
Fue, o pareció que sería, un aire nuevo, un soplo renovador en aquellos imperios lejanos y para muchos misteriosos y arcanos, que en realidad estaban levantados en un mar subterráneo de petróleo en el que forjaban su riqueza, su poder y se alguna forma su destino. Hace medio siglo, el 1 de setiembre de 1969, un mes y diez días después de la llegada del hombre a la Luna, Muamar Khadafi se adueñó de Libia para salvarla, dijo, de la corrupción, el atraso y la pobreza. Fue un golpe incruento que derribó al rey Idris I, un monarca impopular y perverso, y que prometió un mundo nuevo.
Khadafi lo hizo. Era un joven coronel, carismático y arrollador, que lo dio vuelta todo: acabó con la monarquía y fundó la República Árabe Libia para encarnar, dijo, el espíritu del panarabismo que había impulsado el egipcio líder Gamal Abdel Nasser. En aquellos días previos a los caóticos y violentos años 70, Khadafi fue visto, y aceptado, como un líder socialista y justiciero, destinado, predestinado dio a entender el propio Khadafi, a cambiar la naturaleza socioeconómica y política de Libia.
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El resultado fue una dictadura brutal de cuarenta y dos años, un pueblo sojuzgado y hambreado, con opositores presos, torturados y asesinados en las cárceles del régimen y un silencio sepulcral en aquella Libia que iba a ser salvada y donde Khadafi reinó a su antojo.
Desde hace una década se conocen cuáles eran los antojos de Khadafi. Un libro de la escritora francesa Annick Cojean, “Las presas. En el harén de Khadafi”, reveló un aspecto desconocido, o poco conocido, o ignorado adrede de Khadafi: un violador de mujeres, y de hombres, que esgrimía el sexo como un instrumento de poder y de dominación, un predador sexual que durante años mantuvo cautivas a sus víctimas en los sótanos del conjunto de palacios de Bab Al Azizia, la gigantesca residencia de Khadafi en los suburbios del sur de Trípoli, la capital libia.
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Cuando Khadafi fue derrocado y asesinado, el 20 de octubre de 2011, los rebeldes que liberaron su bastión hallaron las mazmorras sexuales que contaban incluso con una clínica ginecológica donde las mujeres elegidas por el dictador eran chequeadas para evitar enfermedades de transmisión sexual y, donde según Cojean “se practicaban abortos o reconstrucción de himen, no le veo otro sentido”. El aterrador escenario también fue descripto por el diario español El Mundo. Las mismas instalaciones, mazmorras sexuales y “clínicas” ginecológicas adyacentes, fueron halladas en los subsuelos de la Universidad de Trípoli, otro refugio del dictador. El ahora rector de la universidad, Feisal Krekshi, reveló cómo se habían descubierto esos dormitorios secretos y una investigación del canal británico BBC4 denunció: “Cientos, posiblemente miles de adolescentes fueron golpeadas, violadas y forzadas a convertirse en esclavas sexuales durante los cuarenta y dos años que duró el régimen de Khadafi”.
El informe de la televisión británica también dejó en claro que no era Khadafi el único predador sexual del régimen y que los palacios del clan y sus sótanos eran visitados por los hijos de Khadafi, y los jerarcas civiles y militares del régimen.
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Cojean basó su investigación en el testimonio de una de las esclavas sexuales de Khadafi, que reveló primero en el diario francés Le Monde, que usó un nombre falso para proteger su identidad. Primero fue Safia y luego sí usó su nombre verdadero, Soraya. Mantiene su apellido en el anonimato y vive con identidad falsa ante el temor de que su propia familia, sus hermanos, la maten ante la deshonra que implica en la cultura islámica el haber sido violada.

Cojean conoció a Soraya por azar. “Fue cuando investigaba las violaciones durante la revolución. Me contó que Khadafi la violó durante cinco años y que se convirtió, ella no se atrevió a decirlo por eso lo digo yo, en su esclava sexual”. La mujer contó a Cojean lo que demostró ser costumbre en el dictador. Dijo que la habían elegido personalmente, en una fiesta escolar armada ex profeso. Khadafi se le acercó, le entregó unas flores y puso su mano sobre la cabeza de Soraya, que tenía entonces 14 años. Ese gesto, la mano en la cabeza, quería decir que era la elegida. Al día siguiente, tres mujeres llamaron a la puerta de la casa de sus padres: tres mujeres, en un coche oficial con las banderas libias desplegadas pasaron a buscarla. En el palacio de la ciudad de Sirte le hicieron análisis de sangre, Soraya habló de enfermeras ucranianas, y luego fue a parar a manos de Khadafi que la golpeó y la violó.
