Una cabeza y dos manos en el placard: el horroroso caso del adolescente que quería ser “un asesino serial famoso”

Mientras limpiaba el dormitorio de su hijo Brian, de 19 años, Terri Cohee hizo un hallazgo macabro y llamó a la policía. Esa misma noche, luego de ser detenido, el joven relató con lujo detalles cómo mató a un vagabundo que había encontrado durmiendo en la calle y la manera en que planeaba deshacerse de los restos. Ante los atónitos policías contó que ese era su primer crimen, pero que planeaba cometer muchos más

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Brian Cohee Jr. fue consultado por la policía local en la puerta de su casa. "¿Hay alguna cosa en tu dormitorio que pueda preocupar a tus padres?", le preguntaron. Dijo que sí
Brian Cohee Jr. fue consultado por la policía local en la puerta de su casa. "¿Hay alguna cosa en tu dormitorio que pueda preocupar a tus padres?", le preguntaron. Dijo que sí

El tono de las voces de la grabación de la línea de emergencias de la policía de la ciudad de Grand Junction, Colorado, refleja mucho más que las palabras, muestra el horror de la mujer que hace la llamada y la incredulidad del operador.

-911, habla John. ¿Cuál es su emergencia? – pregunta el policía de turno con la fórmula habitual.

-Hola, esta es una emergencia. Encontré algo en el placard de mi hijo, envuelto en una bolsa de plástico – dice la mujer, con voz chillona y casi llorosa.

-¿Qué es? – pregunta, todavía en tono profesional, el agente.

-Creo que es una cabeza humana… - dice la mujer.

-¿Qué es qué? – la voz del policía se vuelve mucho más aguda, sin que quede en ella ni un rastro de profesionalismo.

-Una cabeza, creo que es una cabeza humana – insiste la mujer.

El almanaque está clavado en el lunes 1° de marzo de 2021 y, minutos antes de hacer la llamada, Terri Cohee aprovechaba que su hijo Brian, un adolescente tardío de 19 años, no estaba en la casa para poner un poco de orden en su dormitorio. Al revisar el placard, la mujer vio un contenedor de plástico con dos bolsas de residuos, de una de las cuales parecían salir una o dos larvas. Venciendo el asco, la levantó y la llevó hasta la cocina para abrirla dentro de la pileta. Allí la abrió y el asco se convirtió en horror: adentro había más larvas y… la cabeza de un hombre.

Brian está detenido en el Complejo Correccional de Buena Vista, en Colorado. El 6 de febrero de 2023 lo condenaron a prisión perpetua sin posibilidad de libertad condicional
Brian está detenido en el Complejo Correccional de Buena Vista, en Colorado. El 6 de febrero de 2023 lo condenaron a prisión perpetua sin posibilidad de libertad condicional

Terri hizo dos llamadas antes de marcar el 911. Primero llamó a su marido, que había ido a buscar a la escuela al hijo menor del matrimonio y le pidió que volviera pronto; después, recomponiéndose, a Brian y le dijo que lo necesitaban en la casa. El autocontrol le alcanzó hasta ahí: cuando se comunicó con la policía estaba al borde del colapso.

Hay otra grabación, esta vez con las cámaras policiales, del momento de la detención de Brian en la puerta de su casa, una hora más tarde. Se ve a un muchacho algo desgarbado, con gruesos anteojos, que se acerca a la videocámara digital que el policía lleva adosada al cuerpo.

-¿Hay alguna cosa en tu dormitorio que pueda preocupar a tus padres? – pregunta el agente.

-Sí, creo que sí – dice Brian con naturalidad.

-¿Qué podría ser? – insiste el policía.

El muchacho no se inmuta al contestar:

-Una cabeza humana y dos manos – dice.

Para entonces, los padres de Brian y los policías habían abierto una segunda bolsa donde, precisamente, encontraron dos manos seccionadas.

En la confesión, el asesino se mostró dispuesto a contarlo todo. Dijo que quería deshacerse los restos en varios lugares distintos e incluso le hizo un croquis a la policía para mostrar los sitios que había elegido
En la confesión, el asesino se mostró dispuesto a contarlo todo. Dijo que quería deshacerse los restos en varios lugares distintos e incluso le hizo un croquis a la policía para mostrar los sitios que había elegido

Alguien a quien nadie extrañaría

En los interrogatorios policiales, Terri, la madre, dijo que “Brian ha tenido siempre un poco de fascinación con lo mórbido, pero pensé que lo estaba encauzando para convertirse en forense o investigador de la escena del crimen”.

Aseguró que nunca se le ocurrió que su hijo pudiese elegir la vereda de enfrente, la del asesinato. Sin embargo, Brian llevaba meses planificando el crimen. En su confesión contó que hacía tiempo que recorría las calles de Grand Junction en busca de la víctima adecuada. Quería matar a alguien, pero no a cualquiera.

“Buscaba a alguien que no tuviera hogar o a una prostituta, a alguien que si desaparecía nadie lo extrañara”, explicó.

Para encontrar a la persona adecuada, salía de su casa dos o tres noches por semana en el auto, armado con un cuchillo de cocina. Le costaba decidirse. Finalmente, la noche del 27 de febrero vio a alguien que cumplía con las condiciones que él mismo había determinado.

El hombre dormía debajo de un puente cerca de Crosby Avenue, un lugar bastante solitario a pesar de encontrarse cerca del centro de la ciudad. Al verlo, Brian supo que al fin había encontrado su blanco. Se bajó del auto y lo mató con el cuchillo sin que la víctima siquiera llegara a despertarse.

