La salud mental de los adolescentes representa un desafío para los servicios sanitarios de Estados Unidos, especialmente cuando quienes experimentan síntomas importantes no reciben atención profesional. Identificar estas dificultades permite conocer las necesidades de los jóvenes y evaluar si cuentan con recursos para recibir ayuda.
Una investigación publicada el 12 de octubre de 2026 en la revista JAMA Pediatrics examinó la frecuencia de los síntomas de ansiedad y su relación con otros indicadores de salud mental entre jóvenes estadounidenses. El trabajo fue realizado por investigadores de distintas instituciones académicas, entre ellos Taeho Greg Rhee, vinculado a la Universidad de Connecticut.
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El análisis utilizó datos de la Encuesta Nacional sobre Consumo de Drogas y Salud de 2024, elaborada por la Administración de Servicios de Salud Mental y Abuso de Sustancias (SAMHSA). Los resultados ofrecen una referencia sobre la intensidad de estos síntomas y las diferencias en el acceso a los servicios de salud mental.
Cómo se midieron los síntomas de ansiedad
El estudio, titulado “Estimates of Anxiety Symptoms Among US Adolescents” (“Estimaciones de los síntomas de ansiedad entre los adolescentes de Estados Unidos”), analizó las respuestas de 15.730 jóvenes de entre 12 y 20 años. Los resultados fueron publicados en JAMA Pediatrics y también difundidos por el Departamento de Ciencias de Salud Pública de la Facultad de Medicina de la Universidad de Connecticut en una nota institucional del 14 de octubre de 2026.
Para evaluar los síntomas, los investigadores utilizaron la escala GAD-7, un cuestionario de siete preguntas que examina cómo se ha sentido una persona durante las dos semanas anteriores. Incluye aspectos como el nerviosismo, la preocupación excesiva, la dificultad para controlar los pensamientos preocupantes y los problemas para relajarse.
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Según la investigación, el 16,8% de los participantes presentó síntomas moderados o graves. El 9,6% registró manifestaciones moderadas y el 7,2% síntomas graves. Otro 23,7% presentó síntomas leves.
La escala permite identificar posibles casos y estimar la intensidad de las manifestaciones, pero no confirma por sí sola un diagnóstico de trastorno de ansiedad generalizada. Para establecerlo, un profesional debe evaluar los síntomas, su duración y su impacto en la vida cotidiana.
SAMHSA explica en su informe metodológico de la encuesta de 2024 que la herramienta GAD-7 se incorporó al cuestionario para adolescentes de 12 a 17 años y adultos de 18 años o más. La investigación de JAMA Pediatrics analizó un grupo de edades más amplio, de 12 a 20 años, por lo que sus resultados no deben confundirse con las estimaciones correspondientes únicamente a menores de 18 años.
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La ansiedad coincidió con indicadores de depresión y consumo de sustancias
Entre los participantes con síntomas graves, el 65,8% cumplió los criterios de un episodio depresivo mayor durante el año anterior, mientras que el 48,2% informó haber tenido pensamientos suicidas en ese período. Además, el 31% de ese grupo declaró haber consumido sustancias durante el mes previo a la encuesta.
Estos resultados muestran que las manifestaciones graves de ansiedad pueden coexistir con otros problemas de salud mental y con el consumo de sustancias. Sin embargo, el diseño transversal del estudio no permite determinar cuál de estas situaciones apareció primero ni establecer que una haya provocado las demás.
La investigación tampoco permite atribuir los resultados a una causa específica, como las redes sociales, las exigencias académicas o las relaciones familiares. Para examinar esos factores se necesitan estudios que evalúen de forma directa su relación con los síntomas.
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La Fuerza de Tareas de Servicios Preventivos de Estados Unidos (USPSTF) recomienda realizar pruebas de detección de ansiedad en niños y adolescentes de 8 a 18 años. La recomendación fue publicada el 11 de octubre de 2022 y está dirigida a quienes no tienen un diagnóstico previo ni presentan señales reconocidas que ya requieran evaluación.
