“Era una apacible mañana en la siempre desapacible Kimberly Clark Weymouth. Stumpy MacPhail acababa de servirse un café cargado, con doble de leche, doble de azúcar y una cucharadita de mermelada de melocotón. Mientras lo degustaba, chasqueaba los dedos, sus esqueléticos dedos de pianista torpe, y sonreía en dirección a la puerta”. Así comienza La señora Potter no es exactamente Santa Claus, la ambiciosa novela de la catalana Laura Fernández (Bienvenidos a Welcome, La chica zombi) en la que inventa un mundo caóticamente exuberante que se ordena alrededor de un libro.
Con más de 600 páginas y 40 personajes —y la autora ha dicho que para la versión final sacó 200 páginas y 10 personajes—, el argumento es complejo de reducir. Sucede en un pueblito imaginario eternamente blanco de nieve y viento donde Louise Feldman escribió un libro infantil que se convirtió en un clásico, y ahora miles de lectores lo visitan para conocerlo y cargarse de recuerdos en la tienda de souvenirs de Randal Peltzer.
Pero, paradójicamente, los demás habitantes de Kimberly Clark aborrecen todo lo que sucede alrededor de los turistas. Y ahora que Randal ha muerto, su hijo quiere cerrar la tienda. Esta decisión impacta de lleno en el corazón del pueblo y en el argumento de la novela, que explota en miles de historias dentro de otras miles de historias: falsos asesinatos, casas embrujadas por fantasmas profesionales, detectives, chicos dedicados a estudiar la escritura.
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La novela, que ha recibido elogios de Rodrigo Fresán y Manuel Vilas, entre otros, se publicó el año pasado y ya ha recibido varios premios, incluyendo El Ojo Crítico de Narrativa 2021. En algunas reseñas se dice que tiene el efecto alucinógeno de Alicia en el País de las Maravillas donde lo delirante de la trama se ramifica en interrogantes sobre la maternidad, el arte, la escritura y, sobre todo la lectura. La señora Potter no es exactamente Santa Claus es un hermoso y alocado homenaje a los lectores.
Fernández habló con Infobae Leamos en una nueva visita a Buenos Aires, ciudad a la que esta vez llegó invitada por el festival de literatura Filba para participar en distintas actividades, entre ellas, el panel “Un lenguaje propio, una lengua común” junto con Nona Fernández y Javier Serena.
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—En ese panel dijiste: “En Cataluña es una zona de conflicto hablar”. ¿Podrías profundizar eso?
—Como Cataluña es una zona con dos lenguas, en algún sentido es una opción política escribir en una lengua u otra. Pero tú no la decides, la deciden tus padres. La lengua materna es, al final, una lengua materna. Yo nací en el 81 y la dictadura acabó en el 78. Para la gente de Cataluña, que ha vivido la dictadura sin poder hablar su lengua, sentían que los que les hablábamos en español era una forma de agresión. Yo no era consciente; para mí, como niña, era mi lengua. Digamos entonces que, para esta novela, entre lo malo y lo peor, yo no elegí nada. Porque el escritor es cobarde por naturaleza. Cuando me puse a escribir lo hice en ese español ficticio, que es el español de la ficción.
—Es el español que parece salido de una traducción.
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—Y por la misma razón no me gusta ningún contexto ni histórico ni social. Todas mis novelas ocurren en lugares que no existen. Son kafkianas, en el sentido que pretenden ser universales y hablar solo del ser humano. Toman de la ficción aquello que compartimos como lectores para construir un mundo reconocible sin que sea real, pero que para mí es más real que la realidad. A la realidad siempre la contemplo como algo difícil de encajar. Quizá me venga de cuando llegué al instituto, empecé a ver gente que hablaba en catalán y para mí fue un shock. Yo vivía en Cataluña y el catalán era algo que se estudiaba en el colegio como ahora se estudia el inglés.
—¿Hablás en catalán?
—Hablo en catalán y a mis hijos les he hablado en catalán desde el principio. Yo vivía en una ciudad de las afueras; en cambio, en Barcelona, el conflicto no existe de una forma tan fuerte. La gente era mucho más inclusiva. Lo curioso es que, en Cataluña, la gente muy rica habla en castellano porque en la época franquista hablaban castellano. Es difícil de ver desde afuera, pero cuando estás dentro te das cuenta de que la lengua es algo que separa y no une. Y yo, como escritora, entre las opciones A y B, elegí la C.
