Si nuestra vida ocurre en distintas dimensiones, ¿qué es lo real? La respuesta de un filósofo

En su último libro, el pensador alemán Markus Gabriel muestra cómo los personajes de ficción actúan en nuestra mente e influyen el mundo. De Shakespeare y Borges a las redes sociales.

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Markus Gabriel y su libro "Ficciones".
Markus Gabriel y su libro "Ficciones".

Una tarea esencial de la Filosofía consiste en captar el espíritu de la época para criticarlo, dice el filósofo alemán Markus Gabriel. Y en nuestra época, ese espíritu parece orientarse hacia una única meta: distorsionar la diferencia entre lo que es y lo que aparenta ser. Aunque quizás resulte obvio, este problema es terminológica e intelectualmente complejo, y también tan antiguo como la Filosofía misma, a la vez que su sola mención nos parezca por completo contemporánea.

Al comienzo de Ficciones, su nuevo libro traducido al castellano, Gabriel lo explica así: “El hecho de que algo pueda ser medido de un modo demostrable por las ciencias naturales se convierte en un criterio metafísico de su realidad. Aquello que no satisface esta característica es introducido en la categoría de las ficciones descrita de una manera poco cuidadosa y de la cual ya nadie es responsable desde el punto de vista científico”.

A primera vista, de lo que se trata es de trazar (o restituir) una diferencia bien pensada entre lo que es y lo que aparenta ser. Pero en un segundo análisis, de lo que también se trata es de prestar atención a los poderes, las instituciones y las fuerzas sociales que dirimen la calidad de esa diferencia a la medida de sus necesidades. Por las dudas, una salvedad: cuando pensemos en las “ciencias naturales”, no deberíamos visualizar en nuestra imaginación al científico paradigmático que intenta determinar qué es real y qué es falso en beneficio del progreso desinteresado de la civilización.

Por el contrario, antes deberíamos reubicarnos en el ámbito privado de los grandes accionistas de Silicon Valley, donde las “ciencias naturales” están representadas por una casta de programadores desencantados, ocupados en diseñar el próximo algoritmo que cooptará la mayor porción posible de nuestra atención en redes sociales aceitadas con noticias falsas, “influencers” e indignaciones. Y, por supuesto, en Silicon Valley los programadores nunca hacen nada gratis.

“Internet es esencialmente una máquina de apariencias, porque en su propio medio no permite diferenciar entre información genuina y falsa”, escribe Gabriel. Y en anticipación a quienes, frente a este escenario, pudieran sentirse tentados de declararse víctimas pasivas de las máquinas, Gabriel agrega: “La infraestructura digital de ningún modo tiene lugar en nuestras cabezas, sino que es un sistema social que produce un efecto en dimensiones materiales-energéticas”. Ahora bien, ¿en qué medida este escenario alrededor del sentido de nuestra realidad involucra a la literatura?

Algunas paradojas filosóficas de la literatura

El motivo por el cual Markus Gabriel aterriza sobre la literatura para criticar al espíritu de la época es una paradoja: la apariencia es ser. ¿Y esto qué significa? En principio, que la oposición entre lo que algo es y lo que algo aparenta ser debería reconsiderarse con cuidado, ya que la verdadera diferencia entre una cosa y la otra sólo quedará iluminada cuando entendamos el proceso de su mutua codependencia. Al fin y al cabo, “no nos evadimos de la realidad por engañarnos o ser engañados con respecto a ella”, explica Gabriel, “pues lo real es aquello de lo cual no logramos tomar distancia”.

En otras palabras, “cada intento de fuga de la realidad fracasa porque estamos involucrados, porque aquello de lo que intentamos escapar –la realidad– a lo sumo se modifica mediante nuestra imaginación”. Por lo tanto, “ningún pensamiento ni actividad la hace desaparecer”. Las historias literarias son un buen ejemplo, ¿o personajes como Lady Macbeth, Ana Karénina o Jed Martin, creados y narrados en sus obras por William Shakespeare, León Tolstói y Michel Houellebecq, son meras ficciones sin ninguna trascendencia existencial en las vidas de quienes los han leído?

William Shakespeare. Creador de ficciones que actúan en nuestras mentes.
William Shakespeare. Creador de ficciones que actúan en nuestras mentes.

Esta es la razón por la que necesitamos “una teoría de la ficcionalidad mejorada ontológicamente para considerar la circunstancia de que la vida mental del ser humano se consuma en dimensiones que van mucho más allá de nuestra presencia en las escenas de estímulo sensorial”, explica Gabriel, puesto que “las ficciones son consumaciones en el espacio de esta trascendencia”. Entonces, ¿estamos en condiciones de saber qué es y cómo existe realmente lo que leemos bajo los códigos de la ficción y la imaginación?

