
Guiados por la ficción televisiva, afirmamos, con el índice en alto y la estridente convicción de los pastores de plaza, que Michael Landon fue un enviado divino a la Tierra. ¿O existen lectores descreídos, negacionistas, que piensan distinto? Sus personajes en “Bonanza”, “La familia Ingalls” y “Camino al cielo” son prueba suficiente de que están equivocados, herejes: Joe Cartwright, Charles Ingalls y Jonathan Smith -directamente un ángel- fueron seres celestiales que ni siquiera pecaron de pensamiento. ¿Que qué? ¿Alcohol, infidelidades, escándalos, excesos? ¿Confundimos persona con personajes? La cuestión es compleja: sépanlo, ni siquiera Landon era Landon. O sí. Aunque no siempre. Sí, estamos siendo confusos. A ver: dejemos -por el momento- el papel de predicadores faranduleros y pasemos al periodismo de investigación clarificadora.
Eugene Maurice Orowitz -Michael Landon, para ustedes- tuvo una vida breve y atormentada, sobre todo en el comienzo y final, lo que suele ser más frecuente. Nació el 31 de octubre de 1936 en una Nueva York que todavía no se había repuesto del crack del 29. Su padre, Eli Orowitz, era empleado de publicidad de la productora RKO; su madre, Peggy O’Neill, irlandesa católica, sufría desequilibrios psiquiátricos y maltrataba a su marido y a Eugene. En el colegio, al chico no le iba mejor: sufría bullying antisemita; sus compañeros le decían “bastardo judío”. Su madre le agregaba humillaciones, como colgar las sábanas orinadas por él y burlarse, sin saber qué era la enuresis ni, mucho menos, los traumas infantiles.
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Eugene se escudaba en su padre. Pero Eli -incapaz de manejar los derrapes psicológicos de su esposa- encontraba alivio trabajando cada vez más tiempo fuera de su casa. Peggy, sin ayuda terapéutica, oscilaba entre encerrarse en su mundo -jamás acompañaba a su hijo al colegio, ni siquiera recordaba su cumpleaños- y lanzar violentas amenazas contra su hijo y contra sí misma. Varias veces pasó de la palabra al acto e intentó suicidarse. “Crecí antes de darme cuenta de que otras madres no metían la cabeza en el horno”, declaró alguna vez Landon.
De joven se dedicó, pese a todo, al deporte: era bueno. Amaba el atletismo y el motociclismo. A los 16 años, en una carrera de motos tuvo un accidente brutal: no murió por poco, pero quedó desfigurado. Le practicaron cirugías reparadoras en la cara: cómo intuir que esa sería la cara de un galán famoso. Recuperado, Eugene, que se destacaba especialmente en lanzamiento de jabalina, ganó una beca para practicar esa disciplina en la Universidad de Southern California. Se mudó a Los Ángeles. Su vida parecía, por fin, encaminarse. Aunque no. Ni siquiera. Una lesión en su brazo, tras una caída en la que se rompió los ligamentos, le impidió seguir adelante. Sí: tenía una suerte increíble para la desgracia.
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Nace Michael Landon
Instalado en Los Ángeles, donde a nadie se le negaba un vaso de agua ni un papel de actor, consiguió participar en obras sin tener formación dramática. Su aspecto lo ayudaba: la cara bien reconstruida, melena abundante, cuerpo bien torneado por el atletismo. Pero él sentía que su estatura, un metro setenta y cinco -tampoco para cortarse las venas- era insuficiente, así que usaba botas con tacos y plantillas que lo elevaban casi hasta el metro ochenta. Su nombre le parecía otra limitación. ¿Qué hizo? Abrió una guía telefónica -atención, millennials: en la era pre internet existían gruesos libracos con los números de cada ciudadano- y dejó que su dedo índice cayera en cualquier lado. Cayó sobre un tal Michael Landon: Eugene no le robó la identidad pero sí el nombre.
