La artista que viajaba a dedo de Milán a Jerusalén vestida de novia y fue hallada muerta en un matorral

La francesa Nathalie Léger investiga la historia de Pippa Bacca y su “peregrinación antibelicista” que quedó trunca por un trágico final. “Cuando le leí este libro, mi madre me dijo ‘Me salvaste’. Dos meses después, murió”, afirma la escritora en esta entrevista.

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Nathalie Léger: "El vestido de novia es la marca ritualizada de un fantasma. Es un signo de pureza pero también es la panoplia del consentimiento, es el signo de un acuerdo pero también la marca de una apropiación".
Nathalie Léger: "El vestido de novia es la marca ritualizada de un fantasma. Es un signo de pureza pero también es la panoplia del consentimiento, es el signo de un acuerdo pero también la marca de una apropiación".

En su nuevo libro, El vestido blanco, la escritora, editora y curadora francesa Nathalie Léger investiga la historia de la artista italiana Pippa Bacca quien, como parte de una performance, se propone viajar desde Milán hasta Jerusalén vestida de novia y trasladarse solo haciendo dedo, pero a las pocas semanas es hallada muerta junto a un matorral en las afueras de Estambul, un asesinato que la autora toma como punto de partida para hablar del valor del arte frente a la violencia, mientras traza una genealogía de otras performances extremas, en figuras como Yoko Ono o Marina Abramovic.

Fue en marzo de 2008 cuando la artista Pippa Bacca emprende una performance “hermosa y demencial”: viajar a dedo desde Milán a Jerusalén vestida de novia, en una suerte de peregrinación antibelicista por una hilera de países en los que aún es palpable el rastro de la guerra, como una forma de reivindicación de la paz. Lo hace enfundada en un vestido blanco y se encuentra con parteras para lavarles los pies y secarlos con la tela de su vestido. Y sólo viaja a dedo como una forma de confianza en el otro, tal como reveló a un periodista en los primeros días. Su nombre no es Pippa y eso también es parte de la performance.

Giuseppina Pasqualino di Marineo, tal su nombre real, es sobrina del reconocido artista Piero Manzoni, hermano de su mamá, y al final de su ambiciosa obra de arte planea exhibir el vestido blanco utilizado durante la travesía junto a otro idéntico pero que nunca fue usado. Dos vestidos, uno nupcial, blanco, intacto y otro literalmente de posguerra, aunque esa exposición nunca llegó a suceder. El trágico final de Pippa fue noticia en diarios de todo el mundo. La violaron, la asesinaron y su cuerpo, enterrado, fue encontrado días más tarde.

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Una década después, la autora francesa Nathalie Léger descubre la historia de Pippa a través de un alumno -cuando le toca ser jurado en una escuela de arte- y estremecida por el fatal desenlace comienza una investigación para indagar en los motivos que llevaron a la joven a emprender ese viaje extremo, ese insondable gesto artístico.

"El vestido blanco", de Nathalie Léger, editado por Chai.
"El vestido blanco", de Nathalie Léger, editado por Chai.

“Sería un error decir que fueron los buenos sentimientos de Pippa los que hicieron que me atrajera su historia”, revela la autora en una parte del libro “sino el hecho de haber querido reparar algo desproporcionado con su viaje y no haberlo logrado”.

Mientras avanza en la investigación, Léger visita a su propia madre quien le pide que dé voz también a su verdad. “La violencia es una sola”, le dirá la mujer a su hija, una frase que se volverá clave para el desarrollo de la escritura. En los años 70, la madre de Léger sufrió un trato “humillante e injusto” durante el divorcio con su padre, fue acusada de “incumplimiento reiterado de sus deberes como esposa” por un tribunal judicial.

Entonces, con una escritura hipnótica, la francesa termina hilvanando en El vestido blanco (Chai Editora) dos historias de mujeres que a simple vista no tienen absolutamente nada en común. Pero además se zambulle en una genealogía de performances como la de Yoko Ono, cuando pidió al público que corten retazos de sus ropa con unas tijeras, o la de Marina Abramovic que, vestida de novia, se sentó durante cuatro días sobre una pila de huesos de animales y comenzó a limpiarlos con un cepillo.

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“Al descubrir la existencia de esta joven artista Pippa Bacca supe, rápidamente, que quería seguirla por los caminos, entender lo que había querido hacer, entender esta necesidad de absoluto, esta necesidad casi absurda de salvar al mundo. Quise, frente a este crimen, acercarme a su soledad y a su obstinación”, dice la escritora francesa Nathalie Léger, en una entrevista con Télam traducida por Ariana Daniele.

Sobre la investigación que realizó sobre la artista muerta, dice la autora: “Ninguna documentación puede abarcar la totalidad de una existencia. Nos queda únicamente el detalle, la anécdota, el fragmento minúsculo para acercarnos, con cierto estremecimiento, a la vida de otro. Esta mujer existió, soñó, deseó, y fue asesinada. Hablar de ella, compromete. Es una responsabilidad”.

(Télam)
(Télam)

-A lo largo del libro se va hilvanando la historia de Pippa con tu historia familiar, específicamente con la de tu madre y el trato humillante e injusto que padeció durante su divorcio en los años 70. ¿Cómo apareció la idea de vincular dos historias de mujeres que en apariencia no guardan ninguna relación? ¿Sabías desde el principio hacia dónde se dirigía la escritura?

