
El hombre se mueve continuamente al ritmo de su mente o de la de otros. Así, diversos pensadores modificaron nuestro entorno y realidad sin necesidad de gobernarnos directamente. Influyeron en la clase política argentina, rompiendo paradigmas e instalando otros, muchas veces sin siquiera sospecharlo.
Desde principios de 1815 hasta fines de 1818, Bernardino Rivadavia desempeñó tareas diplomáticas en Europa. En contacto permanente con diversos intelectuales, sintió gran interés por el pensamiento del filósofo inglés Jeremías Bentham. Logró tomar clases con él y cultivar cierta amistad. De regreso en Argentina mantuvieron contacto epistolar.
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Bentham fue conocido a nivel mundial por la teoría del Utilitarismo. Pensamiento basado en el principio de que toda acción debe causar felicidad, tanto para quien la ejecuta como para aquellos a los que afecta.
Cuando en 1821 Rivadavia fue nombrado Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores de Buenos Aires, aplicó políticas utilitarias inspiradas por su amigo inglés.
El influjo benthamiano puede verse claramente en el amplio plan de educación pública universal y de desarrollo científico al que aspiró Bernardino. También en la Ley de Prensa rivadaviana que implicó, entre otros aspectos, la publicación de cada medida gubernamental. Por primera vez hubo cierto control a la administración y se incentivó el desarrollo de la opinión pública.
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A diferencia de Rivadavia, Manuel Dorrego pulió su pensamiento en Estados Unidos. Llegó al país del Norte por casualidad, tras ser expulsado de Argentina. Aunque al principio lo consideró una verdadera desgracia poco tardó en considerar a Norteamérica como "todo lo que estaba bien en el mundo":
"Prácticamente en los Estados Unidos –señaló Dorrego- no se puede encontrar un hombre que no sepa leer y escribir, porque es tal que para el muy pobre, y para el dependiente de un artesano hay escuelas a que van de noche, y para el muy pobre hay otras adonde concurren el día de fiesta: hay más, que el patrón que tiene un dependiente o un artesano, que tiene contratado, está obligado a hacerle recibir educación en estas escuelas".
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En el exilio se empapó de las doctrinas que Alexander Hamilton expuso en "El Federalista". De regreso expuso todo aquel bagaje doctrinal en artículos y discursos en el Congreso. Se materializaron, principalmente, en los puentes de igualdad que generó con las provincias desde la gobernación bonaerense.

Adentrándonos en el siglo XIX nos encontramos con los fundadores del Estado Argentino. Muchos desconocen que tanto Domingo Faustino Sarmiento como Bartolomé Mitre tuvieron afición por el "socialismo utópico". Es decir por pensadores como Claude-Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon o Charles Fourier, a quienes Carlos Marx reconoció como predecesores.
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Juan Bautista Alberdi si lo notó y en las cartas que intercambió con el político argentino Félix Frías se manifestó indignado por aquella tendencia a la que denominó "roja". En febrero de 1853 escribió:
"Mucho hemos sentido al ver a usted indeciso, y aproximado a los rojos, en días en los que los conservadores necesitamos de usted. Conoce mi carácter. No crea que me extravié jamás. Veo muy clara la situación en nuestro país. Cada día que pasa es un desengaño de Sarmiento, Mitre, Sarratea, Alsina, cabezas tiernas".
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En marzo arremetió:
"Sarmiento y Sarratea están entre los pipiolos y socialistas".
Esta influencia se mantuvo en el tiempo. De hecho, muchos años después, hacia el final de la primera presidencia de Roca, La Nación – diario de Bartolomé Mitre- publicó una serie de artículos sobre los derechos de los trabajadores. Mientras que Sarmiento denunció siempre la situación de desigualdad al que estaba sujeta la mujer y buscó cambiarla.
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Dicha visión sobre el sexo femenino era propia del naciente socialismo. El mismo año en que el sanjuanino asumió la presidencia argentina, Marx escribió en carta a un amigo:
"Cualquiera que conozca algo de historia sabe que los grandes cambios sociales son imposibles si el fermento femenino. El progreso social puede medirse exactamente por la posición social de la mujer".
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Veinte años antes Domingo Faustino señaló: "Puede juzgarse el grado de civilización de un pueblo por la posición social de las mujeres".
Con el nuevo siglo otras ideas llegaron a estas tierras. Juan Domingo Perón se nutrió –en gran medida- del fascismo para realizar cambios en el Estado. Imitando a los totalitarios europeos, por ejemplo, se colocó a la cabeza de los trabajadores y anuló al socialismo. Totalmente esperable, ya que estudió en la Italia que vio florecer a Benito Mussolini.
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Para su gran mentor, el Duce, no había individuos ni grupos (partidos políticos, asociaciones, sindicatos, clases) fuera del Estado. Algo muy presente aun en el concepto de política justicialista, que tiende a estatalizar todo y observa en ello una reivindicación patriótica.
Dentro de esta línea de pensamiento hallamos a Alfredo Rocco, uno de los pensadores fascistas de mayor relevancia. Ante sus pares señaló con absoluto convencimiento:
"Las masas entran en el Estado no para destruirlo sino para consolidarlo, para darle la mejor parte de ellas mismas, en la misma manera que el Estado les da la más alta protección y el más amplio reconocimiento… el sindicato es un órgano del Estado, participa de las funciones del Estado y hasta ejerce derechos inherentes a la soberanía como es su derecho de establecer y de percibir impuestos coercitivos".

El modelo sindical fascista es justamente el que Perón importó a la República Argentina. La intachable Alicia Moreau de Justo en una entrevista de 1972 no dejó de señalar las consecuencias:
"Perón descompuso muchas cosas. Fíjese en el sindicalismo actual: uno ve a esos secretarios generales que andan en coches de lujo… En nuestra época los dirigentes gremiales viajaban en colectivo, y ellos mismos abrían el local del gremio. Cuando recibían una renta, nunca era mayor que el sueldo que les correspondía y los aportes eran cotizaciones voluntarias de sus compañeros, no los depósitos obligatorios en los que el patrón hace de cobrador".
Aunque suene increíble, actualmente toleramos un sistema sindical que sería el orgullo del extinto Benito. Evidentemente, como escribió Sarmiento "las ideas no se matan" y, algunas, pueden llegar a padecerse durante décadas.
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