
Cuando la policía llegó al lugar, se encontró con siete cuerpos desparramados en la vereda. Todos estaban acribillados y algunos desfigurados porque los impactos de bala habían destrozados sus rostros. Se sorprendieron al comprobar que uno, identificado como Frank Gusemberg, aún vivía. Fue llevado de urgencia al hospital y cuando le preguntaron quién le había disparado, respondió que nadie. Tenía 14 impactos de bala, le quedaban pocos minutos de vida y aun así respetó el código de silencio.
Los asesinatos, que pasarían a la historia criminal como la matanza de San Valentín, fue un episodio más de la lucha entre bandas criminales para controlar el comercio ilegal de alcohol en los Estados Unidos.
Pocos recuerdan que un italiano borracho que violó a su esposa embarazada -fruto ello daría a luz a un niño con malformaciones, muy parecido a Satán según la exageración de algunos- sería el detonante en la lucha por derogar el consumo de alcohol en los Estados Unidos. Hacía tiempo que miembros de la iglesia, activistas, políticos y diversas organizaciones machacaban sobre que el alcohol sólo traía atraso y pobreza.

Entre quienes sostenían esa bandera se encontraba el Movimiento por la Templanza, que incluía a miles de adeptos en Estados Unidos y en otros países anglosajones. Una de sus exponentes más radicales y fanáticas, Carrie Amelia Nation -una corpulenta afroamericana que pasaba el metro ochenta- solía irrumpir en los bares junto a otras mujeres y, mientras cantaban himnos religiosos, destrozaba con su hacha barriles de licor y todo lo que encontraba a su paso. Su primer esposo había muerto debido al alcoholismo, sostenía que recibía órdenes divinas y así pasó su vida, rompiendo bares, mientras que las fianzas de sus 30 arrestos las pagó con el dinero que obtenía por la venta del modelo de hacha que usaba, y por las contribuciones que recibía.
La mujer no vería los frutos de su cruzada, ya que falleció en 1911. En octubre de 1920 entró en vigencia la Ley Volstead, que prohibía vender, producir, importar o transportar alcohol en el país.
Pero hecha la ley, hecha la trampa. Surgió el comercio ilegal de producción y venta de alcohol. Y con él la proliferación de destilerías y bares ilegales, todo manejado por bandas mafiosas que solían disputarse los espacios de poder a los tiros.

Uno de los protagonistas había nacido en Brooklyn en 1899, era hijo de inmigrantes napolitanos y ya a los 14 años ya había amenazado de muerte a su maestra. Su nombre era Alphonse Gabriel Capone y poco después conocería al calabrés John Donato Torrio, un mafioso de Manhattan.
Si bien intentó disimular sus actividades delictivas como comprador y vendedor de muebles, enseguida fue escalando posiciones. Cuando estuvo a cargo del bar Harvard Inn, el haber piropeado a una mujer le costaría caro: recibió cortes en su rostro con una navaja. Le quedaría el mote de Scarface, Caracortada.
Se casó, tuvo un hijo y cuando se implantó la ley seca, su protector Torrio - que ya vivía en Chicago- lo tentó con las oportunidades que se ofrecían con el comercio clandestino del alcohol. Cuando Torrio sufrió un atentado que lo tuvo al borde de la muerte, y luego de purgar una condena por violar la prohibición, en 1925 dejó todo y se fue a Europa, lo que convirtió a Capone en un jefe todopoderoso. Manejaba destilerías, salas de juegos, prostíbulos, hasta carreras de perros. A la par, ayudaba a los inmigrantes italianos que la pasaban mal. Entre sus rivales estaba George Clarence “Bugs” Moran.
Para la justicia -que lo había colocado en el primer lugar de una lista de enemigos públicos- fue difícil atraparlo. Es que tenía comprado a jueces, políticos y policías.

La masacre
Los que predicaban que el alcohol traía atraso y pobreza, no imaginaron lo que ocurriría el jueves 14 de febrero de 1929, Día de San Valentín. A mitad de la mañana siete integrantes de la North Side Gang, una banda de raíces irlandesas liderada por Bugs Moran, acudieron a un almacén situado en el 2122 de la calle North Clark, en el barrio Lincoln Park. Debían esperar un embarque de whisky canadiense proveniente de Detroit. Lo que ignoraban era que todo era un engaño de un miembro de la banda de Capone, que había mandado pasar el dato el día anterior.
Los que aguardaban dentro del garage de la SMC Cartage Company eran James Clark, cuñado y mano derecha de Moran, Adam Heyer, John May, A. Weinshank, los hermanos Frank y Peter Gusenberg y Robert Schwimmer.

Les habrá parecido extraño cuando llegó una patrulla policial y un auto particular. El día anterior habían pagado la cuota mensual a la fuerza para poder trabajar con tranquilidad. Bugs Moran, que se había quedado dormido en la habitación que ocupaba en el Parkway Hotel, llegó tarde y vio a los policías de lejos. Decidió esperar en un bar cercano.
Los vecinos vieron salir a los hombres de civil desarmados y con las manos en alto, seguidos por los policías que los apuntaban, simulando un arresto. Todos fueron puestos contra una pared. Fueron registrados y colocaron sus manos a sus espaldas, esperando ser esposados.
Entonces las tres personas vestidas de policías y los dos hombres de civil los acribillaron usando ametralladoras Thompson, escopetas y pistolas calibre 45. Subieron a la patrulla y abandonaron el lugar.

Algunos creyeron reconocer entre los agresores a Jack Mc Gun, más conocido como “Machine Gun”, que habría aprovechado la oportunidad para vengar la muerte de su padre, pero él insistió que ese día había estado con su novia, Larise Rolfe, en la habitación de un hotel.
Todas las miradas apuntaron hacia Capone, quien se defendió diciendo que estaba en Miami. A Moran se le escuchó comentar que lo que había ocurrido en el garage era su estilo. Se tejieron varias teorías, una de ellas asegura que los asesinos eran realmente policías y que vengaron la muerte del hijo de uno de ellos.
Nadie pudo ser acusado de este crimen. Capone eludió dos llamados de la justicia, pretextando que estaba enfermo, pero sus días estaban contados. Recién en octubre de 1931 fue condenado a pagar 80 mil dólares y a purgar una condena de 11 años de prisión por el delito de evasión fiscal. Como en la prisión de Atlanta vivía como un rey, fue trasladado a Alcatraz, donde sus privilegios se restringieron a tocar el banjo. Los inexorables efectos de la sífilis que había contraído en su juventud deterioraron su salud y su condena fue acortada a 6 años y cinco meses. Cuando fue puesto en libertad, sufría demencia y era una sombra del Don todopoderoso de Chicago.

Cuando salió de la cárcel, Capone se recluyó en su casa de Palm Beach, donde murió el 25 de enero de 1947, alejado de todo. Ya habían pasado catorce años de la derogación de la ley seca, que le había hecho decir en 1920 a Billy Sunday, un predicador que había dejado su exitosa carrera de beibolista de 500 dólares semanales por la iglesia, que “se cerraron para siempre las puertas del infierno”.
El garage donde ocurrió la matanza se transformó en 1949 en un negocio de venta de muebles antiguos. Pero sus dueños lo terminaron cerrando, porque acudían más turistas y curiosos que clientes. En 1967 el alcalde local decidió demolerloyhoy. la numeración que tenía el garage no existe. Solo pervive el recuerdo de una matanzay los fantasmas de una época de crímenes y muerte.
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