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—Me imagino que es una pregunta que te deben hacer con frecuencia. No fui demasiado original.
—Pero es una pregunta que allá nadie te hace y es una pregunta importante. Gracias a que vine a Buenos Aires me di cuenta. También, como escritora catalana, cuesta entrar en el conjunto de España porque estás como en la periferia. No entienden por qué siendo catalana escribes en castellano. España es un crisol de culturas muy diverso y muy bonito, pero cuesta que se lleven bien. Hay una mano negra intentando separarnos a todos. Nos queremos muchísimo, pero hay una sensación como de que quieren que estemos siempre en conflicto. Eso no me gusta nada. Yo huyo del conflicto.
—Si vamos al libro, en una respuesta anterior hablabas de un estilo kafkiano. Tengo la presunción de que, pese a que tus novelas están planteadas en el futuro o en espacios deslocalizados, están muy ancladas en la literatura clásica. De hecho, tal vez sea una lectura demasiado aventurada, pero “La señora Potter no es exactamente Santa Claus” me hizo pensar en el Quijote.
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—¡Total! Yo soy muy cervantina. Creo que todos los lectores, todos los que leemos más de lo que vivimos, queremos mejorar la realidad. Cervantes inventó la novela moderna, la posmoderna, inventó todo. Inevitablemente, cuando eres un lector que lee muchísimo acabas convirtiéndote en Alonso Quijano. Quieres que el mundo sea mejor de lo que es. Y certifico cien por cien la idea de que la vida imaginada es superior a la real. Esta novela es cervantina porque hay un libro que tira de toda la trama. Extrae un libro como si fuese el conejo de una chistera: saca la novela dentro de la novela. Eso es lo que me pasa como escritora: los libros tiran de mí, y mis novelas surgen de otras novelas. Son conjunciones cósmicas de varias novelas a la vez y, mientras estoy escribiendo, incorporo todo lo que leo. Por ejemplo, una lectora hizo que me diera cuenta de que el nombre de Stumpy MacPhail viene de La balada del café triste, de Carson McCullers. Es uno de los personajes de La señora Potter y yo lo robé y le busqué otra vida. Otra novela mía, Wendoline Kramer, es Quijote 100%: el protagonista vive la vida, no a través de libros de caballería, sino de los cómics.
—Cuando se habla de tus novelas, se mencionan influencias de Pynchon, King, Roald Dahl y Terry Pratchett, entro otros. Esa conjunción da un cierto estilo pop al libro. ¿Cómo te cae la caracterización de escritora pop?
—Pop, en el sentido de popular, me parece bien. Y popular, no por la cantidad de gente, sino por el pulp. Soy muy amante de los escritores posmodernos americanos: William Gaddis, John Barnes, Vonnegut. Me gusta mezclarlos con Gogol. No creo que haya alta cultura y baja cultura: existe cultura y punto. No hago distinción. Pienso en cómo Borges se alimentaba sin parar de literatura y de otras artes. Todo te enseña cómo estar en el mundo. En la novela hay un personaje, que se lama Chíchikov, que es el nombre del protagonista de Almas muertas, uno de mis libros favoritos de Gogol. Hay infinidad de nombres de personajes, pero no hay ninguna referencia a lo real. En lo pop entendido como moderno, no me siento identificada. No sé si puede existir en un libro donde los personajes viajan en diligencia. Esta novela me parece una novela inglesa de mediados del siglo XX como la que escribía Stella Gibbons o Evelyn Waugh. Mi mundo ideal es uno hiperromántico, en el que se envían telegramas y todo genera confusión. Me sirve mucho el telegrama que no llega o que llega tarde, y la diligencia que conduce una señora loca; me sirve la máquina de escribir como elemento físico del escritor que le acompaña y le tortura para entender al ser humano.
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—Hay en “La señora Potter” también un tono que remite a los cuentos infantiles.