En 1959, con 22 años, ya convertido en Landon, logró el primer éxito rotundo: consiguió un papel importante en “Bonanza”, serie emitida por la cadena NBC, suerte de western familiar en torno de un hombre viudo y sus tres hijos. Michael interpretaba al menor, Joe Cartwright. Además, comenzó a involucrarse en la escritura de los guiones y en la dirección de distintos episodios; algunos de ellos, como “El deseo”, considerados los mejores de un programa que tuvo multitudes de televidentes durante catorce temporadas. Habituado a la derrota, Landon sufrió el síndrome de los que fracasan al triunfar y, ante las exigencias y los placeres del éxito, se entregó al alcohol y los tranquilizantes. Además, en un raid autodestructivo, llegó a fumar cuatro atados de cigarrillos sin filtro diarios.
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En paralelo, luchaba por formar una familia armoniosa que sólo iba a conseguir en las ficciones. Al empezar “Bonanza” estaba casado con Dodie Levy-Fraser, ocho años mayor que él, con la que adoptaron a tres chicos: Mark -que iba a morir en mayo de 2009-, Josh y Jason Samuel. Se divorciaron en 1962; un año después, en pleno éxito de “Bonanza”, Michael volvió a casarse, con Marjorie Lynn Noe, y tuvo otros cuatro hijos: Leslie Ann, Michael Jr., Shawna Leigh y Christopher Beau. Lynn intentó, como lo había intentado Dodie, frenar o al menos mitigar la espiral autodestructiva de Landon. No lo logró, pero el matrimonio duraría casi veinte años: dos décadas que terminarían en un gran escándalo.
Antes, en 1974, Landon logró su segundo exitazo: como Charles Ingalls, padre de la idílica “La familia Ingalls”, que completaban su esposa Caroline y las tres hijas del matrimonio, Mary, Laura y Carrie. Un grupo de granjeros estadounidenses del siglo XIX que luchaba para que la comunidad de Walnut Grove, Minnesota, fuera más próspera y justa. La serie, también de la NBC, se basaba en la novela autobiográfica “La casa en la pradera”, de Laura Ingalls Wilder (1876-1954), y había sido precedida por una película televisiva homónima. Charles, epítome de todas las virtudes humanas, fue considerado por la revista estadounidense “TV Guide” como el cuarto en la lista de los padres más importantes de la televisión de todos los tiempos.
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La serie, que tenía millones de seguidores, duró nueve temporadas y constó de 204 episodios más cuatro capítulos especiales que se emitieron en 140 países. Landon se convirtió en una estrella a nivel planetario, en épocas sin plataformas digitales ni redes sociales. También, en un galán “blanco”, sin dobleces: un tipo fiel, afectuoso, solidario, familiero y pintón (al actor le gustaba mostrar sus pectorales apareciendo sin camisa, trabajando bajo el sol). Charles Ingalls era, en realidad, una versión edulcorada del verdadero padre de Laura Ingalls Wilder. Landon esperaba que le diera un Emmy, el Oscar de la TV, premio para el que nunca iban a ser nominarlo.
Infidelidad y escándalo
“La familia Ingalls” terminó en 1982. Las razones fueron variadas; entre ellas, la revelación de que Landon era amante de una maquilladora veinte años menor que él, Cindy Clerico. La infidelidad le costó cara en todos los frentes. En el conyugal, desde ya, pero también en el laboral: sus groupies, que lo idealizaban con las virtudes de Charles; la prensa e incluso sus compañeras de elenco le dieron la espalda. Melissa Gilbert, Laura Ingalls, su hija del medio en la ficción, fue la que tomó peor el asunto. Adolescente, era muy amiga de los Landon, a los que había tomado como segunda familia, ya que sus padres se habían separado cuando tenía seis años y su padre se había suicidado poco tiempo después.
