Alerta aburrimiento: por qué no se lo debe tomar como algo normal en los adultos mayores

Una persona de edad frente al televisor durante horas no suele alarmar a nadie. Parece una escena habitual, casi esperable. Pero puede esconder un problema social grave

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Una escena que no debería ser tomada como algo trivial. Puede ocultar aburrimiento, tristeza, falta de motivación (Imagen Ilustrativa Infobae)

Un adulto mayor que pasa horas mirando la tele no suele hacer sonar ninguna alarma. Hasta se lo ve como parte de la normalidad a esa edad. Pero detrás de esa escena, detrás de quietud puede esconderse un problema social poco nombrado: el aburrimiento en la vejez.

Esta experiencia, sin embargo, no ha sido suficientemente explorada como un fenómeno psicológico, social y sanitario.

La soledad no deseada ya ha sido reconocida como un problema para la salud pública. Particularmente en personas mayores, ya que una proporción significativa se siente aislada o carece de compañía, con los gravísimos riesgos psicofísicos que conlleva. Pero el aburrimiento suele quedar debajo del radar, parece menos grave o menos urgente. Sin embargo, puede ser una vía silenciosa hacia el retraimiento, la tristeza, la irritabilidad, la apatía y la pérdida de proyectos.

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El aburrimiento ha sido más estudiado en adolescentes, estudiantes o trabajadores que en personas mayores. Aunque puede funcionar como una señal temprana de pérdida importante en el bienestar personal.

Un estudio cualitativo de Jaesung An y otros (2026) exploró el aburrimiento en adultos mayores que viven en la comunidad. Los participantes no lo describieron únicamente como ausencia de ocupación, sino como una mezcla de baja energía, desmotivación, autopercepción negativa, falta de interés y participación insatisfactoria en actividades de ocio. También señalaron que ciertos acontecimientos vitales, como la viudez, la jubilación, las enfermedades, o las limitaciones físicas podían modificar la vida cotidiana y favorecer estados persistentes de aburrimiento.

Esta perspectiva obliga a revisar una respuesta social muy frecuente: “hay que darles actividades” o “tenés que hacer algo”. La actividad, por sí sola, no siempre resuelve el problema. Una agenda llena de cuidados de nietos, propuestas impersonales, televisión permanente o actividades diseñadas “para que se entretengan” pueden fracasar si no incluyen elección, deseo, continuidad y reconocimiento. La diferencia no está solamente entre hacer o no hacer, sino entre participar de algo significativo.

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No se trata sólo de darles "algo que hacer" sino de una verdadera motivación y participación social (Imagen Ilustrativa Infobae)

Megan Janke y otros (2022), aportan un dato clave: la frecuencia y la calidad en la participación en actividades parecen tener más peso para el bienestar emocional que la cantidad de las mismas. En su investigación el aburrimiento y la soledad predijeron pocos sentimientos positivos y muchos negativos. En cambio, los pasatiempos, el voluntariado y la participación en organizaciones comunitarias se asociaron con sentimientos más positivos. La conclusión es importante: no alcanza con ampliar el repertorio de actividades; lo que importa es que esas actividades resulten apropiables, placenteras y sostenidas.

Es importante distinguir aburrimiento de soledad, aunque muchas veces se potencien. Una persona puede estar sola y no aburrirse, si conserva intereses, proyectos, rutinas significativas o una vida interior activa. Sin dejar de considerar que los largos períodos de aislamiento pueden resultar riesgosos.

También hay personas mayores para quienes la vida social se vuelve difícil no por falta de oportunidades, sino porque el encuentro con otros exige flexibilidad, tolerancia a la diferencia y disponibilidad para escuchar. Cuando predomina la sensación de no ser suficientemente reconocido, la irritabilidad frente al desacuerdo o la dificultad para interesarse por la vida ajena, los vínculos pueden volverse más frustrantes que reparadores.

Muchas políticas públicas y recomendaciones de organismos suponen que más vínculos equivalen automáticamente a más bienestar. Pero la evidencia sugiere que no siempre es así. Para algunas personas, el desafío no es solo “salir más” o “ver gente”, sino reconstruir modos de relación menos defensivos, más curiosos y más recíprocos. El aburrimiento puede aparecer cuando el mundo deja de ser vivido como interesante, pero también cuando el sujeto ya no logra interesarse por el mundo de los otros.

Hay que distinguir soledad de aburrimiento, pero este último no debe ser minimizado en sus efectos negativos en el ánimo y la calidad de vida de los adultos mayores (Getty Images)

El desafío, entonces, no es fabricar entretenimiento para mayores, sino abrir condiciones para una participación significativa. Esto implica transporte accesible, espacios no infantilizantes, educación permanente, redes barriales, voluntariado, actividades culturales, tecnologías acompañadas y propuestas que no los reduzcan a usuarios pasivos.

Por eso, el aburrimiento en la vejez no debería ser tratado como una trivialidad. No es solo un problema individual ni siempre un problema de personalidad. Expresa cómo organiza —o desorganiza— una sociedad la participación de quienes envejecen y también cómo cada persona logra —o no— reconstruir metas capaces de despertar interés y entusiasmo. En una etapa donde ciertas obligaciones que ordenaron la vida, como el trabajo o el cuidado de la familia, pueden no estar, habrá más tiempo libre y resulta necesario decidir cómo vivir ese día a día. Entendiendo los riesgos de no saber manejarlo y no pedir ayuda.

Una sociedad que celebra la longevidad, pero no piensa el aburrimiento, deja sin respuesta una pregunta central de las vidas largas: no solo cómo vivir más, sino cómo seguir encontrando motivos para desear, participar y estar en el mundo.

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