Se publica en España y pronto en Suramérica el libro que Nayib Bukele pidió censurar: “Sustancia de hígado”

Por un cuento, que denuncia abusos a los derechos humanos en El Salvador, este libro de la escritora Michelle Recinos no pudo presentarse en el Festival Internacional del Libro de Guatemala.

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El libro censurado por Nayib Bukele, "Sustancia de hígado".

Durante la pasada edición del Festival Internacional del Libro de Guatemala (FILGUA), el gobierno de Nayib Bukele pidió cancelar la presentación del libro Sustancia de hígado, de la escritora y periodista salvadoreña Michelle Recinos, amenazando con retirarle su patrocinio al evento cultural y literario si la joven autora se hacía presente en el mismo.

Todo por un cuento titulado “Barberos en huelga”, qud realiza una crítica directa al régimen de excepción impuesto por Bukele, el cual ha resultado en detenciones masivas sin procesos judiciales justos.

El cuento refleja la dura realidad de un país ficticio con una militarización desbordada en el cual se captura a los jóvenes por su apariencia, reflejando una cruda analogía con la situación real en El Salvador. Esta crítica directa al gobierno desató una reacción desproporcionada y alarmante por parte de las autoridades.

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El presidente de El Salvador, Nayib Bukele. EFE/Rodrigo Sura

Publicado originalmente por el sello F&G Editores, el libro ha llamado la atención de la prensa y los lectores en distintas partes de Hispanoamérica.

Para nuestra fortuna, la censura de Bukele no ha impedido que su contenido se difunda, y ahora, de la mano de la editorial Altamarea, Sustancia de hígado acaba de publicarse en España y será distribuido a partir de diciembre en Colombia, México, Argentina, Chile, Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador y Venezuela.

En él, la violencia impregna cada una de las historias, de la misma forma, reza la contraportada, en que esta parece haberse asentado en el mundo actual, es decir, como un aparato sistemático, común, tan habitual que ya solo genera indiferencia.

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El poder estatal se manifiesta con distintos grados de dureza; otras veces, esta violencia surge de manera sutil en la cotidianidad de personajes que han perdido la capacidad de reaccionar.

Los lectores y lectoras encontrarán historias sobre madres que deben vender a sus bebés ante la necesidad y terminan convirtiéndolos en herramientas publicitarias; empresas que se lucran con el sufrimiento de víctimas de violación o la representación de chicas desaparecidas como si fueran modelos en la prensa.

La realidad retratada por Recinos, así como la caracterización de sus personajes, revela mucho de nuestra condición como individuos ingenuos, fracturados y resignados a sufrir.

El libro censurado por Nayib Bukele, "Sustancia de hígado"

A pesar de la restricción en Guatemala, Recinos ha encontrado espacios alternativos para compartir su obra con el mundo. De hecho, presentará el libro en la próxima edición de la Feria del Libro de Guadalajara, en México.

Su caso, como el de tantos otros escritores y escritoras que se han visto silenciados por el abuso de poder, resalta la importancia de la libertad de expresión en la sociedad, evidenciando la fragilidad de esta libertad cuando los intereses gubernamentales entran en conflicto con la narrativa crítica.

La censura de Sustancia de hígado pone en tela de juicio el delicado equilibrio entre el poder estatal y la expresión artística, abriendo una discusión necesaria sobre los límites de la crítica y la libertad en el arte.

La literatura, lejos de ser un mero entretenimiento, se erige como un espejo que refleja las verdades incómodas y, en ocasiones, estas verdades resultan demasiado punzantes para los oídos de aquellos en el poder.

Así comienza “Barberos en huelga”, el cuento de Sustancia de hígado que incomodó a Nayib Bukele

Día 1

Todo bien. Amaneció soleado. En San Carlos siempre hace sol, pero el de hoy es distinto: es un sol de cambio. La suela de mi zapato no parecía derretirse por el calor en la acera del mercado central. Todo bien.

Los soldados estaban por todas partes. Entendí, por lo que escuché en las noticias, que los pendejos de la Asamblea habían aprobado algo para sacar soldados a la calle y llevarse presos a los maleantes. Que porque nadie, ni siquiera ellos, al parecer, aguantaba la violencia afuera del Palacio Azul. Porque nadie, ni siquiera ellos, al parecer, sabía qué más hacer.

Y sí, había soldados en la calle Lempa, por toda la 47, afuera del Estadio, cerca del Morales... Donde veías, había uno. Es bueno, pienso. Caminar y mirar. Solo eso hacen. No hablaban, ni siquiera entre ellos.

A menos que fueras mujer. Joven y chula, pues. Es bueno, pienso.

Los de la Universidad —los culeros de la Universidad— los odian. Algo deben, de seguro. Había un grupito con rótulos y pancartas cerca del Morales. No alcancé a ver qué decían, pero, de seguro, puras pendejadas.

Iba tarde al taller, pero todo bien. Amaneció soleado en San Carlos. Es bueno, pienso.

Día 4

Salí de la casa un poco más temprano. Yo quería desayuno de la niña Mirna, la que se pone ahí por la terminal de buses. Pasé casi quince minutos buscando la plancha y el carrito de súper. Ahí, donde antes vendía los pancitos con frijol, hay soldados. Pero los hijos de puta no me pudieron explicar que la maitra se había ido tres calles más abajo, donde hay menos de ellos. De verdad que no hablan esos pendejos.

Pero es bueno, pienso.

El hijo de niña Mirna está bien grande ya. No lo veía desde que pasaba por aquí camino a la U. Él me despachó. Buena onda el cabrón. Lástima el corte de pelo que andaba. Pero, pues sí, todos somos bichos alguna vez y nos hacemos pendejadas en el pelo, ¿va?

Había más gente con los de la Universidad. Seguían ahí, por el Morales. Pero hoy, los soldados estaban más cerca de ellos. ¿O es que había más?

Día 6

Pedro Lena salió en el noticiero de las doce. Lo que alcancé a oír —porque había una gran bulla en el comedor— es que una federación extranjera de fútbol playa le entregó un reconocimiento. Anda volando. La última vez que vi su cara fue en un gran anuncio de yinas cerca de la autopista.

Al Cabrita Lena, como lo conocían, lo habían usado de estandarte de superación desde que armaron la selección nacional de fútbol playa. El tipo no sabía leer ni escribir. Vivía de la pesca, en una islita al oriente del país.

Los funcionarios se peleaban por tener fotos con él. Pero solo cuando el equipo conseguía oro en cualquier competición internacional. Después, el cabrón y los siete hijos que tenía todavía vivían en una choza sin cagadero a la orilla del mar.

Pero, pues, ahí estaba. Le habían dado un reconocimiento.

El presidente de la Federación Nacional de fútbol playa ya no es el presidente de la Federación Nacional de fútbol playa. Lo sé porque el viejo gordo que había estado al frente en cada conferencia, inauguración de torneo, o cualquier cosa que le involucrara ante las cámaras, había sido reemplazado por un tipo seco, moreno y de pelo cortado al ras. Supe, por el apellido, que el nuevo era familiar del presidente de la República. ¿Qué habrá sido del gordo?

No pude escuchar las declaraciones de Cabrita Lena. Unos soldados hijos de puta llegaron a pedir comida y le cambiaron a un partido de repetición del Mundial del 2006. Lo único que se me quedó fue el corte de pelo del jugador. Qué pelo más mierda.

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