En la confesión, el asesino dijo que en un primer momento pensó en dejarlo ahí, pero que temió haber dejado fibras de su ropa en el cadáver. Para borrar los rastros, lo decapitó, le cortó las manos y metió el resto del cuerpo en el baúl del auto, para tirarlo en una zona desolada, a orillas del río Colorado. Hizo, más que eso: intentó hundir el auto en el agua, pero lo logró a medias.

Para dificultar la identificación del muerto, se llevó la cabeza y las manos a su casa. Contó que pensaba tirarlos en diferentes lugares e incluso le hizo un croquis a la policía para mostrar los que había elegido.

El muerto fue identificado como Warren Barnes, de 69 años, un vagabundo sin techo al que, contra lo que Brian suponía, mucha gente había empezado a extrañar.

Warren Barnes fue quien cumplía con los requisitos de Brian: el asesino buscaba a alguien a quien nadie extrañaría si desapareciera. Se equivocó
Warren Barnes fue quien cumplía con los requisitos de Brian: el asesino buscaba a alguien a quien nadie extrañaría si desapareciera. Se equivocó

Ya lo buscaban

La desaparición de Warren Barnes había sido denunciada el 28 de febrero por el dueño de una librería de Crosby Avenue entre las calles 4 y 5. El hombre notó de inmediato su ausencia, porque todas las mañanas el vagabundo iba a verlo para pedirle prestado algún libro.

Casi siempre se sentaba en algún portal a leer y pasaba horas con el libro en las manos. También extrañaban a Barnes los dueños de un café que siempre le daban alguna bebida caliente y algo para comer.

A pesar de vivir en la calle, Barnes era un vecino querido en el centro de Grand Junction. Conversaba con los comerciantes, prestaba pequeños servicios, era amable y contaba historias. Casi se podría decir que vivía en la calle no por necesidad sino por elección, porque tenía incluso algún pariente que, de tanto en tanto, lo visitaba.

Durante el juicio, que se realizó en enero de 2023, su hermana Geraldine contó que Warren la había llamado el 26 de febrero, 24 horas antes de que lo asesinaron, para felicitarla por su cumpleaños. Fue la primera en declarar para que el jurado conociera a la víctima. Después de Geraldine, el librero, el dueño del café y varios vecinos también trazaron sus semblanzas de un hombre amable, servicial y querido por todos.

“Era un buen hombre. No tener hogar no hace que una persona sea menos valiosa. Warren no era alguien a quien se pudiera usar y tirar, como quiso hacer el asesino”, dijo otro de los testigos.

Poco después del juicio, los amigos de Warren Barnes instalaron una escultura en su honor en la vereda de Crosby Avenue, entre la librería y el café donde se lo veía todos los días.

A sus padres, Brian alguna vez les había dicho que tenía ganas de matar a alguien
A sus padres, Brian alguna vez les había dicho que tenía ganas de matar a alguien

La ceguera familiar

Así como el jurado pudo conocer a la víctima a través de las descripciones de sus familiares y amigos, también llegó a la conclusión que, si bien estaban horrorizados por el crimen perpetrado por su hijo, los padres de Brian nunca habían querido ver que el muchacho tenía problemas y fueron ciegos frente a su comportamiento e, incluso, ante algunos indicios de que había cometido un crimen.

Desde meses antes de matar a Warren Barnes, Brian venía diciéndoles a sus padres que quería asesinar a alguien y les describía diferentes métodos para hacerlo. Terri y Brian (padre) le decían que dejara de pensar esas cosas, pero jamás se preocuparon realmente porque el muchacho decía todo eso en tono de broma. Se conformaron creyendo que era una simple cuestión de humor negro.

En sus declaraciones también admitieron que, el día anterior al hallazgo de las bolsas con la cabeza y las manos de Warren, habían hecho otro hallazgo en uno de los autos de la familia: una licencia de conducir a nombre de Barnes y una billetera. Contaron que le preguntaron a Brian de dónde los había sacado y que el muchacho les respondió que los había encontrado en la calle.

También encontraron una mancha roja en el tapizado del auto y aceptaron sin cuestionamientos la respuesta de Brian cuando les dijo que era de una pintura que usaba en las clases que tomaba sobre “efectos especiales”.

En el juicio, sus abogados quisieron mostrarlo como un joven con problemas de salud mental. No sirvió esa estrategia. Cuando escuchó la sentencia, Brian sonreía
En el juicio, sus abogados quisieron mostrarlo como un joven con problemas de salud mental. No sirvió esa estrategia. Cuando escuchó la sentencia, Brian sonreía

Aprendiz de asesino serial

Como Brian había confesado el crimen con lujo de detalles, sus abogados intentaron una defensa basada en su salud mental. Argumentaron que tenía un trastorno depresivo mayor que, combinado con factores ambientales que lo estresaron, desencadenaron una situación de demencia temporal que lo llevó a matar.

La fiscalía planteó todo lo contrario. Los acusadores sostuvieron que Cohee había planificado el asesinato durante meses y que, después de matar, desmembró el cuerpo en un intento de borrar los rastros. En otras palabras, que era un asesino frío y calculador, y que de loco no tenía nada.

El juicio duró veinte días y la sentencia, dictada el 6 de febrero de 2023, fue lapidaria: prisión perpetua sin posibilidad de libertad condicional y fijó como lugar de detención el Complejo Correccional de Buena Vista, en Colorado.

De pie junto al banquillo de los acusados, Brian Cohee escuchó la sentencia con una sonrisa dibujada en la cara. Frente a esa imagen, fue inevitable que muchos en la sala recordaran lo que había dicho en su confesión: “Lo hice porque quería ser un asesino serial famoso”.