A su manera, también el filósofo Slavoj Žižek comparte lo esencial de esta idea al describir cómo funciona lo que podríamos llamar “la ficción de las cortesías”. En El acoso de las fantasías lo explica con un ejemplo más mundano que el acto de leer una gran novela: “Cuando, tras una feroz competencia con mi mejor amigo por un ascenso en el trabajo, gano, lo correcto es que me ofrezca a retirarme para que él pueda recibirlo, y lo correcto para él es rechazar la oferta. De este modo, quizás nuestra amistad pueda salvarse…”, escribe Žižek.

Lo que ahí tenemos es un “intercambio simbólico en su forma más pura”, señala Žižek, una ficción, “un gesto hecho para ser rechazado cuya magia es que, si bien al final estamos nuevamente donde empezamos, el resultado total de la operación no es cero, sino una clara ganancia para ambas partes, el pacto de solidaridad”. De vuelta al ejemplo literario de Gabriel, ¿no es esto mismo lo que ocurre cuando “ficciones” como Lady Macbeth se convierten en “acontecimientos mentales” de nuestra vida? ¿O acaso podríamos decir que, porque se trata de un personaje inexistente en términos sensoriales, Lady Macbeth no habrá cambiado para siempre nuestra real percepción de la ambición después de conocer su historia?

Algunas paradojas políticas de la literatura

Este es el comienzo de lo que Gabriel, a lo largo de su análisis crítico de algunas teorías literarias, llamará una “experiencia estética” en la que nos representamos la existencia de un determinado personaje en tanto que intérpretes. Pero, ¿qué es lo que corresponde en esta “experiencia estética” al autor? ¿Cuál sería el rol de Shakespeare, Tolstói o Houellebecq? En principio, dice Gabriel, lo que los autores proveen a través de sus obras no son directivas unívocas para interpretar a sus personajes, sino un “espacio de juego” a libre disposición de los lectores.

Por otro lado, “jamás dos receptores interpretan una obra de arte de manera idéntica”, subraya Gabriel, “ya que, en última instancia, nuestra creación de coherencia en la experiencia estética es individual”. Sin embargo, este otro aspecto de la literatura ha motivado siglos de reflexión. Sin ir más lejos, ¿qué podría pasar en una sociedad si una obra de arte fuera creada para ser interpretada de una misma manera por todos los individuos a su alcance? En su ya célebre Marxismo y crítica literaria, el crítico británico Terry Eagleton explora esta paradoja al repasar la historia del llamado “realismo socialista” en la literatura soviética de los años de Stalin.

“Esto alcanzó su punto crítico en 1934, en el Primer Congreso de Escritores Soviéticos, que adoptó el realismo socialista como doctrina oficial, redactada por Stalin y Gorky y promulgada por Zhdánov, el matón cultural de Stalin”, cuenta Eagleton. “La doctrina establecía que el deber del escritor era conocer la vida, para saber representarla fielmente en las obras artísticas como realidad en su desarrollo revolucionario, tomando en cuenta, además de la veracidad y la concreción histórica de la representación artística, el problema de la reforma y la educación de los trabajadores en el espíritu del socialismo”.

Es evidente que el “espacio de juego” propuesto por Gabriel para los autores, en estas circunstancias, quedaría por razones tan filosóficas como las suyas (aunque tal vez no tan defendibles) restringido a un único juego viable. Pero es precisamente por eso que Eagleton podrá preguntarse algo que también resuena en el fondo de todas las causas por las cuales personajes ficticios tan distintos como Lady Macbeth, Ana Karénina o Jed Martin llegan a convertirse en “acontecimientos mentales”. Y esa pregunta es: ¿qué es lo que la literatura “refleja” de la realidad?

Para Eagleton la idea de una literatura que “refleja” la realidad como un espejo está equivocada. De hecho, “la literatura no se encuentra en una relación refleja, simétrica, uno a uno con su objeto”, sino que “el objeto se encuentra deformado, refractado, disuelto: reproducido menos en el sentido en que un espejo reproduce a un objeto que en la manera en que una performance dramática reproduce un texto dramático”. En síntesis, lo que le interesa a Terry Eagleton es que la cuestión de que la literatura es mucho más que un mero reflejo de la realidad nos devuelve a la cuestión de la toma de partido. Una toma de partido ideológica, política y filosófica.

