
Con los primeros acordes electrónicos de Me rehúso uno puede teletransportarse al verano de 2016. Para viajar a 2010 solo es necesario escuchar el estribillo del Waka Waka. Pensar en los 2000 es tararear a Britney Spears o Beyoncé, o La Oreja de Van Gogh o Bisbal si optamos por el producto nacional. Bandas como las Spice Girls o los Backstreet Boys marcarían los 90. Y así, nuestro cerebro podría remontarse años atrás y pintar cada década con su música.
Las canciones tienen el poder de hacernos viajar en el tiempo, arañar nuestras emociones y acompañarnos en algunos de los momentos más especiales de nuestra vida. Por ello, la ciencia se ha interesado en estudiar qué se produce en nuestro cerebro cuando escuchamos música, qué ocurre en nuestras neuronas cuando suena nuestra canción favorita o vamos al concierto de ese artista que llevamos años siguiendo.
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La respuesta va más allá de reconocer una melodía o seguir su ritmo: el cerebro también interpreta el sonido y lo transforma en significado. Eso se traduce en que la música puede desencadenar que nuestro cerebro cree historias imaginadas. Aunque estudios anteriores ya apuntaban a ello, investigaciones más recientes han completado esta información.
Este efecto que tiene la música en nuestro cerebro no se trata, en absoluto, de una experiencia individual. Un estudio reciente publicado en la revista Nature Communications ha revelado que diferentes oyentes pueden construir escenas y relatos con elementos comunes a partir de una misma canción. Además, esa actividad compartida deja huellas identificables en el cerebro.
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Del sonido a las imágenes mentales
Para investigar este fenómeno, los científicos de la Universidad de Princeton (Estados Unidos) estudiaron a 20 participantes mediante resonancia magnética funcional, una técnica que permite observar cambios en la actividad cerebral. Durante el experimento, los voluntarios escucharon fragmentos instrumentales de un minuto, seleccionados porque investigaciones anteriores habían demostrado que podían inspirar narraciones imaginarias. Después, explicaron en voz alta qué historia habían visualizado.
En otra sesión, escucharon relatos hablados que describían las historias asociadas previamente a esas piezas musicales. Así, los investigadores pudieron comparar qué ocurría cuando una misma narración surgía indirectamente de la música y cuando se comunicaba mediante palabras.
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Los resultados cuestionan la idea de que dejar volar la imaginación mientras escuchamos música sea una actividad aleatoria. En promedio, el 71 % de los relatos imaginados por los participantes coincidía con la narración de referencia establecida para cada fragmento. Cuando escuchaban las historias habladas, la coincidencia alcanzaba el 94 %.
La música, por tanto, no dicta una historia tan explícitamente como el lenguaje, pero puede orientar la imaginación hacia escenarios parecidos. Una melodía puede sugerir movimiento, tensión, calma o una atmósfera onírica, y esas pistas sonoras contribuyen a organizar lo que imaginamos.
Qué ocurre en el cerebro cuando suena una canción
El hallazgo más relevante aparece al observar qué regiones cerebrales comparten patrones de actividad cuando las personas escuchan música, escuchan relatos y describen sus propias imaginaciones. Como cabría esperar, la corteza auditiva y otras regiones relacionadas con el procesamiento del sonido muestran patrones asociados a cada fragmento musical.
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Sin embargo, cuando los investigadores buscan las representaciones comunes a las distintas formas de experimentar una misma historia, aparecen otras zonas: regiones vinculadas al lenguaje, a la asociación de información y a la llamada red neuronal por defecto.
Esta última participa en procesos complejos relacionados con la integración de información, la construcción de narraciones y la elaboración de representaciones mentales. Así, no se trata simplemente de una red que se activa cuando dejamos de prestar atención. Según los autores, su actividad también puede reflejar cómo el cerebro construye significado a partir de lo que escucha.
Los entresijos del cerebro ante una canción
Cuando suena una canción que nos gusta, el cerebro pone en marcha una red de regiones que va mucho más allá de las relacionadas con la audición. El sonido entra por los oídos y se procesa inicialmente en la corteza temporal, pero desde allí la actividad se extiende a circuitos vinculados con el placer, las emociones y la interpretación de nuestras experiencias.
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Así lo explicaba Danilo García, profesor de la Universidad Nacional, durante el III Simposio de Neurociencia y Arte de la Facultad de Medicina de la Universidad de Los Andes, que aseguraba que una de las estructuras relevantes es el núcleo accumbens, que forma parte del sistema de recompensa y participa en la sensación de gratificación. Esta región se comunica con la corteza prefrontal, implicada en funciones como la toma de decisiones, y con otras áreas cerebrales relacionadas con las emociones.
En este proceso intervienen distintos neurotransmisores. La dopamina, asociada al sistema de recompensa, participa en la respuesta placentera que puede provocar la música. Sin embargo, la experiencia musical no depende de una sola sustancia: también intervienen circuitos vinculados a la emoción y a las respuestas físicas que despierta una canción. El resultado es una experiencia compleja en la que escuchar no significa únicamente percibir sonidos, sino también sentir, recordar y atribuirles un significado.
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