La Rusia postapocalíptica “que existirá en un futuro cercano” según el bestseller condenado por criticar a Putin y su ejército

Desde su exilio, Dmitry Glukhovsky publicó un nuevo libro sobre su país natal tras el éxito del universo “Metro”, saga adaptada a la pantalla grande y a los videojuegos.

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Tras el éxito de "Metro 2033", Dmitry Glukhovsky regresa con "Outpost", otro libro postapocalíptico sobre Rusia.
Tras el éxito de "Metro 2033", Dmitry Glukhovsky regresa con "Outpost", otro libro postapocalíptico sobre Rusia.

En agosto de 2023, el escritor bestseller ruso Dmitry Glukhovsky fue condenado a 8 años de cárcel por criticar al ejército de Putin y acusar a sus militares de cometer crímenes de guerra en la invasión a Ucrania, de la que se cumplirán ya dos años el próximo 24 de febrero.

El autor, que tuvo que exiliarse de Rusia y fue juzgado en ausencia, es conocido mundialmente por el éxito de su universo Metro, que comprende no solo los libros Metro 2033, Metro 2034 y Metro 2035, sino que fue adaptado a la pantalla grande y como videojuego.

Esta vez, Glukhovsky regresa con otra historia postapocalíptica de su país natal, en la que narra la Rusia “que existirá en un futuro cercano”. Editado por Minotauro, Outpost n° 01 es el primer tomo de la que será una saga que promete tanto como la anterior.

El protagonista de Outpost es Yegor, un joven que a duras penas recuerda el mundo anterior a la catástrofe. Ha vivido desde su infancia en un puesto militar de la frontera oriental de su país, desde el que se vigila un puente que cruza el envenenado río Volga. Nadie ha cruzado el puente durante varias décadas, pero eso está a punto de cambiar.

Entre la ciencia ficción, la fantasía y la crítica política, Dmitry Glukhovsky regresa con otro libro sobre Rusia que, a pesar de puntar una visión desoladora del futuro cercano, es tan fascinante y adictivo como sus trabajos anteriores, que lo llevaron a ser publicado en todo el mundo.

Ficha

Título: Outpost n° 01

Autor: Dmitry Glukhovsky

Editorial: Minotauro

Precio (en Argentina): En papel: $18000 En digital: $6699

Así empieza “Outpost”, de Dmitry Glukhovsky

infobae

¿Qué hay allí, al otro lado del puente?

Debe de ser la milésima vez que Egor repite la pregunta. Y ¿por qué no iba a repetirla? Cada vez le dan una respuesta distinta.

El gigantesco puente se adentra en vapores verdosos, en una bruma densa y venenosa, y se va difuminando hasta volverse invisible a unos veinte metros de la orilla. Una y otra vez, el viento arremete contra la niebla y trata de dispersarla, pero siempre fracasa.

La cortina verdosa se retira un poco y deja al descubierto siempre lo mismo: raíles oxidados, vigas oxidadas, armazones oxidados, sobre los que ha crecido algo que parecen algas rojizas, pero no lo son. Algo que se agita cuando sopla el viento y también cuando no lo hace.

No hay manera de que la niebla se disperse, porque surge de las aguas. Es el aliento del propio río... de ese río lento, cubierto de espumas, enfermo.

El río no es visible. La bruma no permite ver el punto en el que los puntales de hormigón se hunden en el agua. Pero lo oyen a través de la niebla: sus borboteos, sus chapoteos, el fragor de sus aguas. Parece que esté vivo... pero no lo está. Allí abajo no vive nada. Y si algo cae en sus aguas, no tarda en morir. Los botes de madera se carbonizan, los de caucho empiezan a soltar burbujas y estallan. Las gentes que viven en la comarca no se acercan al agua por nada. Y, por otra parte, ¿qué significa «agua» en este lugar...?

No se puede navegar por ese río. Ni siquiera con barcazas protegidas con refuerzos de acero. Los que navegan aguas abajo no regresan. Y nadie se ha acercado nunca al puente desde la dirección opuesta.

Dmitry Glukhovsky se hizo conocido tras el éxito de "Metro 2033", que convirtió en una saga y terminó adaptada a la pantalla grande y como videojuego.
Dmitry Glukhovsky se hizo conocido tras el éxito de "Metro 2033", que convirtió en una saga y terminó adaptada a la pantalla grande y como videojuego.

Por eso el río no necesita ningún nombre. Se llama, sin más, «río». Pero en otro tiempo lo llamaron «Volga».

Egor no se rinde.

—¿Qué es lo que hay?

—Pues no sé... probablemente ciudades. Tan desiertas como nuestra Yaroslavl. Pero eso ya lo sabes, ¿por qué me lo preguntas?

—Yo no sé nada. El que lo sabe todo eres tú, Serguéi Petróvich.

Tú no te acerques al puente, ¿te ha quedado claro? ¡Como te acerques, te arranco la cabeza!

—Sí, me ha quedado claro, Serguéi Petróvich. Yo no soy más que un atontolinado que solo piensa en tocar la guitarra. ¡Y tú el comandante del puesto fronterizo! Se supone que no sé nada. ¡Pero lo que me pregunto es por qué tú no quieres saber más! ¡Tú, que te encargas de defender la frontera oriental del imperio!