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¿Podía desconocer el resto del mundo lo que ocurría en Libia? Cojean dice que no: “Creo que muchos diplomáticos lo sabían; tal vez no supieran la amplitud del sistema, que era enorme, su extensión, su gravedad, las costumbres bárbaras de Khadafi. Pero sí sabían que era un predador”.
Una de las mujeres que buscó a Soraya en su casa de Sirtes, era Mabrouka Cherif, una figura siniestra que hoy vive en Libia bajo arresto domiciliario. Era temida por su fuerte vinculación con Khadafi y por su adhesión a la magia negra y a sus ritos. Viajaba al extranjero en busca de muchachas, a las que captaba con joyas, dinero, regalos lujosos y la promesa de una vida fantástica en los palacios libios. “Venía aquí a hacer sus “compras”, dijo a Cojean un diplomático en referencia a los viajes de Mabrouka a París.
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Algunos de los fieles funcionarios de Khadafi, que tras el golpe recuperaron de manera abrupta la memoria y la dignidad, revelaron que la obsesión del coronel que iba a cambiar a Libia no era física y debida a un apetito sexual irracional, sino que era también su principal arma de poder: “Khadafi gobernaba, humillaba, sometía y sancionaba con el sexo. Mantenía relaciones incluso con sus ministros, condenados al silencio y al deshonor e intentó seducir, a menudo con éxito, a las esposas de jefes de estados africanos o a sus embajadores”.
Durante su dictadura, y apetencias sexuales al margen. Khadafi se proclamó “Líder y Guía de la Revolución”, impulsó la llamada “tercera teoría universal” y la “yamahiriya”, la idea de estado socialista ideal, dijo, para el Tercer Mundo. Se acercó a Francia en los años iniciales de la revolución libia, abrazó al panarabismo de Nasser al que interpretó, o reinterpretó a su modo, y se volcó luego al anticapitalismo, al pro sovietismo, al panislamismo, al intervencionismo belicista y a una especie de panafricanismo pacifista que lo mostró como un artífice de la unidad africana. Para ejemplo, apoyó al terrible dictador de Uganda, Idi Amín, durante la guerra con Tanzania. Entre 1972 y 1977 formó la Federación de Repúblicas Árabes, intentó unir a Libia con Túnez, Argelia, Marruecos y Chad y convertirse en líder del Movimiento de Países No Alineados.
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En el fondo, las olas del petróleo libio modelaban su régimen, garantizaban la tolerancia dilatada de Occidente y los ojos vendados ante los desvaríos sexuales del libio.
Cojean reveló, en su libro y en sucesivas entrevistas, que su confidente, Soraya, “no era la única que vivió ese calvario. Algunas me han hablado de hasta unas treinta muchachas alojadas al mismo tiempo en palacio, pero esto es difícil de comprobar. Había muchas idas y venidas de chicas, todas tenían sus movimientos restringidos y no podían tener mucho contacto entre ellas”. Luego de las revelaciones del libro de Cojean, la revista francesa Paris Match entrevistó a una jefa del movimiento anti Khadafi que admitió que el ya asesinado líder libio “necesitaba cuatro jóvenes diarias, de preferencia vírgenes. Y las elegía en cualquier sitio: en fiestas privadas, en colegios, en institutos, en salones de belleza e incluso en las cárceles”.
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La mujer reveló también que Khadafi impulsó en sus soldados la violación de mujeres rebeldes. “La violación era una de sus armas, una forma de dominar al otro. Una joven fue una de sus esclavas sexuales hasta que Khadafi decidió casarla con uno de sus jefes militares. Pero horas antes de la ceremonia, la convocó a su palacio y la violó de nuevo. Hasta el último momento tenía que controlarla, dejar su huella. También era un mensaje al marido: había un solo amo y ese era Khadafi”.
El día de su derrocamiento, Khadafi fue hallado oculto en una alcantarilla de Sirte, la ciudad de Soraya y la natal del dictador. En 2017, una foto de su linchamiento muestra a un rebelde que introduce un objeto de metal en el recto de Khadafi. Minutos después, fue asesinado. La ONU exigió al entonces gobierno de transición que explicara los detalles de la muerte de quien fuera el hombre fuerte de Libia.
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