Desde la pandemia, la salud mental se ha convertido en la principal preocupación sanitaria de los españoles. El estrés y las dificultades de la vida diaria pesan cada vez más sobre los ciudadanos, según el último informe de Ipsos, pero un 44% se abstiene de pedir ayuda. Algunos, por vergüenza; otros, por miedo al estigma; y muchos de ellos, simplemente, porque no se lo pueden permitir.
La Encuesta de Salud de España le pone cifra a este problema: el informe, publicado en 2025 y elaborado en 2023, expone que 1.356 personas necesitaron asistencia psicológica y no la consiguieron por motivos económicos. La falda de fondos afecta sobre todo a la población de entre 25 y 64 años (1.002,4), aunque la mayoría de ellos tengan un trabajo (716,4 del total).
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El problema viene por la falta de una alternativa pública eficiente: el Sistema Nacional de Salud (SNS) emplea a seis psicólogos por cada 100.000 personas, mientras que en la OCDE la media se acerca a los 18 profesionales por cada 100.000. “Muy pocos pueden acceder al sistema público, está colapsado y tiene unas listas de espera enormes”, lamenta Fernando Chacón, vocal adjunto del Consejo General de la Psicología de España (COP). Esta situación “obliga a la gente a ir a la privada”, apunta.
Un sector público sin recursos
En 2025, casi un 20% de los españoles necesitó atención sanitaria por un problema de salud mental. Más de la mitad lo intentaron en la sanidad pública y allí no fueron atendidos por un psicólogo, sino por un médico de cabecera (38,4%) o un psiquiatra (39,4%). Los que consiguieron ir a un especialista se encontraron con una larga lista de espera: según el Barómetro Sanitario del CIS, la media fue de 97,25 días.
Una vez pasada la barrera, las trabas continúan. Entre cita y cita pueden pasar meses y nada asegura una continuidad con el mismo terapeuta. En esa larga espera, Alicia se busca sus propias estrategias para sobrevivir. “Muchas veces intentas recurrir a tus amigos o a tu familia, desahogarte con alguien, escribir lo que sientes o buscar maneras de distraerte para no darle tantas vueltas a la cabeza. Otras veces, simplemente intentas seguir con tu vida, cumplir con tus responsabilidades y hacer como que todo está bien, aunque por dentro estés pasando por un momento complicado”, cuenta.
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Estos mecanismos no siempre funcionan, confiesa, y en esas ocasiones “sientes que no puedes más y necesitas hablar con alguien que te escuche, te oriente y te ayude a entender lo que te está pasando. Y es en esos momentos cuando más se nota la falta de apoyo profesional”, dice. “Creo que una de las partes más duras es sentir que necesitas ayuda, pero que esa ayuda no está disponible cuando realmente la necesitas”, lamenta.
Hasta 90 euros por ir al psicólogo en España
Chacón explica que, en este sector, los precios ya no bajan de los 60 euros, y algunos psicólogos con más prestigio “llegan a cobrar 90 euros”. Las alternativas a estos costes son escasas. “Hay algunas compañías de seguros que incluyen alguna asistencia psicológica, pero es verdad que es limitada a un número de sesiones o a una serie de trámites. Esta es una salida que se tiene, pero aun así hay muchas personas que no pueden”, dice Chacón, que apunta que justo “esas personas que no pueden acceder a los servicios psicológicos son las que más lo necesitan”.
Existen asociaciones que ofrecen atención a precios reducidos, pero no son tan simples de encontrar y las plazas son limitadas. En la Asociación de Familiares y Afectados de Salud Mental (Afasame), por ejemplo, la asistencia psicológica es más un acompañamiento “para casos muy puntuales”, explica Leticia, una de las trabajadoras. “Es un acompañamiento individual, pero puntual, de cuatro o cinco meses”, explica.
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El resto del tiempo, su enfoque es otro. “Hacemos actividades de carácter rehabilitador para personas que han tenido un episodio psiquiátrico grave: arte, cocina, taichí, rutas en la naturaleza, huerto... El objetivo es facilitar un espacio con iguales”, indica.
También algunas universidades cuentan con clínicas tuteladas por profesores, con precios ajustados, que pueden ser “una salida para la gente que tenga pocos recursos”, insiste Chacón.
Deporte, libros e IA, las alternativas sin coste
Lucía (nombre anónimo para preservar su intimidad), por el momento, no ha visto alternativa. En su familia han tenido que elegir: “Mi madre últimamente está teniendo problemas de ansiedad y la prioridad es que vaya ella”, cuenta. Es por eso que ha preferido callarse y no contar a sus padres lo que sufre. “Me he apoyado mucho en mis amigos, en mi novio, en otros familiares, he intentado hacer deporte para pensar en otras cosas…”, explica.
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Maialen, por el momento, tampoco se plantea invertir su dinero en pagar una consulta. Para ella, el baile se ha convertido en su vía de escape. “Me ayuda muchísimo a no pensar, a conectar conmigo misma, con mis amigas y mis compañeras. Disfruto mucho de la música, me da la vida”, cuenta.
Sus amigos también le han ayudado a pasar por un reciente bache sentimental. “Intento obligarme a salir, a hacer cosas y, sobre todo, a estar con gente”, explica. Otro recurso al que acude es a la literatura, tanto novelas como libros de autoayuda, de los que saca algún capítulo que le pueda ayudar. “Pero sobre todo, escribir mis pensamientos, lo que siento, reflexionarlo y pensarlo. También me ayuda dibujar, garabatear de manera abstracta”, cuenta.
Todas son estrategias que Chacón aplaude, si bien apunta que hay otras, como el uso de la inteligencia artificial, más peligrosas. Según un estudio de la Universitat Rovira i Virgili (URV) de Tarragona, dos de cada tres jóvenes de entre 16 y 24 años ‘hablan’ de salud mental con ChatGPT. “Es bastante arriesgado, porque la IA está pensada especialmente para congraciarse contigo, es decir, para darte la razón”, explica Chacón. “Esto es muy peligroso, porque una persona que empieza a hablar con una inteligencia artificial y empieza a exponerle pensamientos paranoicos, pensamientos, a lo mejor depresivos, y la IA no detecta el trastorno, lo que va a hacer es aumentarlos, porque le va a reforzar esa visión”, advierte.
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