Pañuelos bañados en sangre y una multitud enardecida: la ejecución que puso fin a las guillotinas públicas en Francia

Hace 65 años, la mañana del 17 de junio de 1939, la cuchilla cayó sobre el cuello del asesino en serie Eugen Weidmann ante una multitud que desbordó el cordón policial y se comportó de forma morbosa. Las fotografías que escandalizaron a Europa y obligaron al gobierno francés a suspender las ejecuciones públicas. El recuerdo horrorizado del joven Christopher Lee

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La ejecución de Eugen Weidmann en Versalles el 17 de junio de 1939 fue la última ejecución pública con guillotina en Francia (© Collection Roger-Viollet / Roger-Viollet via AFP)

“Era alemán, convicto de seis asesinatos de mujeres, una de ellas una bailarina americana, Joan de Koven. El acto tuvo lugar en Versalles, la prensa y el ‘cine’ armaron un gran revuelo informativo; una muchedumbre oscura y truculenta presenció la ejecución y hubo tumultos y borracheras de madrugada”, escribió José María Massip, enviado especial del diario español ABC a París para cubrir la ejecución en la guillotina del asesino Eugen Weidmann la madrugada del 17 de junio de 1939. Cuando escribió esas líneas, Massip ignoraba que había tenido el dudoso privilegio de ser testigo de la última ejecución pública realizada en Francia con el artilugio letal inventado un siglo y medio antes por el cirujano Joseph Ignace Guillotin.

Que la muerte bajo la cuchilla del alemán Weidmann marcara el final de las ejecuciones públicas no se debió a una cuestión de humanidad, porque se siguió ejecutando reos con la guillotina durante 38 años más, sino a una serie de circunstancias fortuitas que la convirtieron en un escandaloso espectáculo masivo. Las crónicas de la época cuentan que unas 600 personas estaban reunidas con las primeras luces del alba en la entrada de la prisión de Saint-Pierre, en el centro de Versalles, donde se erigió el cadalso.

Habitualmente las ejecuciones se realizaban antes del amanecer, pero esa mañana los preparativos se habían retrasado en Versalles y cuando sacaron por la puerta de la prisión a Weidmann con las manos atadas a la espalda y la camisa abierta para dejarle el pecho al descubierto ya era de día. Ese retraso fue determinante para que el sangriento espectáculo se difundiera como nunca había ocurrido. No solo porque la llegada del día permitió que se reuniera más gente en la puerta de la prisión, también porque, por primera vez, la ejecución y el comportamiento del público quedó registrado en imágenes. Sin que las autoridades lo supieran, varios fotógrafos hicieron tomas desde algunos balcones de casas vecinas e incluso hubo una cámara de cine que filmó la ejecución desde el principio al fin, y siguió después registrando la brutal reacción de los asistentes.

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Eugen Weidmann fue condenado por seis asesinatos cometidos en Francia, entre ellos los de Jean de Koven, Roger LeBlond y Janine Keller. En la foto está acompañado por su madre Grosby

Los diarios franceses del día siguiente mostraron en sus portadas fotos de la ejecución y del comportamiento de la multitud, con un impacto tal que luego fueron reproducidas por medios de otros países de Europa. “El alba sabatina despuntó en Versalles sobre una muchedumbre inaccesible a la fatiga y al sueño. Ese mismo gentío se deshizo en gritos cuando Weidmann se dejó ver. El populacho reclama justicia inexorable y expeditiva. Aquí y allá, anfiteatro, patio y plateas, se insolentan. El monstruo tarda demasiado. Cuando aparece, un clamor de odio y execración le azota el rostro ausente”, escribió Daranas en su crónica, donde daba cuenta del retraso que permitió que la ceremonia mortal se realizara a la luz del día.

El gobierno francés, acusado de salvaje por los medios europeos, quedó avergonzado. La luz del día había permitido el registro fotográfico que mostró al mundo a un pueblo francés ávido de sangre derramada por el Estado. “Hasta entonces, había poco que decir sobre el espectáculo degradado de la ejecución pública. Tenían poco que decir sobre la violencia de la pena capital como tal. El problema que los persiguió era la multitud que se agolpaba en torno a la guillotina. La multitud ejecutante se convirtió en un misterio y una obsesión, objeto de vigilancia literaria, investigación parlamentaria, estudio científico y examen periodístico. Estos comentaristas vieron una multitud sin dignidad, una multitud llena de emociones malsanas, una multitud de morbosa curiosidad y juerga fuera de lugar. ¿Quién era esta multitud? ¿Qué emociones sintieron sus participantes ante el espectáculo del castigo?”, escribió el historiador Gregory Shaya.

Un artefacto revolucionario

La guillotina como método de ejecución nació con la Revolución Francesa y su uso fue propuesto por el cirujano Joseph Ignace Guillotin, diputado en la Asamblea Nacional, que la recomendó para evitar sufrimientos inútiles a los condenados a muerte.

