La noticia más importante de su vida estaba colgada de un helicóptero. Cuando la nave tocó tierra en Vallegrande, cientos de personas esperaban. Era octubre de 1967. En un pueblo boliviano de calles polvorientas y techos bajos, la gente se apretaba detrás de los cordones militares para ver un cuerpo. Lo habían traído sujeto a una plataforma externa de una aeronave. Decían que era Ernesto “Che” Guevara. Decían también que había muerto en combate.
El periodista argentino Walter Operto había llegado como cronista de la revista Así, enviado a cubrir los últimos capítulos de un enfrentamiento que, desde hacía meses, ocupaba la atención de América Latina. Mientras los comunicados militares repetían una versión ordenada y conveniente, él comenzó a escuchar otra historia. Una historia hecha de contradicciones, horarios que no cerraban, médicos que observaban heridas imposibles de conciliar con el relato oficial y soldados que hablaban más de la cuenta.
Años después, en Rosario y a sus 89 años, cuando recuerda aquel trabajo, lo cuenta como quien recuerda un oficio. Escuchar. Caminar. Preguntar otra vez. Contrastar. El periodismo, para él, siempre fue eso.
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Mucho antes de Vallegrande, antes de Buenos Aires y antes de las redacciones multitudinarias, Walter fue un niño de San Mariano, una pequeña localidad santafesina donde su padre era chacarero, panadero y más tarde presidente comunal. Allí creció entre diarios, conversaciones de pueblo y una curiosidad inagotable. Más tarde estudió con los jesuitas. Durante un tiempo creyó que el camino podía ser el sacerdocio.
“Podría haber sido Papa como Bergoglio”, dijo entre risas. No fue cura ni militar, aunque estuvo cerca. Ingresó en la Escuela Naval Militar de Río Santiago. La disciplina castrense no logró imponerse sobre otra inquietud que comenzaba a crecer. Le gustaba escribir. Le gustaba observar. Entonces apareció Rosario.
A los dieciséis años desembarcó en una ciudad que todavía conservaba algo de puerto, algo de frontera y mucho de laboratorio cultural. Allí descubrió los cafés. El Laurak Bat fue uno de esos refugios donde se mezclaban estudiantes, poetas, periodistas y gente de teatro. Operto se sentaba a escuchar. Las redacciones llegaron después.
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Ahora es junio de 2026, estamos en un quinto piso de Barrio Martin de Rosario. Hace frío, todavía no es invierno y los recuerdos llegan a través de las palabras y un montón de tapas de revistas repartidas entre sillones y mesas.
— ¿Cómo llegás al periodismo?
— Yo comienzo en el periodismo a los dieciocho años acá en Rosario. Estaba estudiando en la Escuela Naval Militar de Río Santiago y el director era nada menos que Isaac Rojas. Yo había saltado de los jesuitas; me iba a hacer cura. Podría haber sido el Papa como Bergoglio, pero no llegué porque él tuvo más vocación jesuítica, aunque soy de esa generación. Para irme de los jesuitas me fui a la Escuela Naval Militar, donde no entraba cualquiera. Entré por mi padrino, Carlos Saavedra Lamas, el primer premio Nobel que tuvimos, porque tenía estancias en San Mariano, mi pueblo natal en el departamento de Las Colonias. Ahí había una relación con mi padre; ellos eran demócratas progresistas, lo que llamaban conservadores progresistas.
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Aguanté un año nada más, era como un servicio militar, y volví a mi pueblo. Mis padres creían que seguía en la Escuela Naval. Recuerdo a un abuelo piamontés que, contento, me decía: «Hacés bien en estudiar de militar, porque en este país los militares llegan a presidentes». Era la época de los golpes en América Latina. Entonces desembarco en Rosario porque tenía un tío. Comencé en los diarios Rosario y Democracia. Tenían una editorial acá y los camiones salían a repartir hasta el Chaco y Entre Ríos. Democracia era un tabloide y Rosario un diario sábana; uno salía a la mañana y el otro a la tarde. También empecé a descubrir el cine y a trabajar en LT3. Los mediodías hacíamos un programa que se llamaba Quinteto, con producción de Granados Monti, de Gramo Publicidad, junto a Evaristo Monti, que fue quien me llamó. Monti hablaba de fútbol, Raúl Granados pasaba y comentaba discos de tango y folclore, que se escuchaba mucho en esa época.