Polkán —Seguéi Petróvich Pirogov es conocido por ese apodo, el nombre de una especie de centauro del folklore ruso— frunce el ceño. Se frota la calva. Aparta a un lado el vaso, sobre el portavasos de plata adornado con un motivo ferroviario.

—Yo ya sé todo lo que tengo que saber, ¿lo has entendido, sabihondo? —masculla—. El condenado ferrocarril va desde Moscú hasta el otro extremo del mundo. Pero, por lo que a mí respecta, es como si terminara aquí, mientras no venga nadie desde la otra orilla. Cada uno de nosotros tiene sus obligaciones, ¿entiendes? ¡Cada uno tiene su puesto!

Polkán tamborilea sobre la mesa con los dedos. Irritado, busca alguna ocupación, una excusa para hacer salir a Egor de su despacho. La clase de formación política ha terminado antes de empezar.

Egor pide tregua.

—Devuélveme la guitarra y me marcho en seguida.

—Joder, no empieces otra vez con la guitarra, ¡¿vale?! Vete a estudiar historia. Luego tienes sesión de entrenamiento en lucha cuerpo a cuerpo. ¡Ya hablaremos de la guitarra esta noche! ¡Solo piensas en mover los putos dedos y lo que tienes que hacer es estudiar! ¡Ahora tu obligación es aprenderte la geografía del imperio! ¡No querrás ponerte a pensar en lo que hay en el otro lado, si ni siquiera sabes lo que hay en este!

Pero ¿qué es lo que hay en este lado? Casas desiertas, calles desiertas. Las carcasas abandonadas de coches que dejaron de funcionar. Huesos que no son de nadie, desperdigados o amontonados. Perros salvajes.

Dmitry Glukhovsky fue condenado a 8 años de cárcel por criticar al ejército de Putin y su accionar en la invasión a Ucrania.
Dmitry Glukhovsky fue condenado a 8 años de cárcel por criticar al ejército de Putin y su accionar en la invasión a Ucrania.

Apenas si queda vida. Salvo en los puestos militares, en antiguas estaciones ferroviarias que se han transformado en fortalezas, donde viven atrincherados algunos puñados de seres humanos pegados a la vía férrea.

La base de Polkán se halla al final de todo. Su guarnición ha recibido la orden de vigilar las vías de acceso orientales y tiene el deber de controlar el puente. ¿Por si vienen rebeldes? ¿Nómadas? ¿Bestias salvajes? Ni siquiera Polkán lo sabe ya.

En los libros de historia que Egor está obligado a estudiar, todo termina bien: prosperidad, justicia, el inicio de una nueva era. Pero ¿cuándo se fue al garete esa nueva era? Eso ya no sale en los libros. Egor tiene que creerse lo que le cuenta Polkán: que el pueblo fue presa del furor y unos traidores destrozaron el país. La capital estaba tan exangüe que no pudo conservar los territorios que se separaban. Por fin, Moscú había trazado una frontera a lo largo de las aguas contaminadas y venenosas del Volga, había establecido la base en la orilla que quedaba de su lado, había olvidado la otra y se había preocupado de sus propios asuntos. Y desde luego que tenía asuntos por los que preocuparse.

Lo que antaño había sido Rusia se transformó en Moscovia. Egor no necesita saber más. Mira a los ojillos de cerdo de Polkán.

—Me cago en vuestra historia y vuestra geografía —dice—. El mundo antiguo se fue a tomar por culo y por mí no hace falta que vuelva. Pero yo quiero mi guitarra. No fuiste tú quien me la dio y por lo tanto tampoco puedes quitármela, ¿te ha quedado clarito?

Egor se va acercando a la puerta, con la intención de escabullirse antes de que el orondo y anquilosado Polkán se levante de la mesa. Este se da cuenta poco a poco de lo que acaba de decirle el muchacho. Por fin, agita en el aire su rollizo puño.

—¡Cuidado con lo que dices, inútil! ¡Si no, vas a dormir fuera, y entonces veremos lo valiente que eres! ¡Y tu balalaica terminará en el horno de la cocina!

—¡Inténtalo!

Pero el comandante de la base es demasiado perezoso como para ir detrás de Egor. Y, además, ¿para qué? De todos modos van a dormir bajo el mismo techo. Ya volverá a casa sin tantos humos. Lo que no hará es pasar la noche fuera. Así, Polkán le grita, sin levantarse de la silla:

—¡Pues si no quieres estudiar, no estudies! Diecisiete años y lo único en lo que piensas es en tocar la guitarra y en vaguear, no quieres utilizar la cabeza. ¿Sabes una cosa? ¡Si quieres marcharte por el puente... márchate! ¡Vete! ¡Fuera de aquí! Tampoco vas a llegar muy lejos. ¿A dónde irás sin tu mami? ¡Si todavía vas agarrado a su falda! ¡Lo único que sabes hacer es faltar al respeto, y nada más!

—¡Pero si el calzonazos eres tú! ¿Qué sabes hacer, aparte de poner el culo en la silla y dar órdenes? ¿Tú te crees que para eso se necesita mucha inteligencia? ¡Vaya comandante!

—¡Al diablo contigo! ¡Sal de aquí!

Eso era lo que quería Egor: que Polkán perdiera los estribos.

Se mete las manos en los bolsillos de los pantalones y baja brincando por la escalera que desciende desde el último piso del edificio comunal.