Qué es el magnetismo animal, la controversial práctica curativa del “padre de la hipnosis” que la medicina moderna desterró

Quién fue Franz Anton Mesmer, el médico y filósofo alemán que planteó la existencia de un “fluido magnético animal” presente en los astros, las mareas y todos los cuerpos vivos, responsable de enfermedades y malestares.

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¿Científico o charlatán? El debate alrededor del médico y filósofo alemán Franz Mesmer.
¿Científico o charlatán? El debate alrededor del médico y filósofo alemán Franz Mesmer.

Las curaciones del médico y filósofo alemán Franz Anton Mesmer fueron tan célebres como violenta fue la reacción de la ciencia moderna que lo condenó. Además de ser el “abuelo” de la hipnosis, práctica desarrollada por James Braid en 1842, Mesmer descubrió lo que él llamó “magnetismo animal”, un supuesto fluido invisible que permite el funcionamiento del cuerpo humano, pero cuya distribución errónea o un desequilibrio en el cuerpo es la causa de las enfermedades.

Los resultados de sus experimentos estaban a su favor. Sus pacientes salían curados de sus males pero la flamante medicina del siglo XVIII, en puja con estas aproximaciones más experimentales, hizo todo lo posible por desacreditar sus investigaciones. Incluso el rey Luis XVI, en 1784, mandó a crear una Comisión Real Francesa -integrada por eminencias como el padre fundador de los Estados Unidos Benjamin Franklin- para investigar al respecto.

Pero la Comisión tomó como objetivo el demostrar la existencia de un “nuevo fluido magnético animal”, no corroborar que las prácticas de Mesmer fuesen efectivas . Concluyeron que no había evidencia de la existencia de tal fluido, por lo que menospreciaron la obra de Mesmer y aseguraron que sus incidencias y progresos eran producto de “imaginaciones”.

Magnetismo animal, editado por Cactus, reúne los textos en los que el propio Mesmer (1734-1815) presenta ese fluido universal que creyó encontrar tanto en el movimiento de los astros, como de las mareas, como en todos los cuerpos vivientes. No solo suma las entretenidas crónicas de sus curaciones y de las reacciones de la época. Lo que lo hace aún más valioso, y es el gran mérito del texto de presentación de Isabelle Stengers -cuyo comienzo puede leerse al final de esta nota-, es que nos muestra por qué el desatino de Mesmer todavía sigue interesándonos hoy.

La ciencia experimental, señala Stengers, está sometida a la parábola del farol: un hombre perdió sus llaves y las busca debajo de un farol encendido. Alguien se acerca y lo ayuda a buscar. Al cabo de un rato, se atreve a preguntarle si está seguro de que las perdió allí. “No, responde el otro, en absoluto, pero es el único lugar donde puedo ver algo”.

Lo que se revela es la inherencia entre la medicina moderna y una especie de personaje conceptual, el “charlatán moderno”, personaje que Mesmer encarnaría a la perfección, y que nunca puede ser extirpado del todo de su seno. Este charlatán es moderno porque, aunque no lo satisface, se para sobre el mismo suelo que el método teórico-experimental.

Entonces, a diferencia del modo definitivo en que la química se desentiende de la alquimia, o la astronomía se despega de la astrología, la medicina no puede desterrar tan fácilmente esa sombra. La tarea, si hubiera una, podría ser la de desacostumbrarla a ver solamente “bajo la luz de un farol”.

Así empieza “Magnetismo animal”

"Magnetismo animal", de Franz Mesmer, editado por Cactus.
"Magnetismo animal", de Franz Mesmer, editado por Cactus.

El médico y el charlatán (por Isabelle Stengers)

Todos lo sabemos, estamos convencidos de que nuestra medicina es muy diferente de la que practicaban los médicos de Molière o de Luis XIV. De una manera o de otra, se ha vuelto “moderna”, a la manera del conjunto de nuestros saberes y nuestras prácticas que se pretenden racionales. Esa es la evidencia, pero quisiera interrogar dicha evidencia. No para denunciarla y mostrar que, más allá de las apariencias, nada cambió, sino con el fin de captar de un modo un poco más preciso “lo que” cambió. Y para ser todavía más precisa, “lo que” cambió para el médico, para el que practica la medicina.