— Para las nuevas generaciones, Raúl era el abuelo de Migue Granados y el padre de Pablo.
— Eso mismo. Ahí arranqué. Después el diario se cerró y quedamos muchos sin trabajo. Yo había conocido a don Juan Petrone, que había sido secretario de redacción de la mítica Crítica de Buenos Aires y vino a dirigir diarios a Rosario. Después volvió a Buenos Aires y ya era secretario de Crónica. Un día gané un sorteo que hacíamos entre compañeros junto a Segovia, otro periodista, y como no teníamos un mango, usé esa guita para tomarme el tren a Buenos Aires. Caminé desde Retiro hasta la redacción de Crónica, en Sarmiento y Riobamba, donde después estuvo Crónica Televisión.
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Llegué y pregunté abajo por don Petrone. No me esperaba, pero llamaron y me dijeron que subiera al primer piso. Fue muy simple entrar. Don Juan tenía una voz finita. Me dice: «Buen día». «Buen día, don Juan», le digo. Estaba en una redacción enorme con ochenta o cien periodistas que empezaban a trabajar para el vespertino. Crónica ya tiraba trescientos o cuatrocientos mil ejemplares por día; era el año 62 o 63. Como él sabía que había un éxodo de gente que se había quedado sin laburo hacia Buenos Aires, me pregunta: «¿Venís a buscar trabajo?». «Sí, don Juan», le digo. Ahí nomás le dice al ordenanza: «Mirá, limpiale aquel escritorio y ponele una máquina de escribir, andá y sentate». Así entré. Era otra época.
— Impresionante. Muy de otra época…
— Ese fue mi nacimiento como periodista en la Editorial Sarmiento. Ahí mismo, en un rincón de ese gran salón, había una redacción más chiquita de siete u ocho periodistas que era la revista Así. Yo llevaba dos meses en Crónica cuando viene Marcos de la Fuente, un periodista al que le decíamos “el chileno” porque había trabajado en Chile, aunque nació en Máximo Paz. Él dirigía Así y, al enterarse de que yo también era de la provincia de Santa Fe, vino a hablar conmigo. Habló con Petrone y este le dijo que yo era bueno para las notas largas, casi noveladas, que era lo que necesitaba la revista. Los redactores de Así teníamos un plus, ganábamos un poco más que el convenio, porque si a alguna de las ediciones de Crónica le interesaba lo que escribíamos, metíamos treinta o sesenta líneas para el diario también. Trabajábamos para los dos.
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— Claro, era como que iban fragmentando el contenido para el diario y otro para la revista. Y Héctor Ricardo García andaba dando vueltas por ahí…
— Héctor Ricardo García era un trabajador más. No era el director que está en su directorio y lo ves cada tanto. Él venía desde muy abajo, había sido fotógrafo, así que estaba presente permanentemente. Un tipo fabuloso. Te cuento una anécdota. Una vez fui a a Tucumán en la época de la toma de los ingenios azucareros. Estuve como veinte días mandando notas para una sección en Crónica que se llamaba “Tucumán, otro país”. El presidente era Onganía y secuestró un número de la revista Así porque estaba prácticamente dedicado al conflicto de los ingenios. El responsable fui yo. A la mañana me llama Serra, que después fue un periodista importante en Atlántida y entonces era compañero mío, y me dice: «Venite porque te espera García y te va a matar. Esta mañana secuestraron los ejemplares de la revista por tu nota». Fui y García se estaba lustrando los zapatos con un boliviano en la puerta. Me ve y me dice: «¿Viste lo que pasó? Por tu culpa». «Bueno, Héctor, hace un mes que estamos escribiendo sobre esto», le digo. «Está bien, es mi culpa. ¿Qué querés que haga? ¿Querés que renuncie?». «Bueno, renunciá», me dice. Fui, me marché a la máquina de escribir y renuncié sin hacer ningún conflicto. Todos los compañeros me decían que estuve muy bien.
A mí me gustaba mucho el boxeo y con un amigo, Julio Bortnik, otro periodista conocido, íbamos los jueves al Luna Park. Ahí lo vimos crecer a Monzón. Un jueves, a la salida, me encuentro a García hablando con Tito Lectoure y nos chocamos de frente. Nos saludamos y García me pregunta: «¿Estás trabajando?». «Sí, vendo notas por mi cuenta», le digo. «Bueno, vení mañana a la redacción, volvé mañana», me dice. Era así, otra época. Ahora es muy difícil vivir del periodismo, sobre todo para la gente joven.