Las adolescentes registraron porcentajes más altos
Las diferencias por sexo fueron uno de los resultados destacados. Entre las adolescentes, el 13,4% presentó síntomas moderados y el 10,8% síntomas graves. En los varones, los porcentajes fueron del 6% y el 3,7%, respectivamente.
El estudio documentó esta diferencia, pero no investigó específicamente sus causas. Por tanto, los resultados no permiten atribuir la brecha a un factor social o personal concreto ni asumir que las experiencias sean iguales para todos los integrantes de cada grupo.
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El análisis también encontró una menor probabilidad de haber recibido servicios de salud mental durante el año anterior entre los varones, los jóvenes pertenecientes a minorías raciales y étnicas y quienes no tenían seguro médico.
Taeho Greg Rhee, vinculado a la Universidad de Connecticut, señaló posibles barreras en una publicación del 14 de octubre: el estigma, la escasez de profesionales, las dificultades económicas y de cobertura médica y el acceso limitado a una atención culturalmente adecuada. La institución destacó que los resultados permiten establecer una referencia para futuras investigaciones sobre las necesidades de los jóvenes.
No obstante, el estudio no determinó cuánto influyó cada obstáculo en la falta de atención. Para comprender mejor estas diferencias, será necesario examinar las circunstancias de quienes no recibieron servicios y las dificultades que enfrentaron.
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Más de cuatro de cada diez jóvenes con síntomas graves no recibieron atención
La falta de tratamiento fue otro de los hallazgos centrales. Entre los participantes con síntomas graves, el 41,2% no recibió servicios de salud mental durante el año anterior. En el grupo con síntomas moderados, la proporción fue del 48,3%.
Estas cifras no permiten determinar si todos los jóvenes habían buscado ayuda, si contaban con un diagnóstico previo o cuáles fueron las razones particulares para no recibir atención. Sí muestran que una parte considerable de quienes registraron síntomas importantes no tuvo contacto con servicios de salud mental durante ese período.
Los cambios persistentes que interfieren con las actividades habituales pueden justificar una consulta profesional. Entre las señales que merecen atención figuran las dificultades para dormir o concentrarse, el aislamiento y las preocupaciones que afectan las relaciones personales o el rendimiento escolar. Ninguno de estos comportamientos confirma por sí solo un trastorno de ansiedad: su importancia depende de la frecuencia, la intensidad, la duración y el impacto en la vida cotidiana.
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La evaluación profesional permite determinar si los síntomas requieren tratamiento y qué intervención puede resultar apropiada. Entre las opciones disponibles se encuentra la terapia cognitivo-conductual, aunque la elección depende de las necesidades y circunstancias de cada paciente.
Qué permitirán conocer las próximas mediciones
La investigación ofrece una estimación nacional de los síntomas de ansiedad en jóvenes de 12 a 20 años y documenta diferencias en la atención recibida. Sus resultados también proporcionan una base para examinar cómo se relacionan estas manifestaciones con otros indicadores de salud mental.
Las futuras ediciones de la encuesta de SAMHSA podrán aportar nuevos datos para estudiar la evolución de los síntomas y las diferencias entre grupos, siempre que las mediciones sean comparables. El organismo ya publica información sobre ansiedad para adolescentes de 12 a 17 años en su informe nacional de 2024.
El estudio no establece qué medidas específicas reducirían la frecuencia de los síntomas. Su principal contribución es ofrecer datos sobre su presencia, su coexistencia con otros problemas y las diferencias en el acceso a los servicios de salud mental.
Línea de crisis disponible las 24 horas
En Estados Unidos, las personas que atraviesan una crisis de salud mental o tienen pensamientos suicidas pueden llamar o enviar un mensaje de texto al 988, la línea nacional de atención en crisis, disponible las 24 horas. Ante un peligro inmediato, se recomienda llamar al 911.
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