371 cajas fuertes, veinte ladrones involucrados y un ideólogo que se fugó a Argentina: el “robo del siglo” que conmovió a Francia

Entre el 16 y el 18 de julio de 1976, una banda de ladrones se llevó el equivalente a 30 millones de dólares del banco Societe Generale de Niza. Cuando el ideólogo y jefe del operativo, que tenía un frondoso prontuario y un pasado en la Legión Extranjera, fue capturado escapó saltando por la ventana del despacho del juez y huyó a la Argentina, Chile y Brasil

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Tras el robo, Albert Spaggiari se recluyó en los Estados Unidos, pero cuando regresó a Francia, lo estaban esperando. Aún así pudo escapar y vivió prófugo el resto de sus días
Tras el robo, Albert Spaggiari se recluyó en los Estados Unidos, pero cuando regresó a Francia, lo estaban esperando. Aún así pudo escapar y vivió prófugo el resto de sus días

Cuando en enero de 2006, los argentinos fueron de asombro en asombro al enterarse de los pormenores del “robo del siglo”, perpetrado por la banda liderada por Fernando Araujo en el Banco Río de Acasusso utilizando la red de alcantarillas para escapar con 19 millones de dólares mientras la policía creía tenerlos cercados dentro del edificio, pocos memoriosos recordaron que 30 años antes, otro grupo de ladrones tan ingeniosos y audaces como los de aquí habían utilizado un método similar para desvalijar las cajas de seguridad del banco Societé Generale, en Niza, y llevarse dinero y joyas por más de 30 millones de dólares.

Más allá del uso de las alcantarillas y el largo proceso de planificación y ejecución de las obras necesarias para concretar los robos -dos años en el caso argentino, más de uno en el francés-, los ladrones de las dos bandas coincidían en su sentido del humor. En el tesoro del banco de Acasusso, Araujo y los suyos dejaron un mensaje no exento de ironía que decía: “En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es sólo plata y no amores”; tres décadas antes, en el banco francés, los ladrones habían pintado otro con aerosol en una pared: “Ni armas, ni violencia y sin odio”, decía.

Hasta ahí las coincidencias porque el cerebro del robo francés no fue un artista plástico como Araujo sino un ex mercenario vinculado con la ultraderechista Organisation de l’Armée Secrète (OAS) llamado Albert Spaggiari que, luego de ser capturado, protagonizó otro escape tan espectacular como el del banco al saltar desde una ventana de los tribunales de Niza cuando prestaba declaración ante el juez. Y, por esas casualidades de la historia, se refugió en el país sudamericano donde 30 años más tarde otros ladrones -quizás sin saberlo- otros ladrones lo copiarían: la Argentina.

Emilia de Sacco fue la última esposa del ladrón y mercenario francés, que murió de cáncer el 8 de junio de 1989, cuando tenía 56 años y seguía jactándose de haber burlado a la Justicia
Emilia de Sacco fue la última esposa del ladrón y mercenario francés, que murió de cáncer el 8 de junio de 1989, cuando tenía 56 años y seguía jactándose de haber burlado a la Justicia

Un ladrón precoz

Albert Spaggiari, alias “Bertito”, francés de padres italianos, nació en Laragne-Montéglin, Provenza, el 14 de diciembre de 1932. Quedó huérfano de padre cuando todavía no había cumplido tres años y fue criado por su madre -que no volvió a casarse- en Hyères, una localidad de la Costa Azul, donde instaló una tienda de lencería.

El negocio andaba bien y “Bertito” creció sin pasar necesidades, pero los brillos del ambiente lujoso de la Costa Azul le crearon exigencias que no podía cumplir con los recursos familiares. Así cayó preso por primera vez, a los 17 años, cuando lo atraparon queriendo birlar un diamante en una joyería para regalárselo a su novia.

Quizás porque era menor o porque el juez se ablandó al escuchar su historia de amor, la condena que le impusieron fue corta, pero al salir de la cárcel el chico, ya mayor de edad, no sabía qué hacer de su vida y se alistó en la Legión Extranjera.

Corría 1953 cuando, alistado en el cuerpo de paracaidistas, le tocó ir a Indochina para pelear -del lado colonialista, por supuesto- en la guerra de la independencia de Vietnam.

