La isla de los desterrados: confinaban a huelguistas y homosexuales pero la poesía de Miguel de Unamuno la rescató del prejuicio

Fuerteventura era un destino equivalente a una condena. “El paisaje es triste y desolado, pero tiene hermosura”, escribió el autor español, que logró mejorar la autoestima de todo un pueblo con sus versos.

Compartir
Compartir articulo
Miguel de Unamuno, gran crítico de la monarquía y del dictador Primo de Rivera. EFE/Archivo
Miguel de Unamuno, gran crítico de la monarquía y del dictador Primo de Rivera. EFE/Archivo

Era su destino de destierro y, sin embargo, logró convertir ese paisaje pensado como un castigo en un destacado escenario de la literatura. Es que Miguel de Unamuno, el gran escritor español, miró Fuerteventura desde la cubierta del correo La Palma y, de la mano de los sonetos que componía con talento, hizo sentir empoderado al nativo de ese territorio, conocido como majorero.

Sin que importaran la sequía, el hambre y hasta los gestos tiranos del señor territorial de turno, Unamuno logró que sus versos alegraran y sobre todo enorgullecieran a los majoreros. Todo empezó con un decreto del Directorio militar, con fecha del 20 de febrero de 1924, que confinó a Miguel de Unamuno en la isla. Detrás de ese castigo, estaban sus continuas críticas al rey Alfonso XIII y a la dictadura de Primo de Rivera.

El 27 de febrero de 1924, Unamuno embarcó en Cádiz con destino a Canarias junto a su compañero de confinamiento, el político republicano Rodrigo Soriano. Tras llegar a Tenerife, fueron trasladados a Gran Canaria.

Días después, el 10 de marzo, llegaron a Fuerteventura, una isla convertida durante décadas en una cárcel al aire libre por la que desfilaron el líder anarquista Buenaventura Durruti en 1932, homosexuales condenados por la Ley de Vagos y Maleantes en el franquismo, y cuatro de los participantes del llamado “Contubernio de Múnich”, la expresión con la que la dictadura española descalificó al IV Congreso del Movimiento Europeo celebrado en Alemania en plena ola de huelgas en Asturias.

El Puerto Cabras -hoy Puerto del Rosario- que vio desembarcar a Unamuno no debía superar los 1.000 habitantes. Se alojó en el Hotel Fuerteventura, una modesta pensión convertida desde 1995 en la Casa Museo Miguel de Unamuno. Durante su confinamiento, empezó a escribir los primeros sonetos del diario del destierro De Fuerteventura a París, un libro de 103 sonetos, algunos de ellos dedicados a la isla.

El volumen en el que Unamuno dedicó sus versos a lal isla a la que fue confinado.
El volumen en el que Unamuno dedicó sus versos a lal isla a la que fue confinado.

Los biógrafos de Unamuno Jean-Claude Rabaté y Colette Rabaté explican desde Francia que, “antes de ser confinado, Unamuno había iniciado, desde los 15 años en la prensa, una lucha despiadada contra la monarquía de Alfonso XIII, el Ejército, Miguel Primo de Rivera y, sobre todo, un general a quien nadie conoce hoy, Severiano Martínez Anido, quien lo persigue hasta el triste otoño de 1936, y una Iglesia fosilizada”, recuerdan.

Una lucha “a puro sonetos”

Esta lucha, indican, “la continúa a ‘sonetazos’, pues la poesía es un arma, un arma de resistencia y un desahogo”. Los versos los acompaña de comentarios en prosa, que permiten contextualizarlos donde la “violencia de esta prosa es extrema y en la que estalla contra un trío infernal (rey, Primo de Rivera y Martínez Anido) y donde tiene el deber de insultar, incluso, a un pueblo demasiado servil que, a veces, colabora con el Directorio”.

Un día después de llegar, Unamuno escribió una carta a su mujer, Concha, en la que se lee: “La isla es de una pobreza triste; algo así como unas Hurdes marítimas. Es una desolación. Apenas si hay arbolado y escasea el agua. Se parece a La Mancha. Pero no es tan malo como me lo habían pintado. El paisaje es triste y desolado, pero tiene hermosura”.

Durante los cuatro meses que permaneció confinado, el escritor encontró en Fuerteventura “un oasis en el desierto de la civilización” y llegó a marcar en su mapa los puntos de Playa Blanca, el peñasco “al que solía ir a soñar” y Montaña Quemada, como lugares donde le gustaría tener el descanso eterno.

La isla fue una revelación; recorrió su geografía en coche o a lomos de un camello; se interesó por sus topónimos, su historia y paisaje; también por su flora, repleta de “enjutas aulagas” y “resistentes tabaibas” y por su fauna simpatizando con “la descarnada o esquinuda” camella. En Fuerteventura descubrió el mar “o la mar” y simpatizó con el majorero, un hombre de sobriedad bíblica que se alimenta de “pan en esqueleto”, que es la pella de gofio: se trata de una preparación a base de una especie de harina junto con agua y sal, asociada a la población más pobre de Canarias.

Paisaje de la playa de Cofete en Fuerteventura, la isla que inspiró a Unamuno.
Paisaje de la playa de Cofete en Fuerteventura, la isla que inspiró a Unamuno.

“Para Unamuno, Fuerteventura y su gente constituyeron una verdadera revelación”, asegura uno de los catedráticos. Afirma que “Fuerteventura, por su paisaje desnudo, desprovisto de hojarasca o vegetación encubridora y del ruido de lo que él consideraba la superficial historia, y su mar le permitieron entrar en contacto directo con la divinidad”.

Días antes de que se cumplan cien años de su llegada a Fuerteventura, el filólogo comenta que la interpretación que hizo Unamuno de la isla y de su gente significó “la liberación de los prejuicios tradicionales, que presentaban al lugar como una especie de lugar maldito, como un infierno para desterrados”.

Y, continúa, “y a sus gentes como unos incorregibles holgazanes, que se pasaban la vida dando sablazos a diestro y siniestro y viviendo del cuento, en lugar de trabajar para pagar los quintos al señor territorial de turno y los diezmos a la iglesia”.

Un poeta que le subió la autoestima a un pueblo

“Digamos que don Miguel subió la autoestima de los majoreros, los empoderó, como se dice hoy con anglicismo de última hora”, agrega el profesor, y se atreve a asegurar que, desde el punto de vista de las actitudes, no es descabellado decir que existen “dos etapas radicalmente distintas en la historia de Fuerteventura”.

El 4 de julio de 1924 se firmó un Real Decreto por el que quedaban indultados Miguel de Unamuno y Rodrigo Soriano. Un día más tarde fue promulgado. El 9 de julio abandonó Fuerteventura a bordo del bergantín L’Aiglon para continuar un año de autodestierro en París y cinco años y medio en Hendaya (Francia).

A bordo del vapor holandés Zeelandia rumbo a Lisboa con destino al puerto francés de Cherburgo, Unamuno escribe unos versos con los que se despide de la isla: “Raíces como tú en el Océano/ echó mi alma ya, Fuerteventura,/ de la cruel historia la amargura/ me quitó cual si fuese con la mano”.

Fuente: EFE