El conjunto de los saberes que hoy se acumulan a propósito de los organismos vivientes, el conjunto de las técnicas de análisis bioquímico y metabólico, de los medios de visualización y puesta en imagen no estarán ausentes de la escena, pero no ocuparán la posición central relegando a la medicina al rol de correa de transmisión entre un paciente individual y un saber biológico general. Tampoco ocuparán la posición central el conjunto de las instituciones, industrias, regulaciones administrativas, modos de financiamiento que no obstante contribuyen a modelar las prácticas médicas.

En resumen, no se trata de hablar de la medicina en general, con sus problemas, sus inercias, sus ambiciones, sus círculos más o menos viciosos o sus derivas más o menos incontrolables. Mi pregunta tampoco tiene nada de sociológica. No me interesa saber “quién” es el médico, sino “qué” significa ser médico desde que nuestra medicina es moderna: tratar con un “cuerpo que sufre”, y tratar con él en el marco de una práctica que se pretende racional. En suma: ¿qué significa, para el médico, el hecho de depender de una práctica racional?

Se plantea un primer problema. Desde que existe eso que llamamos las ciencias modernas, cada saber, cada práctica que se pretende racional, debe situarse en relación con esa referencia. Ahora bien, en el espectro de las estrategias retóricas y/o prácticas desplegadas a ese efecto, la medicina representa un caso bastante particular, y eso al menos por tres razones.

Por una parte, se trata de una práctica que podemos llamar inmemorial: en todas las civilizaciones, en todos los grupos humanos, en todas las culturas, existen y existieron sanadores designados como tales, y saberes terapéuticos transmitidos de generación en generación.

Por otra parte, la voluntad de definir la medicina como práctica racional es, desde el punto de vista histórico, bastante independiente de la producción de prácticas que, por nuestra parte, juzgaríamos como racionales en el sentido de que mejoran de manera sistemática las posibilidades de cura de un enfermo. En otros términos, no hay “Galileo” de la medicina, quien cree al mismo tiempo un discurso, una práctica y una diferenciación con el pasado que nos obligarían a reconocer que, de una manera u otra, “comienza la historia de la medicina moderna”. Por supuesto, uno puede estar tentado de poner a Pasteur o a Koch en ese rol, pero intervienen muy tarde, en una época en la que cada quien piensa que la medicina se volvió moderna de allí en adelante.

Por último, la medicina como profesión, autorizada por un diploma, fruto de una enseñanza organizada por los propios médicos, antecede en mucho a la aparición de las ciencias modernas. En Europa, la medicina se enseñaba en la universidad medieval, y ya en esa época había emprendido una lucha, que continúa hasta hoy, de los médicos diplomados contra los “sanadores” heterodoxos o tradicionales. Desde este punto de vista, que es el de la reglamentación del derecho de curar, la historia de la medicina occidental muestra una gran continuidad.

¿En qué momento se pasa de un derecho corporativo –que designa a la medicina como profesión que defiende su monopolio– a un derecho que podría efectivamente, es decir, para nosotros, presumir de racionalidad, un derecho que podría invocar una “verdadera” diferencia entre las prácticas de los médicos y las de los charlatanes? Es tema de discusión caso por caso y, todavía hoy, la diferencia no siempre es muy clara. Sin embargo, quisiera construir mi abordaje de la medicina llamada moderna a partir de la cuestión del “charlatán”, y más precisamente a partir de la transformación del modo de denuncia del que es objeto el “charlatán” y de la transformación de su identidad.

Franz Mesmer, padre de la hipnosis y del magnetismo animal.
Franz Mesmer, padre de la hipnosis y del magnetismo animal.

Esta elección traduce ante todo el hecho de que, en medicina, el tema de la racionalidad tiene un acento polémico que no tiene en ninguna otra parte. Por supuesto que la química se diferenció de la alquimia, la astronomía de la astrología, la biología darwinista de la doctrina “fijista” de las especies, de un modo polémico. Pero en todos esos casos la polémica forma parte del relato de los orígenes o de la pedagogía instructiva. El astrólogo no obsesiona al astrónomo, que no experimenta ningún temor de que lo confundan con ese “otro” con quien generalmente, además, nunca se ha encontrado. Ningún procedimiento propio del oficio de astrónomo apunta a establecer la diferencia con el saber de los astrólogos. La polémica es emblemática, pero no crea obligación ni problema. En el caso de la medicina, en cambio –y piénsese aquí en las medicinas llamadas “alternativas”–, la referencia al charlatán sigue siendo central, se la recuerdan y se la vuelven a explicar incesantemente al público, a la prensa, a los poderes públicos, y organiza también de manera implícita, lo veremos, la investigación médica y farmaceútica.