Lo que es y no es según Michel Houellebecq y Jorge Luis Borges

Pensar una “ontología de la ficcionalidad”, como Markus Gabriel llama a la pregunta por lo que la literatura hace en la vida de los lectores, significa pensar en qué planos existe una narración literaria. Al tomar el ejemplo de El mapa y el territorio, la novela de Michel Houellebecq en la que se tematiza el rol estético y mercantil del arte contemporáneo, Gabriel distingue distintos niveles de realidad. Su protagonista, Jed Martin, existe según Gabriel en el “campo de sentido” de El mapa y el territorio, pero no existe donde el propio Markus Gabriel y nosotros nos encontramos. Lo que sí existe en este otro plano de la realidad es la novela de Houellebecq, así como la interpretación que Gabriel y nosotros hacemos de ella.

Pero el verdadero problema es que El mapa y el territorio está ambientada en París, y París sí existe tanto en la novela como fuera de ella. Sin duda, es sencillo llegar a la conclusión de que estas dos formas o ámbitos en los que París existe no nos remiten a una misma y única París (ya que una es real y la otra no, por lo que no se trata de la misma París). Pero las cosas se complican un poco más cuando se considera con atención lo que un autor tan particular como Houellebecq, por ejemplo, es capaz de provocar en la París real cuando escribe en sus novelas sobre una París imaginaria.

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“El poder y, por lo tanto, también el peligro del tipo de ficción que Houellebecq despliega en obras como La posibilidad de una isla o Sumisión consiste precisamente en que presentan algo que parece asemejarse a nuestra realidad, pero que difiere de una manera tal que con ella parece destacarse una posibilidad de nuestra realidad”, escribe Gabriel. En síntesis, lo que Gabriel intenta recordarles a quienes creen que la literatura es pura representación ociosa es que el punto de la ficción no es que nos cuenta algo sobre la realidad, sino que es parte de la realidad misma.

Houellebecq es casi una prueba irrebatible: Sumisión, su discutida novela sobre un gobierno islamista en Francia, llegó a las librerías el mismo día en que el islamismo real atacó y asesinó de manera real a los creadores de la revista satírica francesa Charlie Hebdo. Pero si Houellebecq plantea el problema del ingreso de la realidad en la imaginación, Jorge Luis Borges, por su lado, plantea el problema todavía más extraño del ingreso de la imaginación a la realidad.

Este es el caso de “El Aleph”, donde un narrador llamado Borges nos relata el accidental hallazgo, bajo una escalera en la casa del penoso escritor Carlos Argentino Daneri, de un punto en el que confluyen todos los otros puntos del universo: el Aleph. Es esto, explica Markus Gabriel, lo que nos devuelve al problema de una metafísica de la totalidad absoluta, según la cual “si el mundo existe en la imaginación, entonces existe, más allá de que esté o no ahí afuera”.

Realidad y apariencia en la era de las redes sociales

Una parte central de los planteos filosóficos de Gabriel acerca de “el ser de la apariencia” es que todo aquello que la buena literatura permite pensar se encuentra bajo un acelerado proceso de disolución por efecto del dominio cultural de las redes sociales. Las ramificaciones de este proceso son tantas que lo que George Steiner llamaba “gramática” para referirse a “la organización articulada de la percepción, la reflexión y la experiencia”, como escribe en Gramáticas de la creación, hoy empieza a ser reemplazado por la noción de que sólo existimos en tanto que “usuarios” dotados de una “interfaz gráfica” a modo de conciencia.

Existen muchas novelas que tratan acerca de este tipo de procesos emplazados bajo la figura del “transhumanismo”, e incluso una de las más originales y divertidas, El resto sintético, del argentino Luciano Rosé, se publicó en Buenos Aires el año pasado. Sin embargo, en este punto de su análisis sobre la realidad y la apariencia, Gabriel ya no parece confiar tanto en lo que la literatura es capaz de hacer en favor de los individuos, sino en la certera capacidad de destrucción desarrollada por Silicon Valley contra todo tipo de “esfera pública genuina implementada institucionalmente”.

La esfera privada desaparece en favor de la actividad de publicación de lo privado en la medida cuantificable en que los usuarios de internet producen datos mediante sus comportamientos de búsqueda y publicación al poner su mente, es decir, su autoimagen, a disposición de manera objetivada”, sostiene Gabriel, en sintonía con el mismo tipo de predicamento en contra de las redes de filósofos como Byung-Chul Han.

En tal caso, el asunto en común es el modo en que ciertas personas (en especial los “influencers”, en los que quizás todos estemos destinados a convertirnos) desarrollan una dependencia psíquica, social y en algunos casos laboral de las redes sociales, a partir del modo interesado en que estas hacen coincidir la imagen creada por cada usuario con su propia autorrepresentación.

En otras palabras, toda nuestra existencia se convierte en el activo cotidiano de un conglomerado de empresas privadas que juegan con nuestras ilusiones y nuestras carencias “sin que nosotros nos demos cuenta”, subraya Markus Gabriel. Aun así, si hay una salvación, “depende de que superemos la apariencia cuya estructura profunda se intentó explicar”.

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