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—¿Y qué pasó luego de tu regreso?
— Hay una anécdota. Él tenía una invitación para el Concorde, ese avión mítico que unía Nueva York con Londres o París en pocas horas y se fabricaba una parte en Francia y otra en Inglaterra. Él tenía que viajar con otros directores, pero me dice: «Tengo una invitación y te la voy a dar a vos como premio por lo que hiciste en Bolivia». Y yo hice ese viaje parando en todos los Hilton sin un mango. Eso te describe lo que era Héctor Ricardo García; tranquilamente podría haber ido él como dueño y propietario, porque lo habían invitado a él.
—¿Cómo fue la cobertura de la construcción del Concorde?
—Nos llevaron a Manchester, donde se construía. Nos llevan a un hangar de la Rolls Royce donde estaban los motores y vimos un gran esqueleto. La otra parte se construía en París, pero eso no lo vimos. Era un hangar enorme con un avión gigante en esqueleto y nosotros estábamos con nuestras camaritas colgadas del cuello. Dijimos: «No nos van a dejar sacar fotos por aquello del espionaje industrial», pero mientras nadie nos dijera nada, seguíamos adelante. Entramos, nadie nos dijo nada, subimos por un ascensor y sacamos fotos. Bueno, de esas fotos no salió ninguna. En aquel momento no te decían nada, pero ya tenían preparado el hangar con luces que anulaban toda posibilidad de sacar fotos y arruinaban el rollo.
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—Walter, te pregunto por el viaje a Bolivia: ¿en qué contexto se da y cómo fue esa cobertura?
— Nosotros estábamos atentos en la redacción. Te digo nosotros porque compartíamos todo; éramos ocho o nueve periodistas con Marcos de la Fuente como director y el poeta Joaquín Giannuzzi como secretario de redacción. La revista Así tenía tres ediciones semanales: la negra, la sepia y la verde. Es la única revista que los canillitas llevaban bajo el brazo y la voceaban: «¡Salió la Así, salió la Así!». Tenía salida como un diario y llegaba hasta Chile y Paraguay.
Veníamos siguiendo con interés el desembarco de guerrilleros en Bolivia. No se hablaba del Che Guevara, sino de un grupo de guerrilleros; una implementación de la estrategia foquista como había sido en Cuba. Eso de crear un espacio, asaltar un cuartel, robar quince fusiles, sumar quince guerrilleros más y crecer así. Después de la Revolución Cubana, era el primer grupo que aparecía en América Latina; ese era todo el interés periodístico, no se sabía nada más. De golpe, en octubre de 1967, aparece la noticia de que había sido capturado el Che y que había dicho: «Soy el Che, no me maten, para ustedes valgo más vivo que muerto». Había sido un enfrentamiento entre un grupo de élite del ejército boliviano entrenado en Estados Unidos y los guerrilleros en la Quebrada del Yuro.
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El Che logró tener treinta hombres divididos en columnas de diez; dos columnas ya habían sido eliminadas y quedaba una sola. Mi hipótesis es que el Che estaba tratando de salir de Bolivia hacia la zona más llana de Santa Cruz de la Sierra porque se dieron cuenta de que no habían conseguido la solidaridad del campesino boliviano, cosa que sí había pasado en Sierra Maestra. En su diario, dos semanas antes de que lo detengan, el Che escribe: «Esta mañana nos cruzamos con una viejita que tiene una vaca; le preguntamos por dónde estaba el ejército y nos indica una dirección». Pero pasaba que cuando venía el ejército y preguntaba por los guerrilleros, les decían: «Por allá». El campesinado no tomó partido; para ellos era el fusil, no diferenciaban el fusil legal de un soldado del fusil de un guerrillero que decía que lo quería liberar.
—¿Y en qué momento llegás a Bolivia?
