Martín Rodríguez: "La poesía era un refugio frente al escepticismo"

Uno de los protagonistas más relevantes de la "Poesía de los 90" habla de la dimensión política en su textos, a partir de la reedición de su libro "Ministerio de Seguridad Social" (Mansalva).

Por Francisco Bitar.

“Ministerio de desarrollo social”, de Martín Rodríguez

Martín Rodríguez pertenece a esa clase de escritores en cuya trayectoria se condensa parte de la historia cultural y política reciente. Uno de esos escritores que, a tal punto ilustran los humores cambiantes de la historia, que uno se pregunta si no son ellos mismos quienes motivan o modelan esos cambios.

En todo caso, no cabe duda de que Rodríguez, con olfato fino para detectar dónde se hablaba el lenguaje de la tribu, conoció esa historia en vivo y en directo, y salió vivo para contarla. De entrada, como el exponente más joven de la generación poética de los noventa, pasando por la militancia y la asamblea de los blogs en los dos mil, a su actual trabajo como analista político y editor en la revista Panamá, Rodríguez descolla en el difícil trabajo de tomarle el pulso a la época y poner el presente en perspectiva.

A raíz de la salida reciente, en Mansalva, de Ministerio de desarrollo social, poema-libro (publicado originalmente por Determinado Rumor en 2012), repasamos estos temas y otros más en una conversación de tres horas de la que transcribimos una parte. Fue un domingo de hace un mes, estaba oscuro y hacía frío, pero la mesita de conferencias de la librería Del otro lado libros, como un fuego, nos permitió entrar rápido en calor.

Martín Rodríguez

Releyendo Ministerio de Desarrollo Social en la nueva edición, me acordé de algo que me pasó en mi encuentro con tu primer libro, hace unos quince años: el más joven de los poetas de la generación del 90 era el de los libros más complejos, el de los poemas de largo aliento, el de los poemas-libro, con temas, personajes y paisajes que iban y venían. ¿Cómo es que empezaste a escribir y cómo aparece esa particularidad, que también es una especie de distancia con tu generación?

—Empecé a escribir poesía casi de casualidad, por un impulso, y desconociendo lo que escribían otros, y no sabiendo nada de la tradición de la poesía argentina. La mitad del primer libro está escrita en el desconocimiento de esa generación, que después sería también la mía. Esa es una clave posible para entender. Lo que pasa es que no haber leído a mis contemporáneos no significa que no haya habido vasos comunicantes entre nosotros. Es, de alguna manera, una poesía sobre la época la poesía de los años 90.

Ese primer libro es Agua negra.

—Sí, Agua negra. Yo tenía escritos poemas muy adolescentes en ese libro, poemas que no tenían demasiada elaboración estética. Era un libro de adolescencia, con toda esa cosa medio mortificante que tiene la edad, escrito desde ese dolor y fuego de la juventud. Después me pasé de mambo en lo estético.

Podemos hacer un repaso de tu formación: la poesía, la universidad, la militancia.

—La poesía de los 90 tuvo algo de boom. Cuando empecé a armar mis amistades, era escéptico de hacer política. Un poco porque uno es hijo de un tiempo y aún teníamos cerca la derrota de los setentas e incluso de los ochentas. La poesía de los 90 era un refugio frente al escepticismo. Lo que vino a ser la segunda ola de los 90. Ahí, por la atracción que tenía esa segunda ola con la política, donde estaban poetas como Santiago Llach, Verónica Viola Fisher, Martín Gambarotta, Alejandro Rubio, Marina Mariasch, Fernanda Laguna, Francisco Garamona, Cucurto. Después, me dediqué a la militancia y la poesía pasó más a un segundo plano.

Francisco Garamona, uno de los referentes de la poesía de los 90

¿Cómo recordás esa época?

—Era una época hermosa y de mierda, con laburos de mierda y todo lo demás, incluso para los jóvenes de capas medias. No había un mango. Y, por encima de todo eso, ¿cuál era la gran frustración? Por un lado te latía el corazón político, todo el día hablabas de política y, por el otro, la militancia te parecía algo gastado o inútil. A veces el discurso militante te parecía un playback de las viejas batallas y derrotas. Estabas en un no lugar: todo el día hablando de política pero no identificabas una práctica política que pudiera contenerte. La poesía de los 90, para mí, era tener las discusiones políticas más fuertes con mis amigos poetas.

¿Qué pasa después, años 2001, 2002?

—Bueno, en general creo que algunos lugares que habían funcionado como puntos de referencia o como, digamos, contraseña para la poesía de los noventa dejaron de funcionar. El Diario de Poesía se pinchó, y había ahí tipos que uno leía, como Hélder, Martín Prieto o Daniel Freidemberg que de algún modo articulaban la escena.