Su legajo militar dice que fue herido y que recibió una condecoración por su valentía, pero su paso por las filas terminó más cuando lo arrestaron por asaltar, en complicidad con el cajero vietnamita del lugar, el prostíbulo Milk Bar de Hanoi. Estaba en una cárcel militar cuando las tropas francesas fueron derrotadas en Dien Bien Phu y debieron volver humilladas a casa. Spaggiari volvió con ellas, pero no para retomar la vida civil en libertad sino para terminar de cumplir, hasta bien entrado 1957, su condena en una cárcel de Marsella. Cuando salió libre, también lo dieron de baja.

Empezó a trabajar como fotógrafo hasta que decidió cambiar radicalmente su vida y se propuso robar las cajas fuertes de un banco.  Para ello contrató a ex mercenarios, soldadores, herreros y albañiles (Apic/Getty Images)
Empezó a trabajar como fotógrafo hasta que decidió cambiar radicalmente su vida y se propuso robar las cajas fuertes de un banco. Para ello contrató a ex mercenarios, soldadores, herreros y albañiles (Apic/Getty Images)

La OAS y el atentado contra De Gaulle

Sin trabajo y sin recursos volvió a la Costa Azul para ayudar a su madre en el negocio hasta que le saliera algo más interesante y productivo. También volvió a enamorarse y en 1959 se casó con Marcelle Audi, una enfermera que vivía en Hyères.

Con Marcelle hizo su segunda experiencia en las colonias francesas, ya no como soldado sino como empleado de una empresa que fabricaba cajas fuertes en Senegal. Tampoco tuvo suerte esa vez, porque apenas llegaron, en 1960, el país africano se independizó de Francia, la empresa cerró y debieron volver a la madre patria con una mano atrás y otra adelante.

Para entonces, el sentimiento que mandaba en Bertito era el resentimiento contra el gobierno francés encabezado por Charles De Gaulle, a quien acusaba de traidor por la pérdida de las colonias. Por eso, cuando se trasladó a Niza en busca de un nuevo destino buscó el contacto con otros ex paracaidistas que habían peleado con él en Indochina y que, sabía, se habían enrolado en la OAS, una organización paramilitar que se oponía abiertamente a la política de descolonización del presidente y que -en secreto- planificaba atentar contra su vida.

Estaba en eso con sus compañeros de conspiración cuando, el 27 de febrero de 1962, lo arrestaron en Villefrance-sur-Mer. Muchos años después, Spaggiari contaría que había llegado incluso a tener una vez en la mira de su fusil al presidente, pero que la organización había abortado el atentado. Esa afirmación nunca la confirmó nadie, pero lo cierto es que el ex mercenario estuvo preso hasta 1966, condenado por conspiración y por tener un arsenal de guerra en su casa.

Fue una operación conjunta de la mafia marsellesa y la organización de ultraderecha francesa OAS. Y su ideólogo afirmaba que había formado parte de un comando que intentó matar a Charles De Gaulle (AFP)
Fue una operación conjunta de la mafia marsellesa y la organización de ultraderecha francesa OAS. Y su ideólogo afirmaba que había formado parte de un comando que intentó matar a Charles De Gaulle (AFP)

La tentación del gran golpe

Libre otra vez -y separado de su mujer- volvió a Niza y puso un negocio de fotografía en Bezaudun-les-Alpes. Durante un tiempo se ganó la vida fotografiando casamientos y actos oficiales, en este último caso contratado por el municipio. Al mismo tiempo, seguía en contacto con sus viejos compinches de la OAS, a cuyas posiciones ultraderechistas siguió fiel, como se verá, hasta la muerte.

Sin embargo, los trabajos normales para el común de los mortales no eran lo suyo. Tal vez por eso comenzó a acariciar la idea de dar un gran golpe que le permitiera cambiar para siempre su vida. Así puso la mira en la sucursal del Societé Generale en Niza, un edificio de gruesas paredes que parecía inexpugnable pero que, como no demoró en averiguar, tenía su punto débil. Era sabido que en sus cajas de seguridad había millones.

Gracias a sus contactos en el municipio consiguió sin despertar sospechas dos planos fundamentales para decidir si era posible robarlo: uno era el del edificio del banco; el otro, el de la red de alcantarillado de la ciudad.

El paso siguiente fue convertirse en cliente del banco alquilando una caja de seguridad. El empleado que lo atendió habló maravillas de la cámara donde estaban, le contó que la puerta era de acero y pesaba unas veinte toneladas y que las paredes, de treinta centímetros de espesor, eran de durísimo hormigón armado. El cliente podía estar seguro de que los bienes que guardara en su caja estarían a buen resguardo, fuera del alcance de cualquier ladrón.