—En medio de esa confusión de si era o no el Che, Héctor Ricardo García decide mandar el avión de Crónica, que era el único diario que tenía un Cessna propio y por eso llegábamos rápido. El piloto era Miguel Fitzgerald, el comandante que después hizo el desembarco simbólico y clavó la bandera argentina en Malvinas; una operación de García, porque él hacía notas que eran operaciones patrias (se ríe). Llegamos a Bolivia dos días después de que exhibieran el cadáver. Fuimos a Santa Cruz de la Sierra y de ahí a Vallegrande. Cuando llegamos, el coronel Selich nos recibe en una conferencia de prensa y me cuenta que el Che se entregó y que murió al día siguiente por las heridas sufridas en combate. Era todo muy lógico, estaba herido en las piernas y en un hombro, así que no teníamos razón para no creerles.
Le pedí a Selich entrevistar a algunos de los soldados que combatieron en la Quebrada del Yuro para tener más detalles del combate, pero me dijo que no, que los soldados y los heridos estaban todos en La Higuera y que en el Hospital Señor de Malta no quedaba ninguno. Después de ver a Selich, corrí a ver a uno de los médicos que había hecho la autopsia, el doctor Caso, un médico boliviano muy humilde que vivía a dos cuadras del hospital. Me recibió y le pedí que me describiera las heridas. Me detalló que tenía impactos en ambas piernas por un golpe de metralla, en el hombro derecho, en el izquierdo y una bala de distinto calibre que le perforó la tetilla izquierda. Le pregunté si se podía sobrevivir a esa bala y me dijo: «No, la muerte es instantánea». Ahí vi la contradicción, porque había fotos del Che caminando cinco kilómetros desde la quebrada hasta La Higuera, donde habló con una enfermera y una maestra, y donde Gary Prado, de la fuerza especial de los Rangers, le había prometido que iba a ser juzgado.
Ahí mismo el médico me dice: «¿No hablaron con los soldaditos que combatieron en la quebrada del Yuro?». Le dije que no, que el coronel me había dicho que no había ninguno, y me contestó: «Hay seis o siete heridos acá en el Hospital de Malta». Salí de hablar con Caso sabiendo que había algo raro que no cerraba. En la puerta me crucé con Chousiño, que venía a hacer lo mismo. Él era corresponsal de la Columbia Television Color para América Latina; un tipo gordo, grandote, impresionante, que andaba con una cámara enorme. Le conté mi duda y le dije que esa herida era mortal, por lo que el Che no pudo haber caminado y dicho «no me maten» con ese disparo. Ahí se sumó a nosotros; cuando digo nosotros, hablo de Hugo Lazaridis, el fotógrafo de Crónica, y yo.
Dijimos de ir al hospital. Sabíamos que si le pedíamos permiso a Selich nos iba a decir que no. En esa época, por una cuestión atávica de la cultura de ellos, el mestizo boliviano ante el blanco tendía a retirarse y a dejar hacer. Dijimos de usar eso mismo para entrar. Había una guardia de siete u ocho soldados, así que encaramos a paso redoblado con Hugo, Chousiño y su cámara enorme. Les dijimos: «Buenos días, soldados», la guardia se abrió y nos contestó el saludo sin saber quiénes éramos. Entramos al patio principal del Hospital Señor de Malta, que tiene una arquitectura colonial típica con galerías y un aljibe en el medio. Vi a una enfermera cruzando el corredor de enfrente y le grité apenas entré: «Enfermera, ¿dónde está el soldado Choque?», porque el doctor Caso me había dado un par de nombres. Me señaló una puerta y nos metimos. Abrimos y había cinco o seis soldados en sus camas. Pregunté quién era Choque y saltó uno: «Yo, señor». Les pregunté si lo habían visto vivo o muerto. «Lo vimos vivo, señor», me dijeron. «¿Andá cuándo murió?». «Al otro día». «¿Y quién lo mató?». «Lo mató Gary Prado», dijo uno; «lo mató el sargento», dijo otro, se contradecían entre ellos.
Empezamos a sacar fotos y Chousiño filmaba todos mis diálogos. En eso entra un enfermero, ve que había periodistas y pega el grito: «¡Llamen a la guardia, llamen a la guardia!». Nosotros teníamos el Cessna en una canchita de fútbol a tres cuadras; yo ya le había dicho a Fitzgerald que si nos veía corriendo pusiera en marcha el motor. Salimos por la parte de atrás, corrimos, subimos, el avión carreteó cien metros, levantó vuelo y así nos fuimos de Bolivia.
Empecé a escribir la nota en el aire diciendo que el Che había sobrevivido y que había sido asesinado, porque los soldados nos dijeron quién y cómo. Crónica sacó primero la información.
