformación real, profunda no se construye únicamente con discursos y diatribas, que, si bien son esenciales en la construcción del respaldo y la legitimidad, no se sostienen sin medidas racionales en el ejercicio de gobierno.

En la cumbre del poder se percibe que el paso a la historia es inevitable, y lo es, pero ese juicio, inexorable, aquél que califica el cómo se inscribe ese nombre, no se construye nunca en el presente, lo juzga sin apasionamientos ni prisas, el tribunal del tiempo.

*Académico de la Escuela de Gobierno y Economía de la Universidad Panamericana

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