El alcohol es una de las sustancias más nocivas para el organismo, ya que puede alterar su funcionamiento y aumentar el riesgo de desarrollar diferentes enfermedades. Su consumo no solo repercute en el hígado, sino que también puede perjudicar al corazón, al cerebro y al aparato digestivo. Además, sus efectos dependen de la cantidad ingerida, la frecuencia de consumo y las características de cada persona.
Sin embargo, también tiene efectos en nuestro sistema nervioso, ya que afecta a la comunicación entre las neuronas y altera funciones como la coordinación, la memoria y la capacidad de reacción. Estos efectos pueden aparecer desde las primeras consumiciones y variar en función de la cantidad ingerida.
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El efecto del alcohol en nuestra ansiedad
El alcohol puede generar una sensación de calma momentánea que lleva a pensar que ayuda a aliviar la ansiedad. Después de beber, algunas personas se sienten más relajadas, dan menos importancia a sus preocupaciones y dejan de darle tantas vueltas a aquello que les inquieta. Sin embargo, esa aparente tranquilidad no significa que la ansiedad haya desaparecido.
Este efecto se explica porque el alcohol actúa como depresor del sistema nervioso central y modifica temporalmente la actividad cerebral. Durante un tiempo, puede reducir la autocrítica y la intensidad con la que percibimos determinados problemas. Pero, cuando sus efectos desaparecen, el organismo tiene que recuperar su equilibrio.
Antonio de Dios, psicólogo, aborda esta relación y pone el foco en uno de los mecanismos que explican esa desinhibición inicial: “Lo primero que deprime es tu autojuicio, que suele ser muy severo”. Es decir, esa voz interna que cuestiona constantemente lo que hacemos, lo que decimos o cómo nos comportamos puede parecer menos intensa después de beber. El problema es que este alivio es temporal y no resuelve las causas de la ansiedad.
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De hecho, cuando el alcohol deja de hacer efecto, puede producirse el llamado efecto rebote, que hace que algunas personas se sientan más irritables al día siguiente. A esto se suman otros factores, como dormir peor, la deshidratación y las alteraciones que el consumo provoca en el funcionamiento del organismo. Todo ello puede favorecer que la persona experimente más nerviosismo, note el corazón acelerado o tenga más pensamientos de lo habitual.
En quienes tienen tendencia a la ansiedad, estas sensaciones pueden resultar especialmente desconcertantes. Después de haber experimentado unas horas de tranquilidad, despertarse con más inquietud puede llevarles a pensar que han empeorado o que han perdido el control.
Sin embargo, ese malestar no significa necesariamente que la ansiedad haya avanzado, sino que también puede estar relacionado con los efectos del alcohol sobre el cuerpo y el cerebro. Comprender esta relación ayuda a identificar qué hábitos pueden estar influyendo en cómo nos sentimos y por qué buscar alivio inmediato no siempre es la mejor solución a largo plazo.
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La importancia del autoestima
La forma en que nos hablamos a nosotros mismos influye en cómo afrontamos los problemas y las situaciones que nos generan inseguridad. Cuando somos demasiado exigentes, tendemos a recordar nuestros errores, cuestionar nuestras decisiones y dar más importancia a aquello que creemos haber hecho mal. Esta autocrítica puede alimentar el malestar emocional y hacer que determinadas preocupaciones ocupen cada vez más espacio en nuestra vida.
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