Ceferino Reato escribe sobre el Padre Mugica: ¿quién mató al cura villero, Montoneros o la Triple A?

En su nuevo libro, el argentino Ceferino Reato investiga el asesinato de Carlos Mugica en 1974 y los usos políticos que se hicieron del mismo posteriormente.

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En "Padre Mugica", Ceferino Reato investiga el asesinato del primer cura villero en 1974.
En "Padre Mugica", Ceferino Reato investiga el asesinato del primer cura villero en 1974.

Para el periodista y politólogo argentino Ceferino Reato, hay dos cosas sobre el padre Carlos Mugica que se mantienen inalterables: su condición de protagonista central de la convulsión social y política de los años setenta y el desacuerdo acerca de quién ordenó su homicidio, si Montoneros o la Triple A.

A medio siglo del asesinato del “primer cura villero”, Reato acaba de publicar Padre Mugica, libro en el que investiga no solo los detalles del crimen ocurrido el 11 de mayo de 1974, sino los usos políticos que, posteriormente, se hicieron del mismo.

“Para bien y para mal, blanco de elogios desmesurados y críticas furibundas, el padre Mugica era una de las personas más conocidas de la Argentina; simpático, hablador, articulado, mordaz, daba bien en cámara, como dicen los productores y conductores de los programas de televisión, que lo convocaban seguido porque despertaba pasiones, a favor y en contra”, escribe el autor.

Mugica, como cuenta Reato, pasó “de la elite porteña a la villa de Retiro, del antiperonismo al peronismo, del orden conservador a la revolución guerrillera, del capitalismo al socialismo”, y hoy, a cincuenta años de su asesinato, todavía sigue siendo una de las figuras más fascinantes de aquella turbulenta Argentina de la década del setenta.

“Padre Mugica” (fragmento)

"Padre Mugica", de Ceferino Reato, editado por Planeta.
"Padre Mugica", de Ceferino Reato, editado por Planeta.

Ya era noche cerrada en la ciudad de Buenos Aires y una llovizna fría mojaba el cabello rubio del padre Carlos Mugica mientras caminaba con paso apurado por el pasillo de la casa parroquial de San Francisco Solano, en Villa Luro, un tranquilo barrio porteño de casas bajas. Había oficiado la misa vespertina de los sábados y se dirigía a la salida para cruzar la calle Zelada, subirse a su traqueteado Renault 4S verde oliva metalizado y llegar lo más rápido posible a la casilla de su amigo «Drácula» Serrano, que lo esperaba con un asado en la villa miseria de Retiro, el lugar elegido por el cura como centro de su tarea pastoral en favor de los pobres.

Mugica tenía cuarenta y tres años y, como era habitual, vestía de negro, siempre elegante: campera de fibra sintética, polera de algodón, pantalón de corderoy, un cinturón marca George y mocasines marrón oscuro; nunca usaba sotana y rara vez, clergyman o cuello clerical, la camisa especial de los curas que termina en un cuello redondo y blanco. Otras dos personas acompañaban a Mugica aquel lúgubre 11 de mayo de 1974 a las ocho y cuarto de la noche: Carmen Judith Artero de Jurkiewicz, más conocida como «María del Carmen», treinta y nueve años, separada, y Ricardo Rubens Capelli, treinta y siete, soltero. Ambos colaboraban con él en la villa de Retiro en sus ratos libres.

Para bien y para mal, blanco de elogios desmesurados y críticas furibundas, el padre Mugica era una de las personas más conocidas de la Argentina; simpático, hablador, articulado, mordaz, daba bien en cámara, como dicen los productores y conductores de los programas de televisión, que lo convocaban seguido porque despertaba pasiones, a favor y en contra.

Su pertenencia al patriciado porteño, retoño rebelde pero no tanto de una familia conservadora y adinerada, con amigos poderosos con los que seguía relacionado a pesar de sus posturas combativas, no hacía más que alimentar la atracción de la gente y los medios de comunicación. Para colmo, en los últimos meses se había peleado no solo con la derecha armada del peronismo encarnada por el influyente José López Rega, recién ascendido por decreto de cabo primero retirado a comisario general retirado en una promoción de catorce grados sin precedentes en la Policía Federal, sino también con sus antiguos amigos de la izquierda guerrillera, con sus exdiscípulos de Montoneros, en especial con Mario Eduardo Firmenich, jefe del grupo.

Además, era cura y buen mozo: rubio y con un mechón que le caía sobre la frente, ojos celestes, facciones varoniles y un cuerpo atlético al que cuidaba y entrenaba como un deportista profesional. El fútbol era su gran pasión, pero también nadaba y jugaba al tenis, deporte que en los años setenta era mucho más elitista que ahora. Por esos motivos, siempre andaba rodeado de mujeres jóvenes y lindas, muchas de ellas de su misma clase social, que llenaban sus misas y lo ayudaban generosamente en sus actividades pastorales y sociales en el asentamiento de Retiro.

Aquel sábado fatal, apenas atravesaron la puerta de Zelada 4771, el cura permaneció unos instantes en la vereda con Carmen Artero mientras Capelli se acercaba a su Fiat 600 blanco, chapa patente C 186.622, estacionado unos doce metros a la derecha, donde esperaba otro de los ayudantes del cura en la villa, Nicolás Zacarías Marmouget, un escritor desocupado de cuarenta y tres años, soltero, con el que se había distanciado, pero al que estaba dispuesto a darle una nueva oportunidad. Algunos pocos feligreses seguían conversando en la vereda, frente a la iglesia.

El Padre Mugica junto al escritor argentino Julio Cortázar.
El Padre Mugica junto al escritor argentino Julio Cortázar.

