Una investigación liderada por la Universidad de Notre Dame reveló cómo los llamados “químicos eternos” o PFAS circulan durante décadas por la red alimentaria de los Grandes Lagos y terminan en las personas, sobre todo a través de la comida.
El estudio, publicado en la revista científica Journal of Environmental Quality y citado por Grist, aporta evidencia sobre cómo estos compuestos sintéticos persisten en el mayor sistema de agua dulce del mundo y los riesgos que representan para la salud y el ambiente.
Qué son los PFAS y cómo afectan a las personas
Los PFAS (sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas) constituyen una familia de más de 15.000 compuestos desarrollados por la industria debido a su resistencia al calor y a la degradación. Se encuentran en productos de uso diario, como sartenes antiadherentes, envases de comida, ropa impermeable y cosméticos. Su capacidad para no degradarse fácilmente les dio el nombre de “químicos eternos”.
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La presencia de PFAS en la sangre de los estadounidenses es casi total, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades. Grist informó que estos compuestos se detectan en organismos de toda la cadena alimentaria de los Grandes Lagos, desde algas hasta aves predadoras.
El equipo de Notre Dame revisó 42 años de estudios y reunió unas 2.500 muestras de peces, aves, algas y otros organismos.
El objetivo fue rastrear cómo seis PFAS prioritarios ascienden a lo largo de la cadena alimentaria. Gary Lamberti, profesor de ciencias acuáticas y coautor, explicó que la red alimentaria es el principal vehículo para el traspaso de estos químicos entre organismos.
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Impacto en la salud y advertencias oficiales
Diversas investigaciones asociaron los PFAS a problemas de salud, desde menor fertilidad hasta mayor riesgo de ciertos tipos de cáncer.
Estos compuestos se encontraron en sangre, hígado, riñones y pulmones humanos. Por ello, autoridades de estados como Michigan, Carolina del Norte, Wisconsin, Montana y Pensilvania emitieron alertas sobre el consumo de pescado de zonas afectadas.
Desde 2012, la Michigan Department of Health and Human Services analiza peces de los Grandes Lagos y actualiza cada año pautas para el “consumo seguro”.
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Los peces depredadores, como el salmón y la trucha, suelen acumular más PFAS porque consumen presas contaminadas. En cambio, las algas y plantas presentan niveles mucho menores, ya que viven menos tiempo y no los retienen tanto.
Diferencias entre lagos y datos clave
El trabajo de Notre Dame halló que la reducción del PFOS (uno de los PFAS más monitoreados) fue clara en los lagos Ontario y Erie tras el retiro voluntario industrial en los años 2000.
Lamberti aseguró a Grist que, si se deja de fabricar estos químicos, su concentración baja con el tiempo en la cadena alimentaria. Este descenso fue mayor en áreas con más industrias históricas.
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Los lagos Superior, Michigan y Huron mostraron menor reducción de PFOS. Los científicos lo atribuyen a que estos lagos retienen el agua mucho más tiempo, entre 60 y 170 años, frente a los 2 a 7 años de Erie y Ontario. Esto retrasa la salida de contaminantes y prolonga el riesgo.
Obstáculos para el control y futuro de los PFAS
El estudio también detectó falta de datos sobre especies menos analizadas, como peces pequeños, invertebrados y algas, lo que dificulta tener una visión completa del problema. Además, los métodos para detectar la gran variedad de PFAS aún están en desarrollo.
Vernon Lalone, director de Wave Lumina, afirmó a Grist que todavía no existen herramientas suficientemente robustas para medir y regular todos estos compuestos.
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En Estados Unidos no existe una prohibición nacional de los PFAS, aunque hay regulaciones federales para ciertos compuestos y algunas empresas decidieron retirarlos por cuenta propia.
Lamberti advirtió que el futuro de los PFAS en los lagos dependerá de la capacidad para eliminarlos de la producción y encontrar alternativas menos dañinas.
La investigación de Notre Dame demuestra que, aunque la eliminación de los PFAS de los procesos industriales ayuda a reducir su presencia, estos químicos pueden persistir en el ambiente durante décadas.
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El desafío es avanzar en políticas más estrictas y en la innovación tecnológica para enfrentar una contaminación que afecta a generaciones.