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“Mike era una buena persona, nuestro jefe y amigo. Pero en mi casa nos pusimos del lado de Lynn, la amiga más querida de mi mamá -dijo Melissa-. En las reuniones de mi familia siempre se predicó el poder femenino y en aquel tiempo se habló de lo desconsiderado que estaba siendo Mike con la tía Lynn”. El vínculo entre Landon y su hija ficcional terminó de romperse el 14 de febrero de 1983, cuando él se casó -el día de San Valentín- con la joven Cindy. En un programa de televisión se planteó la pregunta: “¿Qué diría Charles Ingalls sobre Michael Landon?”. Imposible saberlo; lo cierto es que Charles Ingalls se había quedado sin serie y Michael Landon se había divorciado de Lynn a un costo económico elevado: 26 millones de dólares y una mansión de 35 habitaciones en Beverly Hills, Los Ángeles.
En 1984 Landon obtuvo su último papel importante: Jonathan Smith, un ángel que en la serie “Camino al cielo” tenía diálogo directo con Dios y estaba dotado de poderes sobrenaturales para hacer el bien, salvo en ciertos casos. No tenía, por ejemplo, dones curativos. En el episodio 16 de la segunda temporada, “Sigue sonriendo”, se revelaba que había nacido en 1917 y muerto en 1948 de un cáncer de pulmón causado por el tabaco. En el presente, se comunicaba con un policía retirado, Mark Gordon, que intentaba darle sentido a su vida. Gordon era interpretado por Victor French, amigo de Landon y parte del elenco de “La familia Ingalls” (hacía de Isaiah). Ambos dirigían “Camino al cielo”, que tuvo 111 episodios en cinco temporadas: desde 1984 hasta 1989, cuando empezaron a sucederse las desgracias.
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El hombre invisible
En abril de 1989, a French le diagnosticaron un cáncer de pulmón fulminante: murió el 15 de junio, a los 54 años. En abril de 1991, el diagnóstico de cáncer, en este caso de páncreas, fue para Landon. El tumor se había diseminado: la metástasis tomaba el hígado y los ganglios linfáticos. Inoperable. Apenada, Melissa Gilbert volvió a comunicarse con su ex padre ficcional al enterarse de la noticia a través de “The Tonight Show”, de Johnny Carson. Después fue a visitarlo. Sus peores previsiones fueron superadas por la realidad: “Estaba extremadamente delgado y frágil -escribió en su libro “Prairie Tale”-, Parecía del doble de su edad. Su pelo estaba completamente blanco y su piel, gris. Todo su color se había desvanecido. Como si fuera casi invisible”.
El 21 de mayo de 1991, el actor se sometió a una cirugía por un coágulo que casi le costó la amputación de su pierna izquierda. “Abusé de mi cuerpo a lo largo de los años -reconoció-. No quiero que la gente piense que todo el mundo es candidato a este tipo de cáncer. Creo que lo tengo porque la mayor parte de mi vida bebí demasiado. También fumé muchos cigarrillos y comí comida chatarra. Si hacés eso, incluso siendo fuerte, de alguna manera terminás pagándolo. Ahora pueden ocurrirme dos cosas: que gane o que pierda. Estoy preparado para ambas. Si voy a morir, la muerte tendrá que luchar mucho para atraparme”. No tanto. La parca lo atrapó sin mucho esfuerzo ni dilaciones, el 1 de julio de 1991, en su rancho de Malibú, California. Landon tenía, como French, apenas 54 años.
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En el entierro de “Jesús de Malibú” (apodo de Landon en sus últimos años) estuvieron, entre otros famosos, Ronald Reagan, en aquel entonces presidente de los Estados Unidos, y su esposa Nancy. “Su trágica batalla contra el cáncer tocó los corazones de todos los estadounidenses, al igual que su espíritu indomable”, declaró el líder republicano y ex actor. Lynn brilló por su ausencia: “Para mí, Mike había muerto mucho tiempo antes de su desaparición física”, explicó. El actor había dejado una fortuna de casi cien millones de dólares y una frase que seguiría resonando: “Nadie es perfecto en esta vida, ni Charles Ingalls ni Michael Landon”. A confesión de partes, relevo de pruebas. Olvídense de lo escrito en el comienzo de esta nota.
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