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La guillotina nació con la Revolución Francesa por propuesta de Joseph Ignace Guillotin como método de ejecución para igualar la pena de muerte (Grosby)

El artefacto tradicional consistía en un armazón de dos montantes verticales unidos en su parte superior por un travesaño denominado sombrero (chapeau), que sostenía en alto una cuchilla de acero con forma triangular con un lastre (mouton) de plomo de más de 60 kilogramos en su parte superior. En su parte inferior tenía un cepo de dos medias lunas (fenêtre), de las cuales la superior es móvil. Justo detrás de la máquina hay una plancha de madera que actúa como báscula. Al caer la hoja, el condenado moría decapitado en apenas un instante.

La Asamblea Nacional adoptó el uso de la guillotina a fin de que la pena de muerte “fuera igual para todos, sin distinción de rangos ni clase social”, porque hasta la revolución sólo los miembros de la aristocracia tenían el privilegio de ser ajusticiados sin agonía: eran decapitados con una espada o un hacha, mientras que los plebeyos morían por ahorcamiento, estrangulación o, en el peor de los casos, al ser destrozados en la rueda.

La captura de Weidmann en una villa de Saint Cloud permitió a la policía hallar los cuerpos de Jean de Koven y Fritz Frommer (Grosby)

La primera ejecución con la guillotina se realizó el 25 de abril de 1972, cuando la hoja decapitó a un bandido de caminos condenado por robo a mano armada llamado Nicolas-Jacques Pelletier. Durante más de un siglo las ejecuciones con la máquina de decapitación fueron públicas, con la intención de mostrar el poder del Estado en el castigo de los delitos y, a la vez, disciplinar a la sociedad.

La reacción social ante el espectáculo de la muerte Weidmann obligó al presidente francés, Albert Lebrun, a prohibir una semana después, con un decreto del 24 de junio de 1939, “la publicidad las ejecuciones capitales” puesto que los asesinatos públicos no lograban el “efecto moralizador” esperado. Al contrario, provocaban el efecto opuesto.

Un criminal famoso

La excepcional multitud que se reunió para asistir a la ejecución de Weidmann no se debió solamente al retraso sino también a las propias características del condenado, un asesino sobre cuyas correrías venían informando los medios desde hacía dos años. Además, era un “hijo de buena familia”. Hijo de un empresario exportador de Fráncfort de Meno, tenía seis años cuando estalló la Primera Guerra Mundial y sus padres lo mandaron a vivir con sus abuelos. Eso, de alguna manera, lo desmadró, y empezó a robar en la adolescencia.

En 1928, cuando tenía 20 años, fue condenado a cinco años de cárcel por robo. Mientras estaba detrás de las rejas conoció a otros tres delincuentes que luego se convertirían en sus cómplices: Roger Million, y los hermanos Blanc y Fritz Frommer. Cuando recuperaron la libertad idearon una línea de delito que les resultó muy productiva. Se dedicaron a secuestrar turistas que visitaban Francia, para lo cual alquilaron una villa en Saint Cloud, cerca de París.

Su primera víctima fue una bailarina neoyorquina, Jean Koven, a quien en julio de 1937 encerraron en la villa, le quitaron sus pertenencias y mantuvieron con vida hasta que pudieron cobrar sus cheques de viajero. Apenas tuvieron el efectivo en las manos, Weidmann la mató y la enterró en el jardín. El 1 de septiembre del mismo año, Weidmann contrató a un chófer llamado Joseph Couffy para que lo llevara a la Riviera francesa, donde le disparó en la nuca y le robó el coche.

El 17 de octubre de 1937, Million y Weidmann concertaron una reunión en la villa con un joven productor teatral, Roger LeBlond, prometiéndole invertir dinero en uno de sus espectáculos. Allí lo mataron y lo enterraron. También asesinó a Raymond Lesobre, un agente inmobiliario que le estaba enseñando una casa, y le robó el coche y la cartera. Luego, con la ayuda de Million, atrajo a la villa con una oferta de trabajo a Janine Keller, una enfermera privada que sería su quinta y última víctima. Allí la mató y le robó sus pertenencias.

A Weidmann lo perdió una tarjeta de visita que dejó en la oficina de Lesobre, con la cual la policía llegó hasta la villa de las afueras de París el 8 de diciembre de 1938. Los delincuentes intentaron resistir a los tiros, pero finalmente se entregaron. Cuando intentó una última resistencia, un policía le dio a Weidmann un martillazo en la cabeza. El registro que la policía practicó en el lugar dio un pavoroso resultado: encontraron allí el cuerpo sin vida de Fritz Frommer y también el de Jean de Koven, bajo unos escalones.

