A la sombra de los dioses antiguos, una religión perseguida encontró inesperadamente su camino hacia el corazón del Imperio, abriendo una era de cambios irreversibles. La legalización del cristianismo por parte de Constantino tras su triunfo en el Puente Milvio transformó radicalmente la relación entre el poder y la fe en el mundo romano.
La victoria sobre Majencio marcó el inicio de la tolerancia religiosa y sentó las bases para que una creencia antes perseguida pasara a dominar el Imperio, según relata National Geographic.
Los orígenes de Constantino y la crisis del Imperio
Nacido a finales del siglo III, Flavio Valerio Constantino era hijo de Constancio Cloro, alto militar, y de Helena, su concubina. Creció en un contexto marcado por la inestabilidad política, con el orbe romano dividido por guerras civiles y amenazas externas. La Tetrarquía, instaurada por Diocleciano en 293, intentó estabilizar el poder dividiéndolo entre dos Augustos y dos Césares.
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Constancio Cloro fue designado César en Occidente, mientras el joven Constantino fue enviado como garantía política a la corte de Diocleciano en Nicomedia. Allí se formó como militar, participando en campañas contra persas y sármatas, lo que fortaleció su reputación y ambiciones, de acuerdo con National Geographic.
Luchas de poder y la batalla del Puente Milvio
El ascenso de Constantino al trono imperial estuvo signado por alianzas y rivalidades. Tras la muerte de su padre en 306, el ejército lo proclamó Augusto, aunque solo recibió el título de César por parte de Galerio, Augusto de Oriente. En los años siguientes, se enfrentó a Majencio, quien controlaba Roma, y a Licinio, su rival en Oriente.
La confrontación decisiva llegó en 312, cuando Constantino cruzó los Alpes para desafiar a Majencio. La víspera de la batalla del Puente Milvio, Constantino tuvo una visión: un símbolo en forma de cruz y la frase “In hoc signo vinces” (“Con este signo vencerás”).
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Inspirado, ordenó que el símbolo Chi-Rho adornara los estandartes de su ejército. La victoria sobre Majencio, quien murió ahogado tras el colapso de un puente improvisado, fue interpretada como evidencia del favor del Dios cristiano, según detalla National Geographic.
El Edicto de Milán y la política de tolerancia religiosa
La conversión de Constantino y su postura hacia el cristianismo siguen siendo objeto de debate histórico. Antes de estos episodios, igual que su padre, rendía culto a Sol Invictus, deidad solar del imperio.
Tras la victoria, adoptó una actitud benigna hacia los cristianos, aunque públicamente se mostró cauto debido al peso del paganismo en Roma. El arco triunfal erigido en su honor carece de símbolos cristianos y exhibe la frase “por inspiración divina”.
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En 313, Constantino y Licinio promulgaron el Edicto de Milán, que garantizó la libertad de culto y restituyó bienes confiscados a los cristianos, un punto de inflexión en la política estatal, como recoge National Geographic.
La nueva fe
Consolidado en el poder, Constantino impulsó la construcción de importantes templos cristianos. En Roma, ordenó levantar la Basílica de San Juan de Letrán, posteriormente catedral papal.
También promovió la edificación de la Basílica de San Pedro en la colina vaticana y la de San Pablo en la Via Ostiense, símbolos de la integración de la fe cristiana y el respaldo imperial.
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Fundación de Constantinopla y predominio cristiano
En 324, tras derrotar a Licinio en la batalla de Crisópolis, Constantino se afirmó como único emperador y decidió fundar Constantinopla, erigida sobre Bizancio e inaugurada en 330 como “segunda Roma”, situada estratégicamente entre Europa y Asia.
Construida sobre siete colinas, como Roma, la ciudad albergó foros, palacios y monumentos decorados con obras de templos paganos. Lentamente, la impronta cristiana se impuso con la construcción de la iglesia de los Santos Apóstoles, ideada como mausoleo imperial y símbolo de la nueva orientación religiosa, según documenta National Geographic.
El Concilio de Nicea: unidad doctrinal y obras sagradas
En su afán por consolidar la unidad religiosa, Constantino convocó el Concilio de Nicea en 325, donde se enfrentó a la doctrina de Arrio, que negaba la divinidad eterna de Cristo. La postura de Constantino, a favor de la consustancialidad del Hijo con el Padre, prevaleció, quedando plasmada en el Credo Niceno, base doctrinal del cristianismo actual.
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Asimismo, promovió el levantamiento de templos en lugares sagrados —la Basílica de la Natividad en Belén y la del Santo Sepulcro en Jerusalén— tareas en las que su madre, Helena, tuvo un papel protagónico tras su conversión.
Últimos años y legado de Constantino
En sus últimos años, Constantino residió en Constantinopla, donde preparaba una campaña religiosa contra el Imperio sasánida. Gravemente enfermo, recibió el bautismo poco antes de morir en 337, siguiendo la costumbre de postergar el sacramento hasta el final.
El Senado romano lo deificó como Divus Constantius, mientras en Constantinopla fue enterrado en la iglesia de los Santos Apóstoles y venerado como el “Decimotercer Apóstol”.
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