En cambio, no le dijo nada del piso de la cámara. Spaggiari comenzó a pensar que se podía entrar por ahí, desde abajo, llegando por la red de alcantarillas. Para comprobar si la cámara tenía alarmas sísmicas o acústicas utilizó un recurso ingenioso: guardó en la caja de seguridad recién alquilada un reloj despertador programado para que sonara a las doce de la noche. Si la policía no corría al banco a esa hora, podía estar seguro de que no había alarmas que sonaran al perforar el piso de la cámara. No sonó.

“Ni armas, ni violencia y sin odio”, decía la nota que los ladrones dejaron dentro del banco Societé Generale, en Niza (AFP)
“Ni armas, ni violencia y sin odio”, decía la nota que los ladrones dejaron dentro del banco Societé Generale, en Niza (AFP)

La OAS y la mafia

Aunque factible, la tarea de robar las cajas de seguridad del banco era una empresa titánica. No solo requería tiempo y trabajo esforzado, también exigía armar un equipo numeroso de gente, lo que implicaba el riesgo de que hubiese filtraciones. Para resolver este último problema -que podía tirar todo el esfuerzo por la borda- Spaggiari buscó cómplices en dos organizaciones donde sabía que cualquier delación se pagaba con la muerte: la OAS y la mafia marsellesa.

Entre sus viejos compinches paramilitares eligió a los que le parecieron más adecuados y para sumar hombres de la mafia se puso en contacto con el capo Tony Zampa, dueño del crimen en la ciudad. Entre unos y otros, sumaban veinte hombres, entre los que se contaban ex mercenarios, soldadores, herreros, albañiles. Zampa aportó, además, un joyero, para que evaluara las piezas que había en las cajas y eligiera las más valiosas para que se las llevaran.

Jefe indiscutido de la operación, Spaggiari impuso una disciplina militar a todo el grupo. No podrían tomar alcohol ni drogarse, y los obligó a dormir diez horas diarias para estar totalmente descansados mientras hacían los trabajos.

Para trabajar en las alcantarillas sin que nadie sospechara consiguieron ropa de trabajadores de obras públicas y una camioneta igual a las municipales. Así pudieron bajar a las cloacas lanzas de acetileno, tubos de oxígeno, sopletes, martillos, palas y hasta un gato hidráulico.

La alcantarilla más cercana estaba a ocho metros del suelo que debían perforar en el banco. Cavar y asegurar ese túnel les llevó cerca de tres meses, avanzando con lentitud y tratando de hacer el menor ruido posible. Para los primeros días de julio de 1976 ya estaban debajo del piso de la cámara, apenas a unos veinte centímetros de la superficie. Solo les quedaba elegir el momento adecuado para entrar.

Albert Spaggiari fue el organizador de este robo ocurrido entre el 16 y el 20 de julio de 1976 en la bóveda de un banco en Francia. Durante tres meses construyeron un túnel en las alcantarillas (AFP)
Albert Spaggiari fue el organizador de este robo ocurrido entre el 16 y el 20 de julio de 1976 en la bóveda de un banco en Francia. Durante tres meses construyeron un túnel en las alcantarillas (AFP)

El robo del siglo

La celebración de la toma de la Bastilla les dio un fin de semana largo para meterse en la cámara. Desde el viernes 16 hasta el domingo 18 no habría actividades y podrían trabajar tranquilos, con tiempo para abrir la mayor cantidad de cajas.

Un imprevisto hizo que ese tiempo se redujera: el fin de semana llovió copiosamente en Niza e hizo subir el nivel del agua de las alcantarillas y debieron irse antes, a las dos de la mañana del domingo, para poder salir sin ahogarse.

Rompieron el piso y no pasó nada, trabajaron ruidosamente para abrir las cajas de seguridad y tampoco hubo alarma alguna. A medida que violaban las cajas y revisaban su contenido fueron guardando billetes y las joyas elegidas en bolsas impermeables para que el agua no dañara nada cuando lo transportaban desde la cámara, a través del túnel, hasta la alcantarilla sobre la cual tenían estacionada una camioneta Land Rover para llevarse el botín.

Entre el viernes y la madrugada del domingo vaciaron 371 cajas de las cuatro mil que había en la cámara. Se calcula que se llevaron un botín de alrededor de 30 millones de dólares de la época. No se llevaban todo lo que encontraban: descartaron las joyas de menor valor y solo se llevaron los billetes de aquellas cajas de seguridad en cuyo interior había más de 30.000 dólares. La decisión de Spaggiari era no despojar a pequeños ahorristas.