El retraso en la ejecución de Weidmann permitió que la guillotina funcionara de día y que fotógrafos y una cámara de cine registraran la escena (Grosby)

En los interrogatorios, Weidmann confesó todos sus crímenes haciendo gala de una provocadora sangre fría. En marzo de 1939, un tribunal parisino lo condenó a muerte. Sus cómplices tuvieron más suerte: Million logró reducir su pena capital a cadena perpetua, Blanc fue condenado a veinte meses de cárcel y Tricot fue absuelto. Tres meses después de escuchar la sentencia, Weidmann salió por la puerta de la prisión de Saint-Pierre para caminar hacia el cadalso.

“Desde el momento de su accidentada captura, hace dieciocho meses, después que, habiendo resistido a la policía, fue maniatado por esta, hasta el segundo final de su expiación, el asesino había observado en el calabozo y en el pretorio, en sus comparecencias ante el juez y en sus entrevistas con los abogados, la actitud de un ser dispuesto, e inclusive deseoso, de pagar su deuda con sus semejantes”, relató el cronista de ABC. Contó también que esa compostura se derrumbó cuando subieron a Weidmann la plataforma donde lo esperaba la guillotina: “El reo lanzaba unos gritos estremecedores”, se puede leer en la misma crónica.

Un verdugo muerto y otro dormido

El retraso de la ejecución de Weidmann se debió a un hecho fortuito. El verdugo designado Anatole Deibler, un alemán con una impecable foja de servicio, murió el día anterior al fijado para guillotinar al delincuente. En su lugar, se nombró a otro verdugo, Jules-Henri Desforneaux, que llegó tarde porque se quedó dormido. Cuando la cuchilla cayó sobre la cabeza del reo el sol iluminaba la escena con una clara luz matinal que permitió a los fotógrafos y al camarógrafo registrar toda la escena y también el tumulto posterior, con la multitud burlando el cordón policial para llevarse los pañuelos y bufandas empapados en sangre como siniestro recuerdo.

En su crónica de los hechos, el Paris-Soir calificó a la multitud de “repugnante” y de “rebelde. Consultada por el diario, una fuente del gobierno francés debió admitir que la ejecución pública “lejos de servir como elemento disuasorio y tener efectos saludables en las multitudes fomentó los instintos más bajos de la naturaleza humana y avivó el alboroto general y el mal comportamiento”.

Una semana después, el decreto del presidente Lebron puso punto final a las ejecuciones públicas, pero no terminó con la pena capital ni con el uso de la guillotina, desde entonces confinada a los patios interiores de las prisiones, donde solo se admitía la presencia de magistrados, abogados, agentes de policía, el ministro religioso que pidiera el condenado y el médico que debía certificar la muerte.

La guillotina se siguió utilizando durante casi cuatro décadas más. La última ejecución tuvo lugar la madrugada del 10 de septiembre de 1977, cuando la cuchilla letal separó la cabeza del cuerpo del inmigrante tunecino Hamida Djandoubi, condenado a muerte por haber asesinado a su expareja.

Francia abolió la pena de muerte el 9 de octubre de 1981. Al aprobarse la ley, el ministro de Justicia socialista Robert Badinter dijo a los diputados reunidos en la Asamblea: “Mañana, gracias a ustedes, la justicia francesa ya no será una justicia asesina. Mañana, gracias a ustedes, no habrá más ejecuciones furtivas en las cárceles francesas al amanecer, bajo el dosel negro, para nuestra vergüenza común. Mañana, las páginas sangrientas de nuestra justicia se pasarán”.

Una multitud espera la ejecución de Eugen Weidmann (Eugène Weidmann) el 17 de junio de 1939 en Versalles, a las afueras de la prisión de Saint-Pierre. Es declarado culpable de asesinato y condenado a muerte, convirtiéndose en el último hombre en ser guillotinado en público (AFP)

De la última ejecución pública con la guillotina quedó también el horrorizado recuerdo de Christopher Lee. En junio de 1939, el actor británico que se haría famoso con su personificación de Drácula, tenía 17 años y estaba de paseo por París. La mañana del sábado 17, bien temprano, la curiosidad llevó sus pasos hasta las puertas de la prisión de Saint-Pierre para ver como la guillotina caía sobre el cuello de Weidmann. “Había una multitud enorme, una marea de aullidos. Giré la cabeza para no ver, pero oí el sonido de la cuchilla al caer y una poderosa oleada de gritos. Después, los espectadores corrieron hacia el cuerpo con gritos horribles. Algunos no dudaron en mojar sus pañuelos y bufandas en la sangre derramada en el pavimento como recuerdo. Me di vuelta y me alejé corriendo, pero aún hoy recuerdo el sonido de aquella cuchilla al caer.”, escribió muchos años después en Lord of Misrule, su autobiografía publicada en 1977.

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