—Me gusta que la manera de entrar al libro sea infantil, que nada sea esperable. De hecho, lo que más odia la gente que no ha podido acabar La señora Potter es el descontrol. Nada de lo que se habla ahí existe. Cada persona tiene su propia constelación de objetos y cada lector es único. Y eso es una cosa que hacíamos de niños, que para mí tiene mucho que ver con el placer lector, y que, a medida que el escritor se vuelve más erudito, se autolimita y se vuelve más referencial a cosas reales. Yo lo siento, pero no quiero a la realidad adentro de los libros. Los libros tienen que ser una puerta a otros mundos. El mundo que existe ya está aquí, para qué lo queremos en el centro del libro.
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—Tomando el espacio central de la novela, que tiene que ver con una librería, ¿qué representa para vos la librería?
—Es la oportunidad infinita de entrar en las cabezas de los escritores. En cerebros que son como un laberinto y, a la vez, una infinidad de lugares. El libro es un viaje intelectual. Una librería es una máquina del tiempo y del espacio. Es la posibilidad de viajar a cualquier lugar y a cualquier momento. Es lo mejor que existe.
—En la novela, un libro es lo que sostiene a un pueblo. Pero ¿siguen siendo así de importantes o es el deseo romántico de considerarlos así?
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—Yo creo que es mi deseo romántico, pero, en realidad, es como yo concibo los libros. El libro es una catedral que el escritor se construye para sí mismo, y yo, sin los libros, no sería la persona que soy. En el fondo los uso para saber estar en el mundo. Digamos que el pueblo Kimberly Clark Weymouth soy yo. Yo necesito que ese libro exista. A la vez soy consciente de que a mi entorno no le importa nada, y, por eso, a nadie del pueblo le importa ese libro que fue tan importante para los que llegan en autobús a visitar la ciudad.
—¿Por qué ubicaste la trama en medio de una cultura en la que el libro no tiene el peso de otros productos culturales, como pueden ser Netflix o la música?
—Yo creo que los libros siempre van a ser importantes porque, tú mencionabas a Netflix, todo parte de los libros. Todos somos escritores de nuestra propia vida; el libro es algo que sale fuera. Es un elemento mágico que te da la opción de entrar en otra cabeza. Como dice Stephen King: es un ejercicio de telepatía, hay un cerebro narrando y otro percibiendo. Una vida sin libros es una vida peor. Durante la pandemia, crecieron los índices de lectura. Tú puedes estar donde sea, y, si estás con un libro, estás menos solo y estás mejor. En el fondo, el libro elimina la idea de la soledad. Esto es algo que no había pensado nunca, pero yo, que construyo sistemáticamente personajes solitarios —y soy hija única y he estado muy sola—, me doy cuenta ahora de que los libros son otra voz que había conmigo y me hacen sentir menos sola. En la lectura hay algo íntimo que es insuperable. La música es el arte más directo y en todas mis novelas hay música. El nombre de la señora Potter viene de una canción. Pero el libro es como una persona. Siempre va a ser importante. Nos hacen creer lo contrario, pero no van a poder nunca con él.
“La señora Potter no es exactamente Santa Claus” (fragmento)
Era una apacible mañana en la siempre desapacible Kimberly Clark Weymouth. Stumpy MacPhail acababa de servirse un café cargado, con doble de leche, doble de azúcar y una cucharadita de mermelada de melocotón. Mientras lo degustaba, chasqueaba los dedos, sus esqueléticos dedos de pianista torpe, y sonreía en dirección a la puerta.
Su pequeña oficina, situada en una de las calles principales de la siempre desapacible y fría Kimberly Clark Weymouth, consistía en apenas una silla, la silla que el, en cierto sentido, un sentido casi infantil, atractivo agente inmobiliario ocupaba, una mesa, la mesa en la que descansaban su libreta de citas, su colección de facturas, una pequeña lámpara, un viejo ordenador y aún no el suficiente polvo como para provocar estornudos, y un puñado de estanterías, las suficientes como para forrar la pared que quedaba a su espalda.
Dichas estanterías estaban repletas de anuarios de ventas de inmuebles del condado y de revistas de modelismo. Oh, y una de ellas, la afortunada, albergaba, un raído ejemplar de La señora Potter no es exactamente Santa Claus, la novela que había llevado a aquel del todo iluso tipo que maldecía en nombre de Neptuno, a aquel desapacible rincón del mundo.