—¿Primicia mundial?
—Fue primicia. Las primeras cuarenta y ocho horas Bolivia y Estados Unidos insistían en que había muerto por las heridas de combate y nos atacaban diciendo que éramos periodistas pagos por la guerrilla. La información estuvo latente dos días, pero la tapa de Crónica la tomaron todas las agencias internacionales.
—¿Y cómo recordás los días posteriores, cuando llegan acá y se difunde la noticia?
—En el final de una de las tantas notas que seguí escribiendo durante varios números sobre el Che y el pueblo boliviano, me acuerdo que puse lo que sentí frente a su muerte. Para nosotros era invencible, como inmortal; y no fue así. Escribí algo como: «El cielo no se oscureció, la tierra no tembló. Nada de lo que yo pensé para su muerte ocurrió». Me dolió mucho el desinterés de ese lugar, que los campesinos lo miraran como un cadáver y nada más; no había pasado nada. Los campesinos fueron totalmente indiferentes a la propuesta del Che.
— ¿Qué otras coberturas históricas te acordás, Walter?
— Hay varias. Una de las más fuertes fue la muerte de Rucci. Fui el último periodista que le hizo una nota. También para la revista Así. Salió ahí el último reportaje, una nota grande. Estuve con él cuarenta y ocho horas antes de que lo mataran. Le hice el reportaje en los altos de Azopardo y Garay, en la CGT, donde él tenía un bulín y a veces se quedaba a dormir. Él pidió hablar con la revista Así a raíz de una nota que había hecho.
“Yo recuerdo que en una oportunidad, estando en Madrid, el general Perón me dijo: Rucci, usted no se preste al juego de la provocación porque la provocación está instrumentada por el propio régimen. Usted cuide la CGT Vamos a necesitar, no a muy largo plazo, las estructuras intactas del movimiento obrero. Y me señaló también: No conozco, y no existe en la historia, ningún gobierno de la característica del gobierno de Lanusse, un gobierno liberal, un gobierno que responde a los monopolios internacionales, un gobierno que tiene sus mandantes en el extranjero, que pueda ser el cauce que permita establecer la justicia social en nuestro país”, así empieza la entrevista publicada en Así.
—Sé que le hiciste una entrevista histórica a Ricardo Balbín en La Plata justo antes de la vuelta de Perón. ¿Cómo fue ese encuentro?
—Fue una larga entrevista a Balbín cuando Perón iba a volver. Está publicada en la revista Así y se llama “Yo, Balbín”. Era para saber el rol que iba a jugar el radicalismo. Perón no quería ser presidente; quería una fórmula compartida entre el radicalismo y el peronismo porque entendía que el setenta por ciento del voto del pueblo estaba ahí. Fui a La Plata, le hice la nota a Balbín y le meché la pregunta. Él me dijo que una fórmula compartida no. Le pregunté por qué y me contestó: «Porque el radicalismo nunca participó de un frente». Era cierto; en ese momento siempre iban solos los radicales, después empezaron a hacer frentes. Esa información le llegó a Perón. Por eso después viene acá y, aunque no querían, arman la fórmula Perón-Perón.
—La revista Así vendía mucho por sus tapas. ¿Qué pasaba cuando no había ninguna noticia trascendental?
—Cuando no había ninguna tapa fuerte había que buscar… Una noche de cierre, un amigo de apellido Castro, que trabajaba en La Nación y le gustaba mucho el boxeo, le dice a Marcos de la Fuente: «Está acá en Buenos Aires un muchacho peso pesado que se está abriendo camino en Estados Unidos». La propuso como nota. Vivía en Parque Patricios, frente a la cancha de Huracán. Marcos mandó al fotógrafo para meterlo en tapa. El tipo se había traído una gorra de Ringo Starr; era un payaso y posaba porque iba a salir en tapa. El fotógrafo le dice: «Ponete la gorra», y se la puso. Mientras el compañero le hacía la nota, varios de nosotros escribíamos los pies de las fotos para el cierre. No sé quién fue el que agarró la foto esa y le puso “Óscar Ringo Bonavena”, y así salió en la tapa.
— ¿Y antes no le decían Ringo?
— No, ahí empezó a ser Ringo. Después se hizo muy amigo de García y un hermano de él entró a trabajar como chofer de los jeeps de Crónica. García lo hizo cantar hasta el Pío, pío.