En una de las cajas encontraron una gran cantidad de fotos de desnudos, muchas de ellas pornográficas, y decidieron pegarlas en las paredes de la bóveda para que, al abrirla, todos las vieran. También tuvieron dos gestos de humor: uno de ellos fue pintar con aerosol en una pared la leyenda “Ni armes, ni violence et sans haine” (Ni armas, ni violencia y sin odio”); el otro fue dejar botellas de vino semillenas, como si hubieran celebrado un festín mientras robaban, pero en su interior no había alcohol sino orina de los ladrones. En tiempos donde los análisis de ADN eran cosa de ciencia ficción, no había riesgo de que los identificaran.

Escaparon sin ningún contratiempo. Había pasado más de un año desde que Spaggiari comenzó a planificar el robo.

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Fuga por la ventana

La banda se dispersó y, después de esconder su parte -la más grande- del botín, Bertito viajó a Estados Unidos para tomar distancia. Cuenta la leyenda -nunca comprobada- que allí quiso ofrecer sus servicios a la CIA para desestabilizar gobiernos de izquierda. Cierto o no, algo hizo mal, porque cuando volvió a Francia, tres meses después, la policía lo estaba esperando.

Detenido y acusado del robo, Spaggiari eligió a Jacques Peyrat, un veterano de la Legión Francesa, como su abogado defensor. Al principio negó su participación, pero después cambió de opinión y dijo que había robado el banco para financiar a una organización ultraderechista llamada “Catena” (“cadena”, en italiano), de cuya existencia nadie tenía noticias.

En realidad, esa supuesta confesión era el primer paso de su plan de fuga. Spaggiari se garantizaba así que lo trasladaran a los tribunales para ampliar su declaración ante el juez Richard Bouaziz. Ya sabían que el despacho de su señoría estaba en un segundo piso con ventana a la calle. Una vez adentro del despacho y sin esposas, Bertito empezó a hablar hasta que encontró el momento justo para ponerse de pie, correr hacia la ventana y saltar sobre el techo de un auto estacionado en la calle. Lo esperaba una moto conducida por un ex paracaidista con la que se perdieron de vista antes de que la policía pudiera reaccionar.

Algunas versiones de la época aseguran que el propietario del coche sobre el que cayó Spaggiari recibió después por correo un cheque por 5000 francos, como compensación por los daños sufridos en el techo de su coche.

Una postal de la muerte del famoso gángster francés Albert Spaggiari. Cuando murió, siguiendo sus instrucciones, su pareja llevó el cadáver clandestinamente desde Italia a Francia y lo dejó en la puerta de la casa de su madre (Pascal Parrot/Sygma/Sygma via Getty Images)
Una postal de la muerte del famoso gángster francés Albert Spaggiari. Cuando murió, siguiendo sus instrucciones, su pareja llevó el cadáver clandestinamente desde Italia a Francia y lo dejó en la puerta de la casa de su madre (Pascal Parrot/Sygma/Sygma via Getty Images)

Un cadáver en la puerta

Albert Spaggiari vivió prófugo el resto de sus días. Después de su espectacular escape, salió de Francia con documentos falsos rumbo a la Argentina, donde se dice que ofreció sus servicios a los grupos de tareas de la dictadura. Más tarde se trasladó a Chile, país en el cual, según un documento desclasificado de la CIA, trabajó para la DINA pinochetista. Más tarde se lo vio en Brasil, donde se puso en contacto con otro ladrón famoso, el del robo del tren postal inglés, Ronnie Biggs. Incluso se fotografió con él.

Durante esos años volvió varias veces de manera clandestina a Francia, pero nunca fue detectado. A mediados de los ‘80 compró, con identidad falsa, un chalet en la ciudad italiana de Belluno, donde vivió con su última pareja, Emilia de Sacco.

Murió de cáncer allí el 8 de junio de 1989. Tenía 56 años y seguía jactándose de haber perpetrado el robo y burlado a la Justicia. Incluso había publicado su autobiografía, titulada Le Journal d’une truffe.

Aún después de muerto, fue protagonista de una última operación de riesgo. Siguiendo sus instrucciones, Emilia de Sacco cargó su cadáver en una camioneta y lo llevó a Francia sin que la aduana revisara el vehículo, que dejó estacionado en la puerta de la casa de la madre de Spaggiari, en Hyères, el 10 de junio. Después de hacerlo, llamó por teléfono a la buena señora para indicarle dónde encontraría a su hijo.

Hasta el final, Albert Spaggiari quiso ser fiel a su propia leyenda.

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