Néstor y Cristina Kirchner

¿De qué manera te seduce o te incluye la propuesta de Kirchner?

—El gobierno de Kirchner combinó la simpatía de los que sentían que había estabilizado el barco y había solucionado la crisis de representación, y de los que nos sentíamos interpelados por la cantidad de signos que tocó en su momento. Kirchner había hecho un sincretismo impresionante entre el duhaldismo que había heredado, y que había sido, a mi juicio, un gran gobierno, y lo que vendría después: la relación entre el peronismo y la izquierda. Kirchner armó ahí una síntesis potente.

Y eso toca la poesía.

—Yo creo que sí. La cosa se va acomodando y la gente hace la retirada un poco, a sus cosas, después de momentos híper duros, ¿no? Mi sensación es que en los primeros años de kirchnerismo, una parte importante de la gente movilizada por la crisis naturalmente decide volver a la casa, volver al ámbito privado. Es paradójico: a Kirchner le gustaba la movilización política, de hecho cautivó y contuvo a muchos de los movimientos sociales que salieron a fines de los 90, pero el clima de 2001 se disipa lógicamente, con una economía que crecía a tasas chinas. Y tengo la sensación de que la poesía también se volvió a su casa.

Pino Solanas (Lihue Althabe)

Vos decís que Kirchner es entonces el final de la poesía de los noventa.

—Creo que Kirchner es el final de muchas cosas de la cultura de los noventa porque las consagra. Una vez había hecho esta cuenta. Cuando Néstor asume, se estrena la película de Pino Solanas "Memoria del saqueo". Pino era un narrador de la conciencia pública argentina. En "Memorias del saqueo" toda la clase política aparece como una Moncloa móvil del ajuste y la entrega. Cuatro o cinco años después, Pino Solanas se había micropolitizado, estaba contra la minería. ¿Qué quiero decir con esto? La cultura progresista de los noventa era la gran narradora colectiva, una industria beneficiada por la modernización de la época pero que construía los grandes artefactos narrativos que organizaban lo que pasaba en la Argentina. En el rock: Tercer arco de Los piojos, con una canción a Jauretche y el disco dedicado a Envar El Kadri, un militante histórico ligado a la FAP, con temas que hablaban de recuperar la cultura nacional y popular. El cine de Aristarain, los discos de León Gieco. Cosas que te gustan más o menos, pero que hacían síntesis entre el mercado y la sociedad civil. La cultura aparece marcada por la palabra "memoria" y por la palabra "resistencia". El colmo era el cine de Subiela, un tipo que vivía de las regalías de la nostalgia progresista y que le prendía una vela a Cavallo. El kirchnerismo aspira todo esto, se lo apropia. Algo del rock murió por esa época, ¿qué discos recordás después de eso que pudieran organizar un relato colectivo? Hay, digamos, una secularización cultural y, en algún sentido, Néstor Kirchner y el Estado se convierten en los que organizan el cuento. Néstor se volvió el único narrador. Y valoro eso, eh.

Y están tus libros, digamos, estatales, ¿no?, Maternidad Sardá y Ministerio de Desarrollo Social. Son libros donde se recrea el tratamiento de libros anteriores, la idea de que los poemas no son autónomos sino que se parecen más a capítulos en una novela.

—Yo funciono por obsesión. Trabajar variaciones hasta que, de tanto darle vueltas a algo, se agota o se apaga. El cuerpo en la Historia en Lampiño, el agua en Vapor o en Paniagua. En Ministerio… se puede ver un sistema político. El cuerpo y el Estado en una época precisa, en una misión. Pero es verdad, nunca me senté a escribir un poema al estilo objetivista. Pocas veces.

¿Y cuál sería ese tema que sobrevuela Ministerio? Porque el tono de libros anteriores parece más celebratorio, mientras que el tono trágico de Ministerio es notable.

Ministerio está escrito en el saldo de una experiencia. Orden y progresismo se articula con Ministerio en ese sentido, está escrito en la misma época, y con el mismo espíritu. Viste lo que dicen: "Yo soy lo que hice con lo que hicieron de mí". Bueno, yo creo ser lo que hice con lo que el Estado y la política hicieron de mí. Ministerio es el libro de mi experiencia política, y el impulso, lo que pone a andar la maquinita de la escritura, es un momento de desencuentro entre lo que yo pensaba y el proyecto político. De esa especie de crisis (que es algo que vive cada militante en algún momento, aunque lo niegue) con su pertenencia. Entre la verdad y la pertenencia. Y la escritura no es juntar firmas. Es una forma de individuación compleja que a veces roza la traición, la venganza personal, las cuitas no saldadas.

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