— ¿Y por qué decidiste volverte a Rosario después de tantos años en Buenos Aires?
— Me fui en el 76, amenazado. Yo trabajaba en Canal 11 cuando estaban intervenidos los canales. Me tuve que ir por una amenaza de López Rega y me fui a vivir a Goya con un Fiat 1500 verde que me prestaron, porque yo no tenía auto. En Goya armé un periódico que se llamaba La Semana. Estuve cinco o seis años yendo y viniendo al Ejército porque me llamaba el jefe del cuartel para saber qué estaba haciendo ahí. Tuve suerte porque yo no era guerrillero ni ponía bombas, pero bueno, tenía lo del Che y un montón de cosas encima.
Después me fui a Reconquista y creé el diario Panorama del Norte Santafesino para tener una fuente de trabajo. Ahí vino Malvinas, la vuelta de la democracia y me dieron un carguito chico en Cultura Santa Fe, en Reconquista. Después Néstor Zapata, que era el secretario de Cultura, me pidió ir a Santa Fe. Me fui para allá a hacer prensa en Cultura durante el gobierno peronista de Luis Vernet. En el gobierno siguiente, me pidieron si me podía hacer cargo de la Lavardén (sala cultural de Rosario) y me vine para acá. Estando en Lavardén, un compañerazo, el periodista rosarino Helio Abaca, muy elegante, que ya se jubiló... me dice: «Mirá, ahora que empieza el tema de que en Rosario se comen gatos...». Ahí ya estamos en los 90 y yo entro a Télam por esa noticia.
En mayo de 1996, el apodo “comegatos” se instaló en el imaginario argentino a partir de un informe televisivo realizado por un noticiero nacional en una de las zonas más humildes del sur de Rosario. El reportaje, emitido en plena crisis social y económica de los años noventa, mostró a vecinos cocinando gatos a la parrilla ante la falta de alimentos. Aunque el objetivo del programa era exponer el impacto de la pobreza extrema, el episodio derivó en una estigmatización que marcó a la ciudad: el mote se transformó en un mito urbano y en un insulto recurrente hacia los rosarinos, usado tanto como burla en el fútbol como en el habla cotidiana. El trasfondo: en 1995, la tasa de desocupación en Argentina superó el 18%, una de las cifras más altas desde el retorno de la democracia, y Rosario encabezaba los índices de desempleo y pobreza urbana en todo el país.
—¿Entraste a Télam por el mote de los “come gatos”?
—Sí, porque en la época de Menem no tenían corresponsal acá. Todo fue una movida que armó una concejal radical. Le dijo a un periodista que “en el Saladillo hay gente que está muerta de hambre y comen gatos”. Fueron a hacer la nota, mandaron al fotógrafo y salió que en Rosario se comían gatos por el hambre que generaba el menemismo. Era la época que el ministro Corach salía y daba conferencias de prensa afuera de su casa. Un colega le pregunta por la información que mandó Télam sobre los gatos y Corach le dice: «No es tan así. Estamos viendo qué pasó, porque fíjese que en la parrilla es cierto que había un gatito, pero también había dos sábalos». Entonces no era una cuestión de hambre, era una puesta en escena; o una cuestión de gusto, porque les gustaba comer gato. Después vino Canal 13 con las imágenes. Fue tan tremendo que me acuerdo de que River fue a jugar con Colo-Colo a Chile y la hinchada chilena puso carteles que decían: «Argentinos come gatos». Ya éramos todos los argentinos los que comíamos gatos. Ahí en Télam se dieron cuenta de que no tenían un corresponsal y Helio me dice: «Walter, mandá tu currículum que están buscando corresponsal». Yo estaba dirigiendo la Lavardén y ganaba unos pesos, pero mandé, me llamaron y a los dos meses me pusieron en planta permanente. Eso fue por el año 95.
—¿Y cuántos años estuviste en Télam hasta que te jubilaste?
—Me jubilé en Télam, habré estado unos ocho o diez años.
—¿Todo esto lo hacías a la par de escribir obras de teatro? ¿Cómo hacías?