-No, no lo sabía, no sabía nada, no se sabe nada cuando se escribe. La narradora quiere contar la historia de Pippa Bacca, comprenderla, darla a conocer, pero no puede porque su madre le pide que haga justicia, que repare su propio sufrimiento. Pero no son dos historias, es una sola imbricación en torno a la idea de justicia: una chica quiere hacer justicia y una madre grita venganza. Es un mismo texto, un mismo tejido, el tejido en el que están atrapadas las mujeres, y que toma la forma de un vestido blanco, ese gran emblema y siniestro chiste: la alienación disimulada bajo la belleza y la fantasía de lo inmaculado. Una cosa es cierta: fue la historia de Pippa Bacca la que me permitió finalizar el ciclo sobre mi madre. Cuando le leí el texto, muy simplemente, como aliviada, mi madre me dijo: “Me salvaste”. Y dos meses después, murió.

-Viajaste desde París hasta Milán pero, según decís, no fuiste capaz de reunirte con la madre de Pippa Bacca, justo después del encuentro con un periodista que te dijo que la literatura siempre tiene algo de obsceno, de impúdico. ¿Por qué resultó tan importante esta frase? ¿Coincidís con la idea de que la literatura es obscena?

-Lo que el periodista le dice a la narradora es que para él, siendo periodista, es más fácil ir a entrevistar a los allegados de un asesinato, aquellos que están sumidos en el dolor y en lo impensable, porque un periodista contribuye a la investigación, al esclarecimiento del asesinato, a la movilización de la opinión pública y de la justicia. ¿Qué hace la narradora? Llega diez años más tarde y no contribuye en absoluto a esclarecer los hechos. Trabaja únicamente para elucidar la vida en su contradicción, en su opacidad. Sí, la literatura es obscena, en el sentido de que habla de la turbación del desconcierto, de lo impuro, designa lo insoportable sin juzgarlo. La policía, el poder judicial y el periodismo constatan los hechos. La literatura escruta obstinadamente un punto ciego, fuera del escenario, y es a su manera que nos dice verdades esenciales.

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-Cuando hablas del fallo del tribunal que acusó a tu madre de “incumplimiento reiterado de sus deberes como esposa” te referís a la justicia como “una gran provocadora de ficciones”. ¿Podés ampliar este concepto?

-¿Qué es la justicia? Un acto de habla. Se hace justicia a través de las palabras, del lenguaje. Un juicio que entabla un marido contra su mujer, ¿qué es? Para entenderlo, basta con leer las actas del doble juicio que fue entablado contra mi madre porque mi padre quería, no sólo abandonarla, sino que la culpa fuera suya. Un juicio de los años 70 totalmente banal y aberrante, insoportable en su propia banalidad. Basta con leer esta violencia ordinaria, esta estupidez, los falsos testimonios, las mentiras. Lo que en derecho se conoce como “palabra contra palabra”. Esto quiere decir simplemente: ficción contra ficción. Esto, la justicia, no puede reconocerlo. La historia familiar que se narra en el acta del juicio es, en parte, la mía. Por lo tanto, puedo afirmar con toda tranquilidad que la historia que se contó durante la instrucción, como se suele decir, no era más que una mezcla de mentiras y ficciones. Pero, una vez más, ¿acaso la realidad puede ser contada de otra forma?

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-Mencionas en el libro la recurrente presencia del vestido de novia en las performances de arte, ¿A qué creés que se debe? ¿Encontraste nuevos simbolismos en el vestido nupcial durante la escritura de este libro?

-Nicky de St Phalle, Yoko Ono, Jana Sterbak, Sophie Calle… Toda la historia de la performance está marcada por el trabajo de artistas que han hecho del vestido uno de los objetos privilegiados de su trabajo y, en particular, del vestido de novia. Por supuesto, de este emblema, es decir, de esta construcción social. El vestido de novia es la marca ritualizada de un fantasma. Es un signo de pureza pero también es la panoplia del consentimiento, es el signo de un acuerdo pero también la marca de una apropiación, en fin, es una red muy densa de representaciones que los artistas han enaltecido (principalmente en el cine y, en general, por hombres) o destruido (y aquí las mujeres han puesto todo su empeño).

-¿Por qué?

Las mujeres encontraron en la performance una forma que les ha permitido con resplandor, con una increíble inventiva transgresora, desplazarse y romper las representaciones en las que estaban, en las cuales están y en las cuales estamos enjauladas. La performance, por más fugaz que sea, es siempre una protesta. Las mujeres encontraron en la performance una forma de poner en juego sus cuerpos, pero no tanto el cuerpo de cada una sino, más bien, en cada una el cuerpo de la mujer, esta figura sobrecargada de expectativas, de obligaciones, de prohibiciones, de deseos, de miedos, de secretos y de poder. Todo esto sólo puede ser dicho en un gesto sobreexpuesto. Pippa Bacca lo vuelve signo de una adhesión, de un acuerdo, de una unión, tal vez, incluso, de una redención. Y, al final de su historia, el vestido blanco se convierte en su sudario.

Fuente: Télam S.E.

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