Louise Cassidy Feldman, la excéntrica y sin embargo famosa autora de La señora Potter no es exactamente Santa Claus, había ambientado aquella, su única novela para niños, en la siempre desapacible, fría y horrible Kimberly Clark Weymouth, porque había sido allí donde había dado con la retorcida idea de la misma.
Fue durante uno de sus viajes a ninguna parte, esos viajes en los que, para escribir, se limitaba a extraer del maletero de su destartalado todoterreno una mesa de camping y colocarla en cualquier lugar, ponerle encima su máquina de escribir, o a menudo tan sólo una libreta, y sentarse, en una silla plegable, junto a ella, y (TEC) (TEC) teclear, o, simplemente (TAP) (TAP) (TAP), deslizar un lápiz sobre cualquiera página en blanco, que se había detenido en aquel desapacible, oh, todas aquellas ventiscas heladas, el cielo perpetuamente en blanco, aburrido de sí mismo, perlado, a ratos, de nubes en absoluto amables, lugar, y sin casi poder evitarlo, había dado con la mismísima señora Potter.
Por supuesto, la señora Potter con la que había dado no era su señora Potter, sino una camarera, la camarera que había tomado nota de su café y su emparedado, y que en su imaginación, la imaginación de la inclasificable pero sin embargo famosa Louise Cassidy Feldman, se había convertido en una especie de bruja, una bruja aparentemente buena, dedicada a cumplir sueños, a hacer realidad todos tus deseos, con la inexplicable y mágica facilidad con la que hacían realidad todos tus deseos los genios de la lámpara en todos aquellos otros cuentos que nada tenían que ver con la única novela para niños que había escrito la rara y sin embargo famosa Louise Cassidy Feldman.
Stumpy MacPhail, sus dedos de pianista hundiéndose, ligeramente, en aquel café cargado, una galleta de lo más común entre ellos, sumergiéndose en la taza, recordó la historia de cómo Louise Cassidy Feldman había dado con la cafetería (LOU’S CAFÉ) en la que había conocido a la protagonista de su, aún por entonces inexistente, única novela infantil.
La escritora conducía despreocupadamente su viejo y destartalado todotorreno, un todoterreno al que llamaba (JAKE), y andaba pensando en cualquier cosa, y en este punto a Stumpy siempre le había gustado pensar que andaba pensando en la ciudad subacuática que estaba construyendo en el sótano de su casa, en un intento por crear un vínculo indestructible entre su escritora favorita y él mismo, puesto que era el propio Stumpy quien estaba construyendo una pequeña ciudad subacuática en el sótano de su casa, cuando la nieve, literalmente, la rodeó.
Porque así funcionaban las cosas en Kimberly Clark Weymouth. El cielo se aburría de su propia palidez y descargaba, sin avisar, una enorme cantidad de nieve, de forma un tanto aleatoria, aquí y allá, en todas partes, y en todas a la vez, y puede que los habitantes del lugar estuviesen preparados, pues siempre lo estaban, llevaban encima todo tipo de cosas, parecían, a menudo, escaladores listos para alcanzar la cima de una montaña muy nevada, pero era evidente que la siempre despreocupada y sin embargo famosa Louise Cassidy Feldman no lo estaba.
Así que cuando toda aquella nieve apareció, de ninguna parte, y se estrelló contra el cristal delantero de su viejo todoterreno, su viejo todoterreno dijo (BASTA) y ella se dijo (OH, DE ACUERDO) y (NO ERES EL ÚNICO AL QUE ESTO NO LE GUSTA, JAKE), y se añadió, poniendo el intermitente, haciéndose a un lado, y exhalando una (FUUUUF) nube de humo, (YO TAMBIÉN NECESITO UNA TAZA DE CAFÉ). Café (UHM), pensó Stumpy, deteniendo un momento el recuerdo de aquella historia, la historia de cómo su escritora favorita había dado con aquel, su pequeño pueblo, para degustar su propia taza de café, su café con melocotón, aquella cosa.
Quién es Laura Fernández
♦ Nació en Terrassa, España, en 1981.
♦ Es escritora, periodista y crítica literaria y musical.
♦ Es autora de Bienvenidos a Welcome, Connerland y La señora Potter no es exactamente Santa Claus, entre otros.
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