Esta elección traduce también la posibilidad divertida de señalar una “escena inaugural”, es decir, un momento preciso y a la vez un episodio de múltiples facetas donde están explícitamente reunidas, identificadas y exhibidas las apuestas y los dilemas en los cuales propongo reconocer la medicina moderna.

Esa escena se sitúa en París en 1784. Se designan dos comisiones para investigar las prácticas del médico vienés Franz Anton Mesmer, y sobre todo para someter a prueba las pretensiones que fundan esas prácticas. Según Mesmer, la tina en torno a la cual se reúnen sus pacientes concentraría un fluido magnético que, mediante las crisis que suscita, tendría el poder de ocasionar las curas que le han dado su fama. Sabemos que el fluido mesmeriano no forma parte del arsenal terapéutico moderno, y que por lo tanto no resistió la investigación.

Sin embargo, hay que subrayar que en ese tiempo el “magnetismo animal” de Mesmer era sin lugar a dudas candidato a fundar una medicina finalmente científica. La referencia a un fluido desconocido, al que solo serían sensibles los seres vivientes, no lo descalificaba a priori. Es invisible, de acuerdo, ¿pero no sucede lo mismo con la atracción newtoniana, cuya existencia fue reconocida a partir de sus efectos? En este sentido, la tina de Mesmer podría haber sido reconocida como un dispositivo a la vez terapéutico y demostrativo, dado que su poder curativo constituiría al mismo tiempo la demostración de la existencia del fluido que explica sus efectos.

Podría haber sido reconocida… si el dispositivo de Mesmer hubiera resistido a su “puesta en controversia”. Con el doctor Léon Chertok, estudié en detalle el procedimiento de la comisión nombrada por el rey Luis XVI, a la que pertenecían los grandes científicos de la época, como Lavoisier y Benjamin Franklin. Alcanza con decir que, tras haber intentado sin demasiado éxito “depurar” los fenómenos que sucedían alrededor de la tina del magnetizador Deslon (Mesmer les había cerrado la puerta a los investigadores), tras haberse sometido ellos mismos al “fluido”, después de haber sometido a algunos pobres, después a personas de alta sociedad, todo eso sin poder zanjar la cuestión, la comisión inventó un método de investigación mucho más activo. Pidió a un magnetizador cómplice que magnetice a un “sujeto dotado” sin avisarle, que simule magnetizar a otro sujeto, o incluso que magnetice un lugar del cuerpo de un sujeto que tiene los ojos vendados anunciándole que le magnetizaba otro. La comisión pudo entonces concluir que “el fluido sin la imaginación es impotente, mientras que la imaginación sin el fluido puede producir los efectos que se le atribuyen al fluido”. En resumen, hasta donde sus efectos demostraban su existencia, el fluido no existía.

Esta escena va a acompañarnos y el primer elemento que extraería de ella es la nueva definición de “charlatán” que conlleva. Con el fin de explicar las curas que a pesar de todo se producían sin lugar a dudas en torno a la tina de Mesmer, la comisión “interdisciplinaria” observó: “Se ven hombres, atacados según parece por la misma enfermedad, que fueron curados siguiendo regímenes contrarios y adoptando regímenes completamente diferentes; la Naturaleza es por lo tanto lo suficientemente potente como para mantener la vida a pesar del régimen equivocado, y para triunfar a la vez sobre el mal y el remedio. Si ella tiene ese poder de resistir a los remedios, con mayor razón tiene el poder de operar sin ellos”.

En cuanto a la segunda comisión, compuesta únicamente por médicos, fue más allá: “La esperanza que concibieron los pacientes, el ejercicio al cual se entregaron todos los días, la interrupción de los remedios de los que podían abusar anteriormente y cuya cantidad es tan a menudo perjudicial en este caso, son causas repetidas y suficientes de los resultados que se dice haber observado en circunstancias semejantes”.

En otros términos, la cura no prueba nada. Propongo definir la medicina en el sentido moderno, por oposición a las terapias tradicionales o a la medicina medieval, no por una doctrina o por prácticas, que están en mutaciones continuas, sino por la conciencia de ese hecho. Posee un correlato: el objetivo perseguido por la medicina (curar) no basta para hacer la diferencia entre práctica racional y práctica de charlatán. El imperativo de racionalidad y la denuncia del charlatán se vuelven en este sentido solidarias: el charlatán es definido de ahora en más como aquel que reivindica sus curas como pruebas.