—Listo, ya está, ya hablamos con Carlos. Está todo bien, pero no lo cargues; no le digas nada —le dijo Capelli. Obediente, Marmouget se bajó del auto, se acercó al cura y le dio la mano.

—Esperame un momentito que tengo que hablar con este señor —le comentó Mugica luego de saludarlo afectuosamente.

Carmen Artero no conocía al hombre que aguardaba a su lado, con quien el cura se alejó «unos dos metros, hacia la puerta de la iglesia», en busca de privacidad para charlar tranquilos, según declaró ante el juez nacional de primera instancia en lo Criminal de Instrucción Julio Humberto Lucini el domingo 12 de mayo a las dos y veinte de la madrugada. Al declarar por tercera vez ante la justicia, el 24 de mayo, señaló que «era un individuo de más de cuarenta años, corpulento», y que, «sin poder afirmarlo rotundamente, cree recordar que, cuando el individuo mencionado hablaba con Mugica, se encontraba también otra persona, cuya fisonomía no puede precisar, y en un momento dado pareció que había una discusión, retrocediendo Mugica unos pasos». Pero no pudo ubicar a esa supuesta segunda persona en ninguna otra secuencia del ataque y la fuga; además, ningún otro testigo la mencionó.

Por su lado, Capelli aseguró que, cuando él caminaba en busca de Marmouget, escuchó que «un hombre llamó a Mugica y este se dirigió al mismo palmeándolo sobre los hombros».

—¡Padre Carlos!, ¡padre Carlos! —le había dicho, según Capelli, que solo pudo recordar que el desconocido vestía un traje marrón.

El 26 de junio, en su segunda declaración judicial, Capelli ratificó que «nunca antes había visto» a esa persona; «que, de volver a verla, no la reconocería», y que solo podía decir que «era baja, un poco “gordito”, de aproximadamente cincuenta años de edad».

Instantes después de que el cura se volviera para conversar con el desconocido, Carmen Artero escuchó «una sucesión de explosiones que le parecieron cohetes», vio que el cura «caía contra la pared de la casa vecina a la iglesia, un poco antes de la entrada a la sacristía», y que «un hombre alto, corpulento, vestido con campera oscura, de cabellos oscuros, abundantes, peinado suelto, con bigotes oscuros poblados, largos, se hallaba a una distancia de un metro y veinte centímetros de Mugica» mientras seguía «sintiendo los estampidos y viendo una sucesión de fogonazos, no pudiendo observar arma alguna».

La próxima secuencia recordada por la colaboradora de Mugica tenía al cura ya caído en el suelo y al «individuo a paso apresurado que se dirigió al cordón de la acera, introduciéndose en un automóvil que allí se hallaba estacionado sobre su derecha», del lado de la iglesia, «con la portezuela del lado del acompañante, abierta,» y que le pareció que el coche era «un Chevy color verde penicilina con techo negro vinílico».

Pero no pudo precisar en qué momento huyeron el agresor y el conductor del automóvil, porque dirigió su atención a Mugica, que se quejaba sentado en el suelo tras haberse deslizado por la pared, con la cabeza apoyada en la casa vecina como si fuera un muñeco destartalado.

Ceferino Reato es autor de libros como "Operación Traviata", "Operación Primicia", "¡Viva la sangre!" y "Masacre en el comedor".
Ceferino Reato es autor de libros como "Operación Traviata", "Operación Primicia", "¡Viva la sangre!" y "Masacre en el comedor".

«Me agacho junto a Carlos y siento que se queja; le paso mi brazo por la espalda para tratar de levantarlo y siento en mi mano correr su sangre tibia, y recién en ese momento, recién en ese momento, me doy cuenta de que lo han ametrallado», rememoró Carmen Artero.

Fue allí cuando apareció el padre Jorge Vernazza, de cuarenta y ocho años, el párroco de San Francisco Solano y amigo de Mugica desde el seminario; pertenecían al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y eran tan peronistas que un año y medio antes habían viajado en el avión que trajo a Perón al país luego de un larguísimo exilio.

Vernazza había escuchado un tableteo que le pareció que podía responder a cohetes y salió a la calle. Al abrir la puerta de la casa parroquial, escuchó el ruido de un automóvil que se alejaba a toda velocidad y los gritos de las personas que estaban en la vereda. Y «al mirar al costado derecho, vio al padre Mugica tendido en el piso con la cabeza apoyada contra la pared, distante unos quince metros de la puerta de la iglesia».

Era sacerdote y, «presumiendo la gravedad de lo sucedido», lo primero que hizo fue volver al templo en busca de los óleos sagrados para suministrarle a su amigo el sacramento de la Unción de los Enfermos, una gracia para ayudarlo a sobreponerse a las heridas, y con la ayuda de Carmen Artero y otros feligreses lo subieron al Citroën 2CV de un vecino, Néstor Giménez, para llevarlo de urgencia al Hospital Salaberry, a unas veinticinco cuadras, en el barrio de Mataderos. En la confusión del momento, Carmen Artero pudo ver que había otra persona caída en el suelo «boca abajo» que «gritaba desesperadamente su nombre». Era Capelli, que estaba regresando a su coche «y habría caminado unos diez metros, cuando siente un tableteo y un fuerte dolor en el hombro izquierdo cayendo al piso, y, pese a ello, gira y alcanza a ver a Mugica sobre la vereda, apoyada la espalda contra la pared», y a Carmen Artero «que gritaba: “¡Carlos! ¡Carlos!”».

Capelli aclaró que «no vio al que agredía a Mugica» y recordó «el rugido de un motor de coche y el chirrido de las gomas», los ruidos de los atacantes en su huida, según afirmó en su primera declaración judicial, el 15 de mayo, acostado en la cama seiscientos sesenta y tres del pabellón número dos del Hospital Rawson, en Barracas, adonde había sido trasladado y se recuperaba de sus heridas.