—Simultáneamente. Yo siempre fui teatrero; me paré en el teatro y en el periodismo, una cosa alimentaba a la otra. Tengo unas veinte obras escritas y habré dirigido unas sesenta. A mí se me recuerda mucho por el teatro político, hay varios libros que escribieron algunos ensayistas sobre eso. Comencé con el teatro acá a los dieciocho años, cuando hice el servicio militar en el Regimiento 11, que en ese momento era un regimiento castigado. En el 55 o 56 se levantaron un par de cuarteles a favor de Perón, que estaba en el exilio en Caracas, y el Regimiento 11 se levantó junto con mujeres de Villa Manuelita. Los reprimieron y el castigo para los oficiales y suboficiales consistía en que no tenían salida, vivían ahí encerrados.
—¿Qué te gusta más, escribir periodismo o teatro? ¿Ficción o realidad?
—Para mí fue siempre una mezcla; el periodismo también es narración y el teatro es narración, así que no encontré diferencia. Muchas de mis obras están alimentadas por personajes reales. Ceremonia al pie del obelisco, por ejemplo, comenzó siendo una nota periodística. En la revista Así las fotografías de las agencias llegaban en francés, italiano o inglés, y dos veces por semana venía un amigo que era traductor, psicólogo y psiquiatra. Él trabajaba en el hospital psiquiátrico Melchor Romero de Buenos Aires y un día me dice: «Walter, ¿no te interesa hacer una nota? Hay un paciente que está hace cuarenta años internado y está totalmente lúcido». Coordiné, fui y me lo presentó. Un viejo anarquista que había puesto un par de bombas, estuvo tres o cuatro años en la cárcel y un abogado hábil lo hizo pasar por loco para meterlo ahí. Después lo olvidó el Estado, lo olvidó la familia y el viejo era el chico de los mandados del hospital; salía a comprar cigarrillos, empanadas, iba y venía totalmente lúcido. Me acuerdo de que era hincha de River y yo le preguntaba cómo formaba el equipo en los años cuarenta o cincuenta y se sabía las formaciones de memoria. A ese personaje lo metí en Ceremonia al pie del obelisco, que transcurre toda en un manicomio y cuenta la historia argentina desde la inauguración del obelisco hasta la aparición de las organizaciones armadas. Ahí pongo a un tipo lúcido y le meto textos de Perón; algunos se avivaron. Así que una cosa se alimentaba de la otra.
Su compañera de vida fue la escritora María Angélica Scotti, nacida en Buenos Aires en 1945 y egresada de Letras de la UBA. Tras radicarse en el interior en 1976, combinó el periodismo con talleres literarios y publicó novelas como Buenos augurios (Premio Konex-FNA 1985), Señales del cielo (Premio Alcides Greca), Diario de ilusiones y naufragios (Premio Emecé y Primer Premio Municipal de Buenos Aires) y Las orillas del fuego. Dejó además el libro de testimonios Las voces de la memoria y la novela El pasajero del sueño antes de su fallecimiento en 2024.
La familia se asentó en la zona. Su hija Ana Cecilia vive en Santa Fe, Natalia gestiona un espacio de microteatro y un taller de cerámica, y Elisa reside en Rosario. En Funes vive Juan. La historia familiar está marcada por la muerte de su primer nieto, Julián Castillo, quien de chico bautizó a Walter como “Lolo”. Julián tenía 32 años y murió el 8 de marzo de 2023 durante una intervención policial en el marco de una crisis de salud mental en la vía pública. Su madre, Cecilia, y el Foro contra la Impunidad impulsan la causa judicial por violencia institucional contra los policías imputados, bajo la constante demanda de justicia y la consigna “Juli presente”. El escenario del Solar de SADOP fue nombrado en su memoria y recientemente se estrenó un documental sobre su historia.
En una época obsesionada con las especializaciones, Operto eligió transitar varios oficios a la vez. Periodista. Dramaturgo. Director. Editor. Antes de irnos nos habla de la soledad. Pero la soledad no es estar solo, sino saber que muchos de sus contemporáneos ya murieron. También habla de su próximo libro, un resumen de sus mejores crónicas. “Somo esos, cronistas”, me dice.
En 2021 la Legislatura santafesina reconoció su trayectoria. Recibió una placa y un diploma. Hubo discursos, agradecimientos y fotografías. Pero la verdadera medida de una vida está en las huellas. Las huellas de un hombre que pensó el periodismo y el teatro como herramientas para reconocernos.
Fotos: Juan Mascardi y archivo.