(Desde Roma.-) Guillermo Javier Karcher, sacerdote argentino y uno de los hombres de mayor confianza de Francisco, prepara en Roma la misa con la que el próximo 21 de abril se conmemorará el primer aniversario del fallecimiento del primer papa argentino y latinoamericano. El homenaje tendrá lugar en la basílica de Santa María Mayor, donde el pontífice decidió ser sepultado junto a la capilla de la Virgen patrona de Roma y frente al altar en el que San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, celebró su primera misa, según relató Karcher.
Este hecho, que coincide con el día del cumpleaños de Roma, estará marcado por la presencia de cardenales, obispos, diplomáticos y fieles, y el oficio de la eucaristía reunirá a la comunidad para recordar, en palabras de Karcher, a quien “era un maestro de vida, de servicio a la Iglesia y al mundo”.
La misa en honor a Francisco, prevista para las 18:00 (hora de Italia) del martes 21 de abril, resalta una coincidencia significativa: el papa falleció el “lunes de Pascua”, tras impartir la bendición Urbi et Orbi y saludar en papamóvil a los fieles reunidos en la plaza, y ese mismo día se celebra el aniversario de la fundación de Roma, conocido como Natale di Roma. Karcher explicó que esto refuerza el simbolismo del lugar de descanso elegido por el pontífice, a metros de la capilla de la Salus Populi Romani, advocación mariana de la que el papa era especialmente devoto.
El homenaje en Roma
—Guillermo, más de treinta años aquí en este lugar. ¿Cuál es tu mirada desde el presente y hacia el futuro con el nuevo Papa, y mirando también en retrospectiva toda tu trayectoria estando acá?
—Estamos en la iglesia donde vivo desde hace treinta años, a la que llegué en tiempos de Juan Pablo II. Cuando hablamos de retrospectiva, nos vamos bastante atrás en el tiempo, al menos treinta años. Me toca servir en este momento al cuarto Papa de mi vida. Entendí siempre que cuando me mandaron a llamar en tiempos de Juan Pablo II, cuando estaba finalizando mi doctorado en liturgia, la invitación de la Iglesia era servir a la Santa Sede, el gobierno espiritual central del catolicismo. Así como otros curas dedican su servicio en un hospital, en una villa o en las escuelas, a cada quien le asignan donde el Señor le da un carisma.
Sirvo a la Santa Sede desde hace muchos años; esa es la base de mi explicación de por qué estoy en Roma desde hace tanto tiempo. Viví los tiempos de Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco y ahora León. Con Francisco, claro, la relación era distinta, más cercana, porque era mi obispo en Buenos Aires, así que cuando hablaba con él lo hacía como converso ahora con vos, con un lenguaje porteño directo. Los recuerdos son infinitos, especialmente ahora que se cumple un año, el 21 de abril, de su fallecimiento.
—¿Qué vuelve hoy de esos recuerdos?
—Vuelve mucho más a la memoria lo que uno ha vivido y aprendido de él, porque era un maestro, un guía de vida, de servicio a la Iglesia y al mundo. Recuerdo esas primeras conversaciones después de haberlo acompañado en el balcón. Al día siguiente ya estaba en su despacho —por decirlo de alguna manera, porque era el Hotel Santa Marta, la residencia oficial en el Vaticano donde decidió vivir—. Ahí comenzamos a pensar los primeros pasos para organizar su secretaría particular, mientras yo continuaba con mi trabajo de protocolo y ceremonial en la secretaría de Estado.
—¿Cómo fue ese vínculo en lo cotidiano?
—Dios me permitió vivir momentos intensos con él. En una ocasión me dijo: “Ocupate de los argentinos”. Le agradecí y considero que cumplí con ese encargo. Implicó sobre todo que los argentinos pudieran participar en las audiencias generales de los miércoles y saludar a Francisco. Yo era el encargado de organizar eso. Creo que más de doscientos, trescientos por miércoles saludaban al Papa por este gran gesto suyo de reservar un lugar denominado “corralito”, término que usamos aunque no suene tan bien en Argentina. Ahí el grupo empezó a crecer y él, dedicado a saludar a cada uno, mantenía siempre una actitud cercana.
—¿Qué aprendizajes te dejó?
—Los aprendizajes son muchos, pero sobre todo la confianza. Aquí, junto a la parroquia donde estamos, está la óptica a la que lo llevé apenas lo nombraron papa. Me preguntó: “¿Conocés a alguien para ajustar los anteojos?”. “Sí, abajo de mi casa”. Organizamos la visita y fue una de sus primeras salidas. Pensó que podría hacer más recorridos así, caminar por el centro, ir a la Plaza de España, pero los carabineros me advirtieron: “Ahora es como un jefe de Estado, no puede caminar libremente por las calles”. Así que comprendió que sus movimientos estarían limitados.
En ese momento le propongo a Guillermo ir a la óptica cercana a la iglesia. Es un local pequeño, con vitrinas ordenadas y marcos alineados. Allí, según relata Guillermo Karcher, el papa Francisco acudió en dos momentos clave de su pontificado: al inicio y poco antes de morir.
—Esta es la óptica donde lo trajiste a Francisco...
—Sí, al Papa. Vino a ajustarse los anteojos.
Dentro del local, el óptico Luca Spiezia recuerda con precisión la primera visita:
—Vino el papa Francisco. La primera vez fue el 3 de septiembre de 2015, gracias a monseñor Karcher. Para nosotros fue una experiencia importante tener al Papa dentro del negocio.
—También volvió al final de su pontificado —interviene Karcher.
—Sí —confirma Luca—. Volvió ya en silla de ruedas. Empezó y terminó acá. Y unos meses después, nos dejó.
El motivo de la visita fue puntual:
—Tenía que cambiar las lentes, solamente las lentes de los anteojos —explica—. Nosotros le propusimos cambiar también la montura porque era vieja. Pero él dijo: “No, esta va bien. Cambio solo las lentes, no quiero gastar dinero”.
La escena se repitió ambas veces, como subraya el óptico: —Antes de irse, las dos veces, se inclinó y dijo: “Acuérdense que yo quiero pagar”. Y pagó.
En la segunda oportunidad, incluso, fue el propio pontífice quien reclamó la factura:
—No se la habíamos mandado enseguida. Entonces llamó al negocio. Me dijo: “Buenas noches, Luca, ¿cómo está?”. Yo no lo podía creer. Pensé que había un problema con los anteojos. Y me dijo: “No, el anteojo va bien. Pero me falta la cuenta”. Tuvimos que enviársela al día siguiente.
Sobre la pared, una serie de fotografías documenta el paso de tres pontificados por el mismo local: Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. La última imagen tiene un valor especial para el comerciante:
—Le mostré una foto de mis hijos, que en ese momento eran chicos. él sonrió y los bendijo.
La óptica, sin señalización particular, conserva esa doble condición de comercio tradicional y punto de paso en la vida cotidiana de un pontífice.
—¿Qué sentiste personalmente cuando te enteraste que Bergoglio iba a ser Francisco?
—Me temblaron las piernas, literalmente. Comprendí por qué Dios me había puesto tantos años aquí en Roma, para poder ayudarlo desde lo que podía aportar. Lo vi vestido de blanco a quien yo había vestido de cardenal, todo formal con el rojo, y después lo vi salir de la Capilla Sixtina vestido de blanco. Eso me quedó grabado.
—¿Y qué cambió en vos desde ese momento?
—Con respecto a él, nada, porque él me conocía y yo no cambié. Seguía siendo Guillermo Karcher, el sacerdote de Buenos Aires destinado al Vaticano, manteniendo siempre la sinceridad entre los dos. Nunca tuve miedo de decir lo que pensaba y lo que creía que podía ayudarlo en la gestión de su pontificado. Nunca tuve ese temor reverencial ante la autoridad que lleva a emplear lenguajes incomprensibles. No, seguía directo. Le planteaba las cosas y esa honestidad también le gustaba. Era como compartir un mate y conversar. Yo desde mi experiencia aquí, y esa relación de confianza que construimos.
—¿Te costó organizar alguna visita de algún argentino que fuera conflictiva, teniendo en cuenta también los momentos políticos convulsionados en Argentina?
—No, ¿sabés por qué? Por un lado, mi parte alemana... Y también porque nací en una familia de mamá cordobesa y papá alemán, eso me lleva a trabajar en protocolo y ceremonial con una lógica que ayuda a organizar. Con la simpatía criolla, llamémosle así. Pero desde el protocolo, las reglas son claras para todos. Aquí estás, aquí te sentás y aquí hablás cuando te toca. Eso me dio siempre tranquilidad, porque no tengo ninguna tendencia política o partidaria. Es neutral el protocolo. Válido para todos.
—¿Y por qué la visita de Francisco a Argentina nunca se realizó?
—Sí, tengo la respuesta porque la acabo de dar en enero en un servicio de streaming. Fue lo que hablamos con él poco después de asumir como papa. Le pregunté: “¿Va a ir a Argentina?”. Y le dije, además: ¿va de vacaciones? Me respondió: “No”. Le consulté por qué, y me dijo: “Porque me tuvieron setenta y seis años y ahora me toca servir al mundo”. Desde entonces nunca más le pregunté, porque entendí su opción personal de jesuita; que Dios lo había llamado a una misión diferente a la que tuvo como arzobispo y cardenal en Buenos Aires. Nunca me generó angustia ni cuestionamientos, porque fue directo.
—En nuestra sección hablamos sobre los adultos mayores; Francisco ha mantenido un rol protagónico para ellos. ¿Qué mensaje queda para ellos?
—Ante todo, instituyó la Jornada de los Abuelos y de los Mayores, los nonnos, como se dice aquí. Eso es creación suya. En el calendario litúrgico existe hoy una jornada dedicada a estas personas tan queridas, nuestros abuelos. Todos llegaremos a ser parte de ese grupo, si Dios quiere. Y él lo vivía desde su edad también. Se sabía abuelo.
Además de esa sensibilidad demostrada en Buenos Aires, de estar siempre cerca de personas frágiles, de quienes van quedando solos, se hacía acompañar por la Iglesia y las personas generosas con su tiempo y sus dones.
—Francisco desde ese rol de abuelo también mantuvo mucho diálogo intergeneracional.
—Era abuelo por la edad que tenía, pero mantenía una actitud joven. Eso lo admiré entre tantas cosas: la disposición constante al diálogo y la comprensión de los desafíos del mundo.
La Iglesia de Santa María en Monte Santo
—¿Qué sigue ahora con León hacia adelante?
—Desde mi lugar, continuar en protocolo y ceremonial, ayudando al nuevo papa en las audiencias a jefes de Estado, familias reales, embajadores. Hablamos de este nivel de visitas. Es un papa que sigue la línea formal, abierto a quien quiera venir a visitarlo. Ya se ha mostrado así hasta ahora, con brazos abiertos y capacidad de escucha. Eso destaco del nuevo papa: la capacidad de atender a todos.
—¿Puede haber algún encuentro con el presidente de Estados Unidos teniendo en cuenta su origen?
—No sabemos. Siempre está la posibilidad abierta. Desde el punto de vista protocolar, cualquier presidente que solicite audiencia, se le concede.
—Guillermo, una pregunta sobre tu hogar, este lugar con historia y simbolismo aquí en Roma. ¿Qué podés contarnos?
—Dios también me llevó a vivir en un lugar cargado de historia en Roma. Estamos en la entrada principal de la ciudad antigua y medieval, la ciudad de los papas, y aquí encuentro equilibrio entre mi labor formal y la vida cotidiana. Esto lo hablé con Francisco; trabajar en la Santa Sede, en la secretaría de Estado, puede volver a uno muy funcionario, pero mi vocación fue siempre pastoral. Nací en un barrio, en Saavedra, en una parroquia, en un colegio. Siempre quise mantener ese perfil.
La gente común, la que frecuenta la iglesia, es la que me permite mantener el contacto cotidiano. Es algo por lo que estoy agradecido, porque ayuda a equilibrar el trabajo formal con la vida diaria.
—Contanos un poco las características de la iglesia.
—La iglesia es una de las dos gemelas que existen en la plaza del Popolo, frente a la entrada principal de la ciudad, por donde llegan los caminos de Europa a Roma. A la izquierda está Santa María en Monte Santo, dedicada a la Virgen del Monte Carmelo, la Virgen del Carmen.
Es característica por la cúpula, proyecto de Bernini, ovalada como una pelota de rugby. Arquitectónicamente, representa el abrazo, la bienvenida, el decir: “Llegaron a Roma”. Así como las columnas de San Pedro reciben al Vaticano. Es una iglesia con gran valor simbólico: aquí fue ordenado sacerdote Roncalli, el futuro papa Juan XXIII. La iglesia se dedica a la pastoral de artistas, por eso hay mucho movimiento, al servicio del mundo del espectáculo. Se celebra misa los domingos, hay oración, conciertos y exposiciones, como la que ves ahora, dedicada al sufrimiento de los niños en la guerra.
Son muestras itinerantes. Y algo distintivo es el viacrucis: las catorce estaciones son bajorrelieves en bronce. Le gustaron tanto al papa Pablo VI que pidió la copia exacta para la plaza de San Pedro, donde se encuentran actualmente.
El último homenaje y su profundo simbolismo
—¿Cómo va a ser el momento de recordarlo a Francisco cuando se cumpla un año?
—Esta mañana me correspondió preparar a nivel de protocolo, porque estarán los embajadores. La misa será en la basílica de Santa María Mayor, donde él fue sepultado por propia decisión. Si se observa, mirando su tumba a la derecha, está la capilla de Salus Populi Romani, la Virgen patrona de Roma y salud del pueblo romano. él era muy devoto de esa advocación, y como obispo de Roma, iba frecuentemente antes y después de cada viaje, incluso tras salir del hospital, a saludar a la Virgen. Quiso quedar enterrado ahí, al lado de la patrona y frente, dato poco conocido, a la capilla donde san Ignacio de Loyola celebró su primera misa.
—El fundador de los jesuitas...
—Exacto. Francisco Bergoglio era jesuita. Para ellos, eso tiene un significado adicional. El 21 de abril, a las 18:00, será la misa. Se espera una gran participación y la fecha quedará ligada a la Pascua: murió el lunes de Pascua, después de dar la bendición “Urbi et Orbi” y saludar en la plaza. El 21 de abril es el cumpleaños de Roma; en el futuro, ambos eventos quedarán asociados. Aquí le llaman Natale di Roma, el cumpleaños de la ciudad. Vino a fallecer el día del cumpleaños de Roma. No es casual, pero tampoco imposible.
Será una misa importante, concelebrada por cardenales, obispos, con el cuerpo diplomático y los fieles que deseen participar. Se lo va a recordar como recordamos a nuestros seres